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Wanda

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Cuando entré a la prepa 3 era un renacuajo de 14 años, tímida en extremo, me sentía gorda y fea, pero pues todavía sentía que lo podía todo en cuanto al estudio y toda mi vida por delante y blablabla. Pero ese no es el punto. El punto es que conocí a Wanda, hasta ahora la mejor amiga que he tenido. Íbamos en el mismo grupo de la prepa 3, pero ella ya tenía diecisiete años: estaba enferma y antes de entrar a la prepa había estado casi dos años en el hospital. La habían abierto por la mitad, rompieron los huesos de la pelvis para examinarle no sé qué órganos y tuvo que permanecer postrada para que sus huesos volvieran a soldar, aprendió nuevamente a caminar, terapias, medicinas, curaciones, dolor, dolor, dolor.

Si alguien entendía la Vida, era ella. Wanda tenía la sabiduría y la experiencia que la mayoría de las personas no tienen ni a los ochenta años. Claro que el precio era muy alto: el dolor y la enfermedad.

Wanda era feliz. Aceptaba la vida con estoicismo y humildad. Wanda brillaba, toda la prepa la conocía, era inteligente, simpática, alegre, parlanchina, espontánea. A pesar de todos sus males físicos, era guapa y atractiva. Se vestía sin importarle el qué dirán. Primero tuvo una época de hippie, con faldísimas hindúes y huaraches súper alternartivos, pelo largo con rastas y trencitas de colores. Eso, Becca, hace añisimos cuando todavía no era moda y en las zapaterías no conseguías ningún tipo de huarache. Wanda era la única que se vestía así de “extravagante”. Después tuvo su época de darketa, toda de negro con botísimas negras de soldado con casquillo, altas y con agujetas de dos metros que se compraba en el tianguis del Chopo.

Íbamos al cine, a los museos (nos gustaba mucho el de arte contemporáneo que estaba en Reforma, que era de Televisa y que desapareció), al tianguis y al museo del Chopo, a la cineteca. En esos tiempos remotísimos estaba el boom del rock en español, éramos fanáticas de Caifanes, Saúl era nuestro sueño húmedo (qué horror, qué le veía, si está horrible), Café Tacuba, La maldita vecindad, uy ya hasta se me olvidaron todos los demás: un grupo cuya vocalista canta chidísimo que tenía una canción llamada Azul casi morado, y pues todos esos. Comprábamos sus discos (que todavía ni había cd), íbamos a sus conciertos, yo tenía mi cuarto lleno de posters y me ponía playeras enormes de Caifanes (mi papá se burlaba horrible de una que tenía como un perro prehispánico y que decía algo así como “somos unos gusanos en el universo infinito del vacío tridimensional….y no sé qué más”. A la menor provocación, en cualquier plática equis, mi papá soltaba: “porque no somos más que gusanos…blablabla” jajajaja.

Wanda le simpatizaba y le hablaba a todo mundo, y viceversa. Yo todavía no sabía ni qué onda con mi vida (de hecho no he avanzado mucho al respecto), pero ella ya tenía por seguro que quería estudiar arqueología. La primera vez que la conocí fue en el planetario Luis Enrique Erro del poli al que nos habían mandado en la clase de geografía. Estaba tirada en el pasto, esperando a que empezara la función. Estaba leyendo, quitadísima de la pena, un libro de Savater, todo hecho taco, y en el pastito tenía un walkman casi radio con un casette de Café Tacuba. Y pues me acerqué y le hablé y así la conocí.

Wanda compraba religiosamente Arqueología mexicana y ya era docta en todos esos temas. Tampoco le podía faltar Tiempo Libre, y subrayaba todo lo que iba a ver durante el mes, porque era patísima de perro.

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