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Archivo mensual: octubre 2009

Como si nada hubiera pasado

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Pensó que era fácil.

La mayoría lo hace sin ningún problema.

La mayoría lo hace sin pensarlo, con ganas de olvidar y fingir su propia desdicha, copulan furtiva y adúlteramente para alejarse del otro y de sí mismos, copulan para sentirse más solos cada vez. Ni siquiera saben por qué lo hacen, su vida se derrumba, ya no digamos sus matrimonios, ya no digamos su autoestima, ya no digamos su futuro. El amor y el sexo ya poco tienen que ver, ¿o sí? Pero es difícil detectar un cierto estado de cosas si éste siempre ha sido el mismo y sólo se ha aprendido a seguir cavando. Es otra forma de subdesarrollo, sobre todo del lado femenino: dejarse usar (y no hay rasgamiento de vestiduras, pero si al menos lo hicieran con conocimiento de causa…). Porque falta mucho todavía para que se pueda decir: “fulano y yo cogimos; ó yo cogí con fulano, ó mejor: me cojí a fulano”. No. Siempre ella es la zorra y él el donjuan.

El caso es que ella nunca lo había hecho ni le había apetecido, ni siquiera en sus años de juventud y de soltería y de universidad y es que estaba joven y pues hay que hacer locuras y disfrutar y el mundo se va a acabar. Por el párrafo anterior, o porque su temperamento es más bien…frío, porque no lo había necesitado, porque es autónoma y querida y complementada, porque para qué complicarse la vida estúpidamente, con lo que ella sola hace y deja de hacer basta y sobra. Es más, cotidianamente rechaza “ofertas”. Sí, podría antojársele; sí, x no está nada mal y se le adivina maestría en la cama y provoca cosquillitas cuando la saluda y roza su mano por su cintura; sí, le excita sentirse deseada y ver cómo la miran, sobre todo después de que continúa negándose.

De pronto, se presenta una oportunidad. Es seguro, sin peligros de indiscreción, sin riesgo de ser vistos y delatados y murmurados y burlados y atisbos y risas y morbo y comidilla que divierte y entretiene pero que a los cinco minutos se olvida.  Sin exponer tampoco su matrimonio, él la conoce de añísimos atrás y hay confianza y hay distancia geográfica y no quiere compromisos ni escándalos y le lleva muchos años, así que debe ser más maduro y centrado y equitativo el asunto. Parece simple y no problem. ¿Qué podría perder? Al otro día va a ser como si nada hubiera pasado. A lo mejor eso hay que vivirlo una vez en la vida, para saber lo que es. Porque ella sí distingue amor y sexo y placer y circunstancias y sabe que nada es tan fácil como “si lo amas nunca le vas a ser infiel”. Porque es de esa clase de cosas que no puedes saber porque otro te lo cuenta.

Así que se presenta sin miedo, confiada, dispuesta. Pero apenas él roza su piel  y ella sabe que no, algo no anda bien. Sus poros se cierran toda ella se cierra. Algo le dice no, pero ya es tarde. Su cuerpo le dice que no le gusta, brota el miedo que rápidamente se convierte en pánico cuando en cuestión de segundos él se le sube, la aplasta para acariciarla y besarla precipitadamente, sin ritmo sin gracia, como un mendigo hambreado queriendo devorar un platillo. Ella dice no no no, así no ni de ninguna manera, él no cesa, al contrario, arremete con más fuerza. No sabe si por ser hombre, o por estar excitado, o ella es demasiado débil y pequeña, la somete sin ningún esfuerzo, la inmoviliza y la babea e intenta arrancarle la ropa frenéticamente. Ella no puede más que revolcarse como gusano. La fuerza no es el camino, tal vez la huida. Logra zafarse una y otra y otra y otra vez, sólo para que él la tumbe con más ímpetu. Lo peor es que le habla muy cal-ma-da-men-te mientras le inmoviliza violentamente los brazos: -no, no, no, no te resistas, te va a gustar (esa frase socorridísima de los chistes guarros de los que ella se ha muerto de la risa, ahora le eriza la piel de miedo).

El pánico ya es terror. “Me va a violar, voy a ser violada, está violándome”. “Así que esto se siente ser violada, está pasándome, lo que tanto temí y pensé que por la edad ya lo había superado, está pasándome”. Y con la velocidad del rayo anticipa lo que viene, desde la carne, dios, el instinto trabaja a mil por hora, dios, el instinto le dice que no es la fuerza, que no es la huida; que es el ruego.  Ahora el chiste es controlar ese pánico que quiere hacerla gritar con todas sus fuerzas, golpear con todas sus fuerzas aunque no logre más que exacerbarlo más, el pánico que la quiere hacer luchar y salir y llorar y explotar y por favor regresa el tiempo, no por favor no ¿por qué no lo vi venir? porque esto es un psicópata, alguien perfectamente normal y amigable y confiable y tu vecino más amable o tu amigo o tu hermano o tu padre o tu maestro que en realidad es…que no puede tener una relación sexual normal, que el sexo es el detonante de casi todas las patologías, que ya lo sé, que la mayoría de las violaciones las comete gente cercanísima a la víctima, que ya me siento culpable, ya siento que yo lo provoqué, yo me lo busqué, yo me lo merezco. Y después qué voy a hacer, cómo lo explico, ni siquiera lo voy a poder denunciar: fui a un hotel por cuenta propia y él me violó. ¿Y si intento convencerlo, razonar? Me va a decir ya estás grande, ya lo has hecho hace tiempo ya que no eres virgen ya sabes cómo es esto así que déjate de mamadas. Y el asco que voy a sentir, dios, y las secuelas, y el trauma, y el arrepentimiento y la culpa y el odio y la soledad porque todo esto es clandestino. Que esto sea una pesadilla, no lo es, sé que no lo es. Ya le está manoseando las nalgas por debajo de la ropa, ya le baja el pantalón, ok ya tengo que rendirme no huyas, no te bloquees, no te rindas, todavía no busques que te haga el menor daño posible, por favor que ya está gimiendo. Por enésima vez logra zafarse y por primera incorporarse de la cama. Él la jala hacia sí, la encierra con sus brazos, no está jugando, sus brazos son muy fuertes. Quedan frente a frente, un instante antes de que él comience de nuevo. Ahora, ahora. Le ruega. Lo mira a los ojos y le ruega, le dice por favor no, por favor estoy muy asustada no así no, hace falta un matiz, por favor me estás asustando mucho, por favor estoy creyendo que vas a violarme, por favor me estás dando miedo.

Él reacciona: “ay por favor! ¿yo? ¡¿Pero cómo me crees capaz?! Ay no yo nuuunca haría algo así, ¿cómo te atreves a pensar eso de mí?!-. Lo importante es que la suelta y ella rápido se acomoda la ropa y busca su chamarra y busca sus llaves y se coloca a resguardo. -Sí, disculpa, pero es lo que pensé, porque te decía no no no y tú seguías y no dejabas que me soltara-. -¡Ay por favor! ¿De qué tienes miedo? si hasta estabas gimiendo!-. No importa, ella ya está a salvo. Advierte que su estupor es genuino, no es una trampa. De verdad está indignado y contrariado por la tremenda difamación que recibió. De verdad le quiso hacer daño y de verdad es el típico violador que ni se da cuenta de su violencia. -¿Cómo puedes saber que no te gusta si no te lo he hecho?! Ya si después dices que no te gustó me voy a avergonzar un poco, pero yo sí lo habré disfrutado a madres…

De verdad se salvó, de verdad estuvo en peligro.

Al otro día amaneció como si todo hubiera pasado.

Post extenso, pero con moraleja edificante

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Uno de mis innumerables defectos y creo el más importante y dañino que-me-ha-llevado-al-callejón-sin-salida en el que ahora estoy en mi vida, es la inconstancia y desidia. Para ejemplo mis dientes. Desde hace cinco años tengo frenos, cuando se suponía que con dos bastaba. Todo porque simple y sencillamente… no voy al dentista en las citas correspondientes.

Pero remontémonos al principio. Cuando tenía 6 años mi mamá me llevó al dentista en un hospital o algo así de Tlaltelolco, por parte del issste de su trabajo. Para conseguir la maldita cita con el ortodoncista fue todo un triunfo burocrático que llevó meses. Recuerdo que al fin lo logramos y fuimos a mis citas, teníamos que llegar casi de madrugada, yo faltaba a la escuela y mi mamá a su trabajo, me sacaron moldes de mis dientes para hacerme los frenos, etc. Cabe aclarar que mis dientes no estaban mal, era una ortodoncia por demás sencilla. El caso es que ahí mis recuerdos se borran, cero hospital, cero dentistas, cero frenos, cero desmañanadas. Pasaron los años y ya siendo yo una jovenzuela que me surge la duda y le pregunté a mi madre que qué onda, por qué finalmente nunca tuve frenos ¿acaso mis recuerdos eran invento de mi imaginación traicionera? “No, me respondió, así fue. Lo que pasa es que finalmente tu papá y yo decidimos que mejor no, que tus dientes no estaban tan mal, y que no había que fomentarte la vanidad y que te conformaras con el aspecto con el que habías nacido”. O sea, ¿what? Que alguien me explique por favor. Después de tanto desmadre, fíjate que mi mamá dice que siempre no. Y luego su rollo estúpido de la vanidad y todo eso. Pues les falló su gran ambición de educarme en la profundidá del alma a través del no te ocupes de tu aspecto, ese envoltorio transitorio que se han de comer los gusanos, fue como si usaran la psicología inversa porque si algo me ha obsesionado es el cómo me veo y la flacura y soy una consumista atrabancada de ropa y chunches para el pelo y maquillaje y zapatos y…para qué le sigo.

Y los años siguieron hasta que me entró la idea de pagarme yo la ortodoncia para que mi dentadura fuera per-fec-ta. ¡Claro! ¿Por qué diablos no se me había ocurrido antes? Si ya soy mayor de edad y desde hace añísimos tengo solvencia económica y toda la cosa. Y cuando una idea se me mete en la cabeza y peor, cuando esa idea tiene que ver con la perfección… bueno, pues que me lanzo con el dentista, el primero, cabe aclarar. Ahora reconozco que era un dentista medio chafa, baratero, vulgarzón y caía en el hígado. Yo tenía pocos meses de vivir en mi pueblo de diez casas, así que fui con el primero que vi; debí sospechar en cuanto miré su título salido de universidad de pueblo. Valoró mi boca y aceptó que era un proceso muy sencillo que no requería de braquets con fierros, sino que bastaba con la madre esa quitapón que es un fierrito solo que va por enfrente de los dientes para alinearlos. Ahh peeero si yo quería, podía modificar mi bonito perfil y convertirlo en maravilloso y fotogénico, quitándome ¡cuatro! premolares para, ahora sí con braquets y fierros y dolor y apretar tuercas, jalar toda mi dentadura hacia atrás. Mi perfil nunca me había convencido, mis amiguis niñas bien de la santa alianza francesa (por sus precios manchados) se habían realizado el mismo proceso, y me dio por mi lado flaco y acomplejado, de modo que acepté más que raudamente.

Me hizo mi presupuesto para dos años (el precio debió haber sido otra señal de alarma, pero yo no tenía referencias con qué comparar) ¡Fue horribleeeee! Soy chillonsísima para el dolor y odio odio odio que te anestesien la boca, no sé que odio más, si el dolor o las agujísimas con anestesia y la falta de sensación y la baba saliéndote sin control y la sangre y el sabor y guácala. Total que me tuvo que inyectar muchas muchas veces porque yo seguía sintiendo dolor y resulta que mis dientes son sanísimos con unas raizotas que nomás no querían ceder. Fue como en la edad media, él con unas pinzas jale y jale con todas sus fuerzas. En cuanto sacó el primer diente me arrepentí con toda mi alma de mi decisión (por el dolor, no por mi anhelado perfil); pero demasiado tarde, ya sin un diente, pues a fuerzas tenía que seguirle con los otros tres.

Total que me colocó los braquets y tenía que ir cada mes durante dos años. Solamente fui como 8 veces en un año y el siguiente simplemente me desaparecí, no me pregunten por qué. Como a los dos años y medio de haber iniciado todo el desmadre pensé que ya era hora de hacer algo al respecto, pero ¿cómo regresar con el mismo monito después de tanto tiempo? ¿Pero y las citas que ya le había pagado? Como ya tenía a quién preguntar en el pueblo, me recomendaron a uno que fregoncísimo y careeesimo. (Véase cómo aunque sea aprendo del error y procuro progresar y estaré acomplejada pero ante todo hay que procurar la salud y lo barato sale caro). En efecto, consultorio nice en colonia medio nice a dos cuadras de mi casa, doctor mayor, canoso, respetable, título de la UNAM y un chingo de diplomas y sus pacientes puros niños con uniforme de la escuela más cara del pueblo, profesionalismo y seriedad. Apenas alcancé lugar en su saturadísima agenda, a tres pacientes nos citaba a la misma hora, con tal de acaparar más. Me mandó sacar un chingo de radiografías (cosa que el primero nunca hizo), me hizo un presupuesto que casi me voy de espaldas, yo pensaba que ya iba de salida pero me demostró con un programa en la compu muy acá de animación que me faltaban casi dos años y me sentí muy bien porque por fin estaba en buenas manos. Para entonces ya se me habían caído algunos braquets, así que me puso unos muy de última tecnología y otros los conservó. Tenía que darle un anticipo enorme y cada cita mensual de diez minutos me costaba mil pesos, de la cual yo salía adolorida porque me apretaba las tuercas y durante días no podía comer más que sopitas.

Todo bien hasta que en marzo pasado fui a mi cita, y me programaron la del mes siguiente, fecha que simplemente… se me olvido, sí, como los niños chiquitos, “se me olvidó”. Como su agenda está llena para todo el mes siguiente, pues me dio miedo ir a sacar nueva cita, me dije: “mejor voy sin avisar y me espero hasta que pueda atenderme”. No era tan mala idea, de no ser porque pasaron semanas y semanas y… no iba ni hablaba ni nada. Y ESO QUE EL CONSULTORIO, COMO YA DIJE, ESTÁ A DOS CUADRAS DE MI CASA. ¿Qué diablos pasa conmigo? Conforme pasaba el tiempo, pues más me paralizaba porque ¿ahora qué le digo, cómo justifico los meses que no he ido? Me va a regañar, qué miedo. (o sea, como si tuviera cinco años). Pues el caso que ya es octubre y de plano tuve que reconocer que ya no fui, hasta tengo varios braquets zafados. Ya a estas alturas no le puedo decir nada decente, y además qué tal si me cobra por volverme a recibir y ya no va a respetar el presupuesto inicial y blablabla. A estas alturas ya debería estar usando el maldito detenedor, pero bueno, si me pongo a hacer cuentas no sólo de tiempo sino también de dinero…

Entonces, pooooor fiiinnnn, encaré la situación y fui… a oooootro dentista (por favor, por favor, por favor que sea el último), ya no cerca de mi casa (qué ganas de complicarse la vida, de veeerasss), consultorio nice en colonia nice en placita comercial nice, decorado nice y todo muy bonito. Okay, semanas antes, primero ir a sondear el sitio, bien. Segundo, solicitar cita, que me dieron para dos semanas después (o sea para antier) porque también está saturado. O sea, el tiempo sigue pasando pero si ya dejé pasar nosécuántos meses, pues dos o tres semanas más es lo de menos, no?

 Antier fui a mi cita. Hasta el momento, sólo había tratado con su secre, llené una boletita con mis datos personales (en ocupación y quién lo recomendó no puse nada) y veía a sus asistentes pasar y una de ellas me invitó a entrar al despacho del doctor “ahorita viene, tome asiento”. Me senté y la puerta quedó a mis espaldas. Cuando entra el doctor… NO MAMARRRRRR, BECCA, NOOONONONONOOOOOOO, EL MONITO MÁS GUAPO DEL MUNDO, así de noooooooo mames, qué Brad Pitt ni qué mamadas, nonononono, todavía no me recupero de la impresión. El monito está guapérrimo, de portada de revista internacional, de anuncio de lentes prada, de anuncio de relojes cartier, nonoonnonono, fue una impresión cardiaca, deberían poner un letrero de advertencia.

Fue una situación de trágame tierra. Yo muy cómoda e inocentemente sentada y él que entra por mi costado, desde atrás. Yo tuve que voltearme, sentada, para saludarlo de frente desde que él iba entrando, pero que recibo la cardiaca impresión de su guapura. Ya me imagino la cara de estúpida que debí haber puesto, no se me cayó la baba porque al mismo tiempo lo saludé de mano y volví enderezarme en mi asiento. Nononoono, y además de guapo, inteligente, con una personalidad increíble, voz de anuncio de radio, mirada firme, inteligente, cuerpo delicioso, con un porte impresionante. Lo único malo es que deja entrever una leve actitud aprendida de joven emprendedor acorde con estos tiempos competitivos: el tono de voz y  movimiento de manos que han de enseñar en los cursos del tec o en los cursos gringoides para desarrollar una personalidad emprendedora, “agresiva”, convencer al cliente y ser rico y exitoso. Pero nada grave, cuando habla y su mirada es más que inteligente. Se le perdona porque se ve  jovencísimo, como de treinta y cinco.

Desde hace varios años domino con maestría el difícil arte de ocultar el nerviosismo, pero esta vez valió madres. En cuanto lo vi sentí cómo me puse roja roja roja, y entre más lo trataba de dominar, más roja me ponía, hasta sentía mis orejitas calientes. Fue horrible. Y él sentado frente a mí interrogándome y lo peor, dándose cuenta de lo nerviosa que me había puesto, y lo peor, tratando de ser amable y fingiendo que no se había dado cuenta.

Yo que pensé que me iba a atender de cero, pero que indaga sobre mi historial dental. Después de varios minutos eternos sentí que el color se iba y me tranquilicé, pero ya había dicho varias tonterías. –Es que tengo meses sin seguir el tratamiento. -¿Y por qué? –Es que mi dentista ya no está- Es que cómo le iba a explicar por qué dejé de ir si ni yo misma lo sé, tenía que inventarle algo. Puedo decir mentiras sin titubear ni planearlas fríamente, pero lo difícil es mantenerlas conforme avanza el interrogatorio. –Ah, ¿se fue? –No, más bien yo me vine. -¿Dónde estabas? –En el df. -¿y no tienes nada nada nada de tu tratamiento? ¿No puedes recuperar radiografías, avances, reportes? -…No… -Mmmh, es que en casos como  el tuyo, entre los dentistas nos comunicamos y nos enviamos los historiales, así es más fácil. O incluso los recomendamos con algún dentista del lugar al que se van a mudar los pacientes. ¿Con quién estabas?- Hasta aquí todo iba bien, pero esta pregunta me tumbó mi teatrito: titubeé y mis ojos miraron hacia el lado (signo evidente de que estamos mintiendo) – Ayyy no me acuerdo, uno en la colonia Roma. Trágame tierra por favor – Bueno, mira, pues necesito estas radiografías y blablabla y eres una paciente muy joven (dios, vio mi edad en el papelito y me considera joven), y blablabla y ¿ya conoces bien el pueblo? y blablabla y te reviso y con las radiografías ya podremos hablar de tiempos y presupuesto y pásale aquí para revisarte y te hicieron un buen trabajo, te faltan estos detalles, tienes muy buena mordida, ¿te sacaron dientes? tienes dos técnicas diferentes, y me hablas cuanto antes para darte cita, y cuídate mucho, y nos vemos. Y yo de: por qué diablos no vine más arreglada, no me veo tan peor pero tengo días mejores, no es que quiera ser adúltera ni siquiera se me da el más leve coqueteo y el monito ni modo que se fije en mí y se ve súper profesional, pero de todos modos. Bien me dijo hace años mi mentora de estilo y personalidad que diario debía arreglarme super nice, si hasta me enseñó a hacerlo a conciencia y me diseñó mi look de señora-jovencita-profesionista-esposamodelo y yo que no le he hecho caso y sigo vistiéndome con jeans y maquillándome en cinco minutos y ahora veo las consecuencias y comprendo el sabio consejo de mi mentora pero pus ya pa’qué. Pero no me está interrogando solamente con las palabras, sino que me observa atentamente mientras habla, observa mi postura, mi cuerpo, mis manos (por fortuna me puse mis anillos finos y de gusto impecable y mis aretes), así que voy a poner mi mirada de qué profunda soy y segura e intelectual de izquierda y lo miro a los ojos directamente y acuérdate de sonreír que todo-mundo te dice que la sonrisa te cambia completamente el rostro, pero claro, una sonrisa neutra, profunda, imparcial de no-me impresiona-tu-físico-espectacular y ash, pobre de mí.

Moraleja: no sean inconstantes por favor. Se van a ahorrar tiempo y dinero y vergüenzas y mentiras.

O sí, y puede que conozcan al monito o monita más guapo(a) del mundo y logren una dentadura per-fec-ta porque la primera opción me hubiera dejado bien chafa.

Si yo fuera lesbiana…

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o bisexual, me gustaría tirarme a a…uff por quién empiezo. Ana de la Reguera, Nelly Furtado, Shakira, Blair de Gossip Girl. Por lo pronto son de las que me acuerdo.

Reconciliación

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Me acuerdo del vacío en la boca del estómago cuando creía haberme equivocado en algo. Me acuerdo de que cuando era niña nunca me equivocaba, sí, nunca. No me arrepiento. Pero también me acuerdo de que tenía miedo. ¿De qué? No sé, sólo miedo. Me acuerdo de que era (soy todavía, aunque bastante menos) muy tímida, introvertida, seria. Así que me perdí de hacer cosas, por miedo. Pocas, pocas cosas me perdí, pero importantes. Cosas que únicamente pueden y deben vivirse antes de los veinticinco. Y ahora que soy grande (el tiempo implacable), ahora que cumplo años, ahora que empiezo una nueva década, no hay vuelta atrás.

No importa. En muchas formas me atormenta el “y si hubiera…”. En esto no. En esto tengo la suficiente madurez para no atormentarme con la vuelta del tiempo, porque , sin autoengaño de por medio, que yo fui así y no asá porque no podía ser de otra manera, simplemente no pude, yo era yo, y así tuvo que ser. En todo caso debo aprender a aceptar el tiempo y la vida como ha venido, como yo lo he decidido, tengo que aceptar los tiempos de mi vida.

Mi pasado fue como tenía que haber sido. Y la certeza la tengo porque desde que tengo uso de razón he luchado conmigo misma, en el mal sentido y en el buen sentido también. He luchado por no ser una espectadora de mi vida. Por lo tanto no cabe el arrepentimiento. Dolor, sí ¿por qué no? ¿Qué voy a hacer con eso? ¿Qué voy a hacer en adelante?

Me acuerdo de que no me gustaba mi reflejo en el espejo.

Ahora, me gusta lo que veo. Es una conquista que me costó años, años y lágrimas y dolor y… mucho escuchar.

Me acuerdo que, desde pequeña, todo-mundo me decía “pero qué madura, pero qué inteligente (puag, ¿qué es eso, los dieces en la boleta?, pero por favor), pero qué fuerte, pero qué interesante”. No me lo creí.

En los inicios de mis veinte, la inocencia se acabó. Lloraba cuando escuchaba el corito “Ya no soy ya no soy la infantil criatura la inocencia se acabó… Ya no soy ya no soy la de ese cuerpo extraño…” El Mal  tomó forma, conocí mi propio infierno, me convertí en mi peor enemiga. Supe en carne propia que el instinto de supervivencia es muy débil y furtivo en los seres humanos, que algo tan básico como alimentarse puede ser…todo menos simple. El Deseo tiene mil máscaras.

Fue breve, pero la duración no es proporcional a la intensidad. El dolor no tiene medida ni rasero.

Ahora, veo hacia atrás y sí, sin darme cuenta, he sido fuerte, sólo fuerte. Y me gusta. Y sonrío. Y me gusta que me vean. Y ya disfruto que me digan cosas bonitas, sobre todo cuando son ciertas. Y me veo a los ojos. Y te veo a los ojos sin miedo. Y me descubro caminando con la espalda derecha y los hombros hacia atrás. Y me gusta. Y me gusto.

Cosas que necesito comprar

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Pues sí, las necesito de verdad, no como tantas madres que me compro a cada rato y que después me llenan de sentimientos de culpa, jijiji.

Máquina de coser. Porque ya estoy harta de que cada vez que necesito hacer una bastilla, unas pinzas, coser “creaciones” horrendas para sábanas, parches, cojines, etc., tenga que ir a la casa de mi madre para usar su máquina. Nooo si yo tuviera la mía propia, ya hubiera hecho yo taaaaaantas cosas…

Lo que ha detenido mis hábitos de compradora compulsiva: que no sé nada de máquinas de este siglo, porque la de mi mamá es de pedalito que hace girar una rueda y no tiene ninguna función extra. Me compraría una igual pero no creo que las vendan en ningún lado de esta era. Voy a las tiendas y no tengo idea ni referencias para tomar una decisión, así que llevo dos años pensándolo.  Noticia de última hora, el blog Corta de estatura me orientó sabiamente, así que me la compraré pronto.

Celular. Porque me robaron el mío, que tenía dos años de antigüedad. Con él se fueron dos años de fotos de mis mascotas, de mis viajes, Cozumel, unas fotos fregonsísimas de la facultad, del trabajo, como doscientas canciones de jazz que me habían pasado clandestinamente de ediciones originales e inconseguibles.

Lo que detiene mis hábitos de compradora compulsiva. Ahora estoy en el dilema si me compro uno de ladrillo que sólo me sirva para llamar y mensajes, o uno decente. Soy de extremos, por lo tanto no puedo decidirme: ¿Para qué quiero uno decente si no lo uso más que para lo básico? Y si voy a comprar una cámara digital, ¿para qué quiero que mi cel también tenga cámara?Aunque no todo el tiempo voy a cargar con la cámara ¿y si me compro uno básico y de pronto soy testigo de un hecho histórico o un delito o una maravilla de la naturaleza y no puedo sacar una foto para la posteridá? En dos años no escuché la música de mi cel, pero ¿y si de pronto quiero hacerlo?

Cámara digital. Porque no tengo y para subir fotos a mi blog y porque todo-mundo-tiene y porque de seguro sacaré unas fotos de antología, al fin surgirá mi talento genial en la fotografía que el mundo estaba esperando jajaja.

Lo que ha detenido mis hábitos de compradora compulsiva. Que para variar en cuestiones de tecnología, no tengo ni puta idea, además de que como decía mi abue, son cosas del demonio. No sé ni qué marca (¿nikon, sony, panasonic, canon, minolta?) ni modelos ni nada de nada, o sea, ¿cómo debo escoger o qué onda? Nótese que lo patético es que no me preocupa el precio, sino las funciones y todo eso. De hecho, si tuviera un presupuesto equis pues sería más fácil porque así las posibilidades son menos. No es que tenga todo el dinero del mundo, pero es una cifra flexible que lo hace más difícil.

Creo que ya, al menos con esta lista, porque hay muchísimas cosas que quisiera comprarme y no necesito.

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Cómo me choca que estos pinches pueblerinos no me saluden cuando me ven en la calle o en cualquier lugar a más de un metro de distancia de mi campo visual. O sea qué onda con su pinche educación. Convivo con ellos un año, nos saludamos en el pinche salón, o en el pinche trabajo hola cómo estás hasta de besito lleno de bichos; pero en la calle, o en otro pinche lugar… zas! se siguen de largo, hacen como que no  me ven aunque pase enfrente de sus mugres narices y me dejan con la pinche sonrisa y el saludo a medias como loca pendeja. ¡Que alguien me explique por el amor de diosssss!

Si son hombres los groseros, la explicación que algunas almas samaritanas me han dado es que lo hacen porque soy mujer, y en la calle alguien les vaya a pegar porque me saludan, o a lo mejor piensan que a mí es a la que me pegan si ellos me hablan… O sea no mameeeessssss. Aparte de pueblerinos, hipócritas a más no poder, porque en el trabajo es la promiscuidad andante el pinche llamado de la selva.  ¿O pensarán que no les voy a contestar? Ni que fuéramos iguales…Pinches acomplejados ¿qué tiene que me saluden en la calle, pobres pendejos? ¿Me tienen miedo, les pegan, creen que soy una trepanada cuyo papel esposil es que me celen y me regañen? No, y lo peor, conociéndolos, hasta han de pensar que soy yo la que les avienta el calzón al verlos por la calle y sonreírles y saludarlos (Oh bueno, intentar saludarlos…)