
En estos días de no-vacaciones, o sea, como cualquier otra fecha del año, voy al df, ¡qué novedad!
Lo diré hasta el cansancio: adoro la ciudad, sobre todo sus rincones, donde está el bullicio, lo antiguo, la vida, el acelere, el pasado, las raíces.
Ratita me dejó sola en la acondesada calle de Madero y alrededores, a pleno mediodía, con el sol quemante, y me dije ¿qué haré? Ratita pensó que iría a aplastarme a un café, por aquello de que no me gusta caminar (sufro de pies defectuosos que no me dejan caminar mucho sin sufrir espeluznantes dolores, use los zapatos que use), y por aquello de que el sol me causa insolación.
Pero no, insolándome y todo, decidí caminar hacia la Merced, atrás de la Soledad, esos rumbos todavía olvidados por Slim, que una vez pisas sus calles te ves transportada a las películas tipo Aventurera.
Así que caminé y caminé, cámara no compacta en mano, vestidazo turquesa, gafas oscuras y mucha determinación. ¿Y si me insolo? ¿Y si mis pies se rinden a medio camino? ¿Y si me arrebatan mi cámara? ¿Y si me reclaman que tome fotos? No importa, con todo y miedillo seguí caminando.
Llegué a la antigua Merced, ahora abandonada, con algunos puestecillos alrededor. Me gusta mucho ese lado del Centro, esas calles, esa suciedad, la peste, la gente.

Estuve un rato sacando fotos en ese lugar, hasta que se me acercó Francisco Javier, y me platicó todo sobre el lugar:

Me dijo que es originario de Cumbres de Maltrata, que llegó hace mucho tiempo, que trabaja en la coca cola (entendí que les ayuda al camión de la coca cola que llega a surtir a los puestecillos de alli, por unas cuantas monedas), que también les ayuda a los de los puestos, que a veces le dan dinero, a veces le dan de comer, que el otro día le dieron dos tacos de maciza y otro de nomeacuerdo; que antes hasta allí llegaban los canales desde Xochimilco, que a dos cuadras había una terminal de autobuses que todavía estaba hasta hace quince años. ¿Vives aquí? le pregunté. Me dijo que sí: que tomaba el metro, se bajaba en Cuatro Caminos, tomaba una pesera hacia no sé dónde y ahí vivía con sus ocho hermanos y su mamá. Que ahorita está juntando dinero para su mamá que está enferma, que cuarenta pesitos que le llegan a dar en los puestos.
Antes que yo lo hiciera, él me preguntó mi nombre. Se presentó. Tiene los ojos más bonitos y tristes que he visto, lástima que no salieron en la foto. Lástima que la tomé a escondidas, lástima que me dio pena pedirle que posara, lástima porque seguro hubiera aceptado gustoso. Sonreía todo el tiempo.
Seguí caminando. Me gustan las ventanas.

Llegué a una plazuela donde las familias del lugar conviven en franca felicidad, tomados de la mano, los niños corretean, todos te sonríen. No sé ni qué plazuela es, yo camino a lo tonto y me pierdo apenas doblar la esquina. Ya, pero lo que quería contarles es que hace poco ya había ido allí, y los edificios son viejísimos, se ve que eran cantinas, restaurantes, cafeterías. Y todos tenían la pintura original, con los anuncios todavía distinguibles, se veía tan pero tan bonito. Y ahora ¿qué me encuentro? Que todos los edificios, salvo el de la foto, ya están pintados monocromáticamente!!!

También hay una exposición fotográfica de Pedro Infante.

Hay un puentecito de piedra:

Un monito tomando la siesta:

Luego llegué a la iglesia de La Santísima (así me lo informó una de las muchas prostitutas que están a su alrededor). Hay puentes a desnivel. Vista a la derecha:

Vista a la izquierda, el zócalo muy pero muy al fondo:


Restos de una sana comida:

Caminé y caminé, y ya moría de hambre. Entré al teatro de la ciudad, adentro hay un mercado enorme de comida, y tiene murales como éste:

Y me decidí por una ensalada. Sí, puedo comer lo que sea (bueno, casi) en la calle y no me da la disentería. Estuvo bien rica:

Y luego, con los pies un poco descansados y con nueva gasolina en la panza, regresé a la parte civilizada del centro, tomé un capuchino frappé porque hacía un calor bárbaro, descansé mis patitas en la cafetería, reencontré a Ratita, comentamos el punto, y ya no seguí tomando fotos porque la memoria de la cámara ya estaba llena.