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Archivo mensual: marzo 2010

Ladillas

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Uno trabajando pacíficamente, viviendo y dejando vivir; y que salgo de mi cuchitril por un momentito nomás, y una salida necesaria porque necesitaba más material para continuar trabajando afanosa e  incansablemente, y que  me encuentro con lo siguiente:

-Ay qué bueno que te encuentro…

Mmmmta este wey ya va a empezar…

Puse cara de pocos amigos (bueno, la exageré) y pretendí seguir caminando con toda decisión, y ya con mi material en mano. O sea, todo indicaba que no tenía tiempo ¿y qué hace este discapacitado mental? Pues me cierra el paso, toma mi material “deja te ayudo” y empieza a hablar:

No, pus deja te digo que, ahhhh, este yo lo tenía en mi casa cuando era niño, mi mamá lo compró en abonos, mira. Y me acuerdo que el señor iba a cobrar a la casa cada quincena y mi mamá le pagaba y él le daba un recibo… No, y lo peor es que este idiota no habla fluido y acelerado, como todo habitante de ciudad que se respete, pus cómo, si está acostumbrado al paso de burros y vacas. Habla deeees paaa cioooo, modulando, entonando, y agreguen actuación complementaria: imita cómo habla la gente a la que se refiere, construye diálogos, da vueltas, manotea, gesticula exageradamente, abre tamaños ojotes, hace pausas buscando las palabras precisas…Pero el colmo, el colmo, repito, es que este tarado no conoce la voz indirecta, todo lo tiene que interpretar en primera persona; ni conoce la abstracción, en vez de sintetizar la situación, tiene que representar todo el diálogo (me dijo y le dije y …)

Iba a escribir las cosas que me dijo, pero me da una hueva enorme, sería un post infinito, aparte de que ya se me olvidó, uff. Además, pa’l caso: puras pendejadas. Y no es que quiera que me hablen de la tragedia griega para arriba; es que de verdad puras tonterías que ya me ha dicho mil veces y que ni vienen al caso.  Y yo así de ya me voy y el wey con mis cosas hable y hable, y puse mi peor cara, y caminaba y el baboso junto a mí, y yo miraba al vacío, saludaba a otras personas, lo ignoraba, le decía “ajá” (“y luego”), y nada que entendiera, qué pez con esta gente.

Finalmente, en un tiempo relativamente razonable -tomando en cuenta que el luser se tarda HORAS hablando- logré zafarme y el baboso todavía me dice: -Gracias por escucharme…

Y esto me lleva a una gran reflexión metafísica trascendental -y que nunca se había tocado en este bló-:

¿Qué carajos entenderá la gente por “escuchar”? ¿Acaso se lo han preguntado, al menos?

Por el comportamiento del luser, claramente se ve que ni se lo preguntan ni les importa.

(Por cierto, antes he dicho que sé escuchar, pero me retracto completamente. Estoy releyendo Momo y tengo que reconocer que estoy igual que todos, no sé ni madres, pero al menos me esfuerzo. En fin, de hecho es un próximo post).

Ash, ya hasta se me fue la idea genial que quería desarrollar a partir de mi gran anécdota.

Será para la otra. De todos modos era lo mismo de siempre: qué onda con escuchar, y por qué no se dan cuenta cuando uno no los está escuchando, o sí se dan cuenta y les vale, o realmente es un monólogo y yo soy la teta.

Y entonces descubro un agregado más a mi trauma, y lo repito porque es el hilo negro que descubrí hoy: que a la gente le vale un cacahuate que la escuches o no.

Dirán “y eso qué”, supongo que es de lo más obvio. ( Pero la babosa de mí apenas se dio cuenta, gracias a la ladilla esta, y eso que siempre vienen a contarme sus tarugadas y yo en la pendeja pensando en que era un diálogo). Eso está más grave todavía, según yo. Es el vacío total desde el origen. Si yo fallo como escucha pues qué mal por mí. Pero si desde que empiezo a hablar lo hago como vil animal (con perdón de los animalitos) que quiere soltar algo sin importarle si encuentra un receptor y una oreja humana, pues está claro que el mundo no se va a acabar, sino que ya valió madres y no hay vuelta atrás.

Y ya.

Post intitulable, de la saga "échale sal a la herida y házme un monumento"

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A veces me siento muy fuerte. Demasiado. Y camino con paso firme, y miro de frente, y hasta sonrío con genuina alegría, a veces con desdén. Siento que nada, nada malo puede pasarme –ya-. Como si hubiera desafiado el máximo peligro, y ganado. Hasta veo por encima del hombro, pobres insectos.

Otras, me siento muy débil y vulnerable. Expuesta. Indefensa.

Y suele pasar que los dos polos ocurren al mismo tiempo.

Porque lo que me hace fuerte me  hace débil; y viceversa.

Mi fortaleza se basa en mi debilidad; y viceversa.

A veces hablas de ese miedo con tanto pavor que parece que ya pasaste por él…

No me acuerdo, pero sí, sí lo creo. Debe ser ésa la explicación.

No me odia ni me agredió frontalmente, pero desde que nací fui y sigo siendo  algo así como una piedra en su zapato.  Aunque yo lo capté inmediatamente y procuré alejarme lo más posible de ella en cuerpo y alma. Una piedra sólo por existir, creo yo.  Una molestia que habría que eliminar, anular. Calladamente. No  quiero saber ni me interesa por qué; no me incumbe, de hecho. Me importa lo que yo he hecho con eso.

Y luego, yo. También quise anularme

Pero ya pasó, ya pasó. -Sí, pero pasó, y está ahí, y podría regresar en cualquier momento…

Por eso, nadie puede hacerme daño ya. He tenido a los peores enemigos que existen: la fuente y uno mismo. ¿Crees que lo que me haces puede surtir algún efecto? Por favor…

Aprendí, de la peor manera -o de la mejor, no lo sé y no importa- que sólo me tengo a mí misma, y a veces ni eso.

Por eso puedo verte y sonreírte casi con lástima, con condescendencia ante tu mirada envidiosa y maliciosa.

Ya nadie puede hacerme daño, tanto daño. Ni tú, ni tú, ni tú taz, ni tú Ratita – si alguna vez dejas de amarme y/o me lastimas y/o me traicionas- ni tú, ni tú, que acechas y me esperas a la vuelta de la esquina.

No es insensibilidad. Puedo sentir, puedo sufrir, me lastimarás, pero ya no puedes destrozarme.

Ya no puedes romper lo roto.

Para ti (c.c. especial p/ Lear)

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En la noche brilla tu luz.

De dónde, no lo sé.

Tan cerca parece y tan lejos.

Cómo te llamas, no lo sé.

Lo que quiera que seas:

¡Luce, pequeña estrella!


(vieja canción infantil de Irlanda)

“Y cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o cómicos que se representaban en la escena, les parecía que la vida representada era, de modo misterioso, más real que su verdadera vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa otra realidad.”

En Momo, de Michael Ende.

Mátenme por favor

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¿Adivinen quién fue la teta que, muerta de sueño y no queriendo tratar temas IMPORTANTES, soltó en el diván que tiene un bló, así como quien no quiere la cosa?

Y la loquera, también como quien no quiere la cosa, que me pregunta:

¿Y por qué lo abriste?

¿Qué escribes?

Y leyendo lo que has escrito en estos meses, ¿qué has encontrado, qué puedes ver, qué sentido puedes notar acerca de ti?

¿Qué has podido ver en lo que escribes?

Y preguntó otras cosas que ya se me olvidaron pero recuerdo que, cuando las dijo, abrí unos ojotes de no mamar, pero si esas son LAS preguntas de la vida misma, no me tortures por favor, si yo nomás tengo un bló de pena ajena y ya. Tan me impactaron que mi cerebrito las bloqueó y por eso ya no las recuerdo, supongo.

Bueno, pero hasta ahí todo iba bien, hasta que preguntó si me ponían algo. Pues sí. ¿Y conoces a alguien? Pues sí, digo no, pero el otro día conocí a algunos? ¿Pero los conocías? No. ¿Y de dónde, entonces? Del twitter. ¿Y quiénes son? No, pus gezeta, hombre cactus, rufian melancolico, aldonautico y jpensamiento. (Ah, y de paso hubiera mencionado que hasta conocí a plaqueta y a su clon y a un timeline paralelo).

O sea, Becca, no sabes lo estúpida que me sentí diciendo eso. “Conozco a alguien que se hace llamar -inserte aquí los alias-“. Pero ¿quiénes son? Pues están en el twitter, ¿no?

“Conozco”. Y lo peor es que sí los “conozco”, aún antes de haberlos visto en persona. De hecho, cuando recién nos encontramos gezeta y yo fue como si nos conociéramos de toda la vida ¿cómo has estado, cómo te has sentido con tus males, y tus análisis y amiguis amiguis; cosa que dicho sea de paso para completar el patetísimo cuadro, nunca me había pasado así de fácil con gente de la vida rial.

Pero en el diván sonó tan pero taaaaan estúpido, de verdad. Pero taaaaaaaaan estúpido. Pero taaaaaaaan

Por eso hasta ahí llegué con la gran anécdota. Imagínate que le dijera:” no y pues hay un monito que a veces me comenta que se llama bu fon a la de ri va”. Ya me imagino: -Mmmmmmh, ¿y ése quién es, cómo se llama? -Pus no sé, pero es bu fon a la de ri va… y me gusta leer su bló-. -Mmmmmmh, aja ¿y por qué, de dónde lo conoces? -Pues del bló…

O: “y hay otro cuyo bló también me gusta y sólo por eso le voy a regalar una moleskine” -Pero si no lo conoces…

No, gente, el mundo allá afuera nomás no nos comprende.

Ustedes tienen la culpa de todo.

Ustedes son los únicos culpables de que yo no progrese y me convierta en una persona normal.

Y luego, como que últimamente me había ido muy bien en el diván, yo creo que hasta la loquera se sentía así como que ufffff, la voy librando con esta loca; pero esta semana, como que ha de haber dicho: no, la perdimos, a qué horas le pasó el accidente o qué ondas.

Nooooononoono, e imagínate si además le hubiera contado que salí con ellos, ahora caigo una bola de completos desconocidos, además por mi iniciativa, que por suerte y casualidad en el curso de la noche dijeron su nombre rial. Y que la pasamos bien, y que me subí en un taxi con ellos y fuimos a y luego a … No, Becca, esto del diván no está padre.

Y lo del twittter menos, es la esquizofrenia llevada a su máxima expresión. Es peor que hablar solo, he dado pasos gigantescos pa’trás, como bien me dijo Guapologa (ah sí, otra que conozco del twitter y que es bien buena onda).

Pero pus todomundo tiene twitter, ¿qué no?

Claro que pudo haber sido peor: que se entusiasmara y hubiéramos intercambiado cuentas y nics

Sólo por eso, voy al twitter a preguntar quién más va a ir el domingo al nortec.

(Ayyyyy nooooooooooo, y le acabo de dar un rayoncísimo monumental a la carátula de mi flamante relojísimo ultrachido y careeeeesimo!!!!! Bueno, no taaaan tannnn careeesimo, pero fue mi regalo de aniversario con Ratita. Qué digo rayón, casi le rompo toda la carátula!!!!! ¿ven cómo el mundo me castiga nomás por mencionar el twitter?)

Un fracaso anunciado, o a lo que lleva la desesperación

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Desde pequeña me gustó leer.

Lo digo sólo como mera descripción, pero si me apuran, lo consideraría más un defecto que algo para presumir. El caso es que me gusta. Y después de tanto ejercicio lector, sé que un escritor es un monstruo, entre otras cosas. Jamás me atreví siquiera a imaginar querer escribir nada, porque claro, yo no soy un monstruo ¿verdad?. Nunca llevé un diario, por ejemplo. Lo único que había escrito en la vida fueron los ensayos de la facultad, cuya máxima dificultad era precisamente sobrepasar cinco cuartillas. Algunas veces heroicas logré entregar ocho, con todo y portada.

Pero hace dos años la desesperación –siempre estoy en la desesperación, y a veces alcanza niveles que me llevan a cometer locuras, como en este caso- me llevó a tomar un taller literario. Estaba harta de convivir con gente pueblerina que hablara así: fuistes, haiga, etc., y saaabiamente imaginé que en un espacio rodeada de ezzzzcritores y aspirantes a me encontraría mejor. Ingenua de mí, hubieran visto lo que entregaba el 90%: no conocían la existencia de signos de puntuación ni de acentos, para empezar. Nunca comprendí la infinita paciencia del monito tallerante para leer semejantes bodrios. Yo se los hubiera aventado a la cara: no recibo nada sin ortografía, máximo con cinco errores de dedo. Sólo así aceptaría analizar y criticar el contenido.

Los talleres literarios siempre me han provocado desconfianza, es por lo menos perverso imaginar que yendo a un equis lugar con equis monito vas a salir siendo escritor. Y, si lo sabes porque es taaan obvio, ¿por qué vas? Como ya dije, yo por la desesperación y la ilusión, por querer respirar nuevos aires. Supongo que otros irán a ligar (empezando por quien lo imparte), a perder el tiempo, a sacar sus talentos frustrados, otros ya se sentirán escritores y sólo necesitan contactos, ash, toda una fauna; sí, sí era lugar para mí, no me hago.

Total que fue mi primera vez en un taller literario (y última, espero). Y claro, era para ezzcritores. Y yo que muevo palancas (primera vez también) y entro. Y sopas, que me entero de que hay que escribir y cada sesión hay que llevar algo -¿qué raro, no?-. Y yo: -no, pus nunca lo he hecho, así que si me quieren correr, adelante-. (Ya que había metido la pata quería emprender la graciosa huida) Y el monito: -no, eres bienvenida, siempre hay una primera vez-. Y yo pensé: maldita sea, ¿en qué diablos me he metido?

Y aquí otro paréntesis en esta incoherente entrada: aunque no tenía experiencia previa, mi estadía en la carrera de filos me enseñó que el ambiente intelectual es sumamente divertido: “todos son unos pendejos menos yo. La filosofía me vale madres, el caso es demostrar que yo tengo la razón”. Así es la cosa (y aclaro que me sentí tan pero tan bien en ese mundo, de veras, jijiji. O sea, no estoy de acuerdo con semejante actitud, juro que no la practico (bueno, lo de poner foco en tener la razón; porque de que hay gente pendeja, la hay) y puedo aventurarme a juzgarla como mala-incorrecta y anexas; pero fueron mis años maravillosos. Mataría por regresar. ¿Alguien puede ayudar a entenderme? Porque yo no puedo).

Continuando con lo de los talleres, mi sentido común me dice que para quien quiera escribir, primero tendría que leer todo, o querer hacerlo. Todo lo bueno. Y para saber qué es lo bueno, tiene que estudiar y empezar por los llamados clásicos. No me pregunten qué son y por qué se les llama así, porque mi sentido común hasta ahí llega. O sea, podrías empezar leyendo toda la colección de gredos, por ejemplo. Empezarías a empaparte de Temas, Estilo, Forma, Poética.

Y mi sentido común también me dice que hay que dominar las herramientas que debes usar. Un escultor domina el material y blablabla. Pues un escritor debe aspirar a manejar el lenguaje con maestría. Podría empezar por estudiar latín, griego, gramática, sintaxis, etc., y leer leer leer leer. Y luego está la parte de la teoría literaria, la historia, la filosofía, las demás artes. Y ni así tendrías garantías de llegar a ser un buen escritor. Ni así.

Obvio que lo anterior no es la única manera de llegar, imagino que hay otras, no es así de cuadrado el asunto. Pero de que tienes que dominar la herramienta, tienes que.

No creo que nadie vaya a un taller con el serio propósito de aprender a escribir. Espero que no.

Eso me recuerda el siguiente fragmento de Memorias de un nómada, de Paul Bowles:

Antes de los ocho años!] Uno de mis pasatiempos consistía en inventar listas de nombres de lugares; los consideraba estaciones de un ferrocarril imaginario; había hecho un mapa con el itinerario y el horario. En Glenora se me ocurrió la idea de convertir parte de la fantasía en realidad: escribí los nombres en tiras de papel que coloqué, sujetándolas con una losa de pizarra en los lugares que juzgué adecuados en cada caso, a lo largo de los senderos del bosque.

(…)

Pronto me inventé un planeta con mares y continentes. Hice mapas de todos, añadiendo cordilleras, ríos, ciudades y ferrocarriles.

(…)

Mi madre y yo nos llevábamos bien en general; supongo que, sobre todo, porque siempre que le leía me escuchaba y me daba su opinión razonada, aunque le leyera una lista de nombres de sitios inventados. De los dos a los siete años me leía siempre una media hora antes de dormirme. A partir de los siete años unas veces me leía ella y otras veces le leía yo. Recuerdo que quería seguir leyendo los Tanglewood tales de Hawthorne, y la mezcla de fascinación y repugnancia que me producían los cuentos de Poe. No podía leerlos en voz alta; tenía que experimentarlos. La voz baja y agradable de mi madre y, por extensión, su personalidad, adquirían los tonos más siniestros cuando leía aquellas frases terribles.

(…)

Además de aprender a terminar mis prácticas antes de divertirme al piano, siempre terminaba los deberes escolares antes de dedicarme a las tareas diarias que me imponían: escribía un periódico diario del que hacía una copia de cuatro páginas a lápiz y color; escribía todos los días los diarios de varios personajes imaginarios; seguía ampliando los libros de información de mi mundo ficticio; y dibujaba obsesivamente casas (planos de fachada, sin perspectiva), que completaba con sus listas de precios y de compradores, para un grandioso proyecto inmobiliario. El periódico publicaba un reportaje diario sobre un inverosímil viaje por mar de sus corresponsales: “hoy desembarcamos en Cabo Catoche. ¿Adivináis dónde estaremos mañana?” Tenía un atlas enorme de hojas sueltas, tan pesado que casi no podía con él. Lo llevaba al centro de la habitación, lo abría en el suelo y me sentaba a contemplar absorto los mapas. Cada poco llegaban nuevas hojas sueltas; había que destornillar el libro e insertar los mapas en el lugar correspondiente.

Completaba los diarios todos los días; escribía las entradas en tercera persona, en presente, como los titulares del periódico: “Víbora llega a casa pidiendo pollos. Adele la echa.” Muchos personajes enfermaban y adelgazaban de forma alarmante. En todos los diarios llegaba un momento en que los sucesos me absorbían tanto que escribía varias hojas seguidas. En cuanto empezaba, era imposible volver a las entradas día a día. La velocidad de los sucesos aumentaba, y acababa en seguida el cuaderno.

También hacía calendarios mensuales (cuando podía se los vendía a los parientes), que adornaba con dibujos hechos con lápices de colores. Los calendarios eran preciosos y bastante legibles, pero las líneas verticales y horizontales que formaban las casillas de los días eran siempre curvas en vez de rectas. Todos insistían en ello.

(…)

Por entonces empecé a escribir una obra larga titulada Le Carré, ópera en nueve capítulos. Por supuesto no era en absoluto una ópera, sino un cuento con algunas canciones intercaladas. Compuse melodías para las letras; creía que las canciones me autorizaban a llamarlo ópera.

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Habiendo leído lo anterior, queda claro que lo que sigue de mi anécdota es un chiste de enternecedores alcances y nada más.

Continúo. Ah, pero antes, lo del ambiente intelectual lo puse porque gracias a eso pude apreciar que en el taller este no había tal: el monito se preocupó porque todos nos respetáramos y todo muy bien y críticas constructivas y leyéramos teoría literaria y discutiéramos bien bonito. Uff, si no, la novatada que me hubieran dado, ay sí, pobre de mí, tan inocente.

Ahora sí continúo. Las primeras sesiones pude hacerme wey, intentando salir del paso haciendo un poema (según yo) con el único objetivo (qué novedad) de entregar las páginas requeridas. Al fin que el poema pues es chiquito ¿no?, no hay que llenar toda la página, jijijji. Y si lo hago conceptual y vanguardista pues menos palabras puedo poner, ¿no? Hasta podría insertarle signos extraños y monitos. Obviamente, si a la fecha le saco a leer poesía en serio, imagínenme intentando escribirla. No funcionó la táctica de la extensión. Llegando la fecha fatídica, pasó lo de siempre: que funciono mejor bajo enorme presión. Y que me proyecto bien feo, también.

Soñé mi texto. Todo el primer párrafo lo soñé. Y dicho párrafo tenía todo: personajes, tono, estilo, voz narrativa, historia, planteamiento, conflicto, tensión. Palabra por palabra. Y que me despierto y en friega busqué dónde anotarlo tal cual. Y fue tan perfecto que no me corrigieron nada, ni una coma. Incluso ahora lo veo y no me lo creo, está fregón, da el gatazo. Y ya de ahí fue relativamente fácil seguirme como hilo de media, una catarsis muy acá, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Hubieran visto. Fue la conmoción. Una monita dijo que hasta quería llorar de la impresión, otra dijo haber temblado casi hasta el patatús; no se ponían de acuerdo en cuál era la frase que más les había impactado. Otro me comparó con la tragedia griega, háganme el favor. Otro con no sé quién. Otro con Shakespeare, háganme otro favor. ¡Otro con no sé qué pasaje de Dostoievski!!!!! Me llovieron adjetivos, hablados y escritos, como: valiente, honesta, atrevida, arrojada, genial, magistral, sigue así, nunca cambies, felicidades.

Y el monito…bueno, el criterio del monito es aparte. Supongo que le da cierta validez que a sus 33 años el maldito ha ganado todos los premios: el Elías Nandino, el Clemencia Isaura, el López Velarde, el Francisco Cervantes, el Inés Arredondo. Me comparó con Lobo Antunes, que el tono es lo más difícil de lograr en un novela, y yo lo logré desde la primera oración. Que podía tomarse un café con mi personaje. Obligaba a todos a opinar, analizaba todos los matices de mi voz narradora, bueeeno.

Una vez que el taller finalizó, mi pobre intento de novela ha quedado arrumbado. Es que fue horrible escribir esas cuarenta páginas aprox. ¡Cuarenta páginas! No es nada, y sin embargo, me parecieron una eternidad en tiempo y esfuerzo. No dormía bien, todo el tiempo imaginaba cómo pensaba mi personaje, qué diría, qué haría en mi lugar, qué imaginaba, qué hacía, qué la había pasado. Si de por sí así solita ya estoy bien loca…

Fue un desgaste tremendo. Y escribir y reescribir y corregir y volver a escribir y repasar cada palabra, signo de puntuación, leerlo en voz alta, revisar la concordancia, la coherencia, la sonoridad, el ritmo, el significado preciso.

No, gracias.

Sólo confirmé lo que ya sabía: esto de la escribida no es para mí.

p.d. Pero tuve mis quince minutos de soberana popularidad.

p.d. 1 El monito, en un libro suyo que me autografíó, me puso algo así como (es que me da flojera buscarlo): no dejes de escribir, escribes muy bien, sigue adelante con tu escritura. ¿Y qué hago yo, en vez de seguir su sabio consejo? Pues abro un bló. Aplausos de pie, por favor.

Continuación de la entrada anterior

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Un@ hij@ es para crecer, no para sabotearse.

No me gustan los traidores. No porque me autoubique en un plano moral superior. Todo lo contrario.

Los traidores me hacen traicionar a mí también.

Estar con traidores hace que mienta. Es mi manera de ausentarme, supongo.

Y, aunque no  me guste, mentir es sumamente fácil para mí. Mentir fue una de las primeras cosas importantes que aprendí.

La última vez que te vi, te mentí.

Mentí al fingir que estaba a gusto contigo.

Mentí al contestarte tu eterna pregunta

Mentí cuando sonreía

No estoy dispuesta a traicionarme cada vez que te vea

De todos modos, si alguna vez estás listo para hablar, tienes mi número telefónico de casa, de celular, mi correo electrónico, sabes dónde vivo.

Sabes que estoy dispuesta a escucharte, siempre y cuando tú te escuches también.

 

Ahora uso tacones de aguja

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¿Qué es más deprimente: que tus amigos de añísimos finjan la felicidad y el éxito extremos; o que te confiesen que su vida actual no es como habían contemplado que la conducirían?

Ricardo Blanco dijo una vez en clase algo que nunca he olvidado: que ser psicoanalista o tener ese tipo de habilidades para conocer al Otro es como ser un médico cirujano. Pero un médico cirujano no va por la calle con su bisturí  extirpando los tumores y otros males a los cientos de enfermitos que caminamos alegremente. De igual modo, el “conocedor” tiene en sus manos un instrumento incluso más peligroso que un bisturí, por eso debe usarlo sólo cuando el paciente quiere y puede y en la intimidad de un diván. Decirle a alguien toda la trastienda que carga a cuestas es como clavarle el bisturí sin compasión. Es peor que matarlo. Eso dijo. Y se me quedó muy grabado.

Se me hizo exagerado.

Pero preferí creerle.

Por las dudas.

Que cada quien sea su propio asesino.

Por eso no te he contestado ni lo haré. Por eso lo escribo en mi bló:

“No he conducido mi vida por los caminos que alguna vez contemplé, estoy lejos de tener en una buena situación” ¿Y eso qué? ¿Te sientes especial por ello, desdichado, digno de compasión? ¿No se te ha ocurrido voltear a tu alrededor y preguntar si acaso alguien tiene la vida que alguna vez contempló tener? ¿La infancia, no es para eso: soñar, imaginar, contemplar y luego creces y bum, qué haces con eso? ¿Te quedas lloriqueando cual plañidera? Y luego ni tienes un verdugo para inculpar. Y si lo tuviste, no lo quisiste enfrentar. Te lo dije: habla, tienes que hablar, tienes que verte en el espejo. Y nunca quisiste o pudiste. Y ahora está empezando a pasarte factura. Empieza. Porque va a ponerse peor, deja te digo.

¿Te has preguntado por qué te liaste con una que podría ser tu madre? O sea, pudiste ser un poquito original, al menos. Y te trata de la chingada enfrente de amigos y de tu propia familia. No quiero imaginarme cómo te trata a solas. Sabes que si hay algo que me caga la madre es no tener dignidad. Yo también te trataría igual y peor, por wey.

¿Cómo te explico que te están viendo la cara bien y bonito? Que la vejeta esa te está exprimiendo todo tu gran sueldo. Que con eso podrías vivir holgadamente, irte de viaje por el mundo, o pagar todas las posesiones que exige la vida moderna, o seguir estudiando; pero claro, elegiste mantener a esa zángana.

Que no sabes la tristeza e inmensa compasión que me provoca la inocente criatura que, claro, tuviste sin quererlo ni planearlo ni nada. Para la que fuiste el humilde e ignorante aportador de esperma, y ahora su fuente inagotable de dinero. Que la pobre va a necesitar ser muy pero que muy fuerte para sobrevivir con unos padres como ustedes. Y la veo y no sé si lo vaya a lograr. Todavía no puedo. Pero apenas tiene un año y ya está dañadísima: “tráele esto y aquello, ¡dale ese cuadro ese ese que lo quiere ahora mismo, te lo está pidiendo, dáselo! ¡A ver tú, acércate que la niña quiere tocarte!” No creo que haya fuerza humana capaz de sobrevivir a tal perversidad.

¿Dices que la quieres que la amas inmensamente? Por favor, si lo hicieras, empezarías por dejar de ser tan patético. La niña te va a odiar. Te lo digo yo. Y más vale que lo haga, en vez de identificarse contigo. Más vale que lo haga. La figura materna puede fallar o faltar o matar, y no hay gran desastre. Pero cuando la figura paterna falla de alguna manera, causa los peores desastres en una mujer. Pobre. Las clásicas historias de como mi papá no me quiso, no merezco que ningún hombre me quiera, o como mi papá fue alcohólico o golpeador o estúpido, me busco uno igual, o como mi papá fue todo lo anterior, odio a los hombres y ya no puedo relacionarme sanamente con ellos, o o o…

Cómo te explico que escribir Madre con mayúscula es como para echarse a correr.

Y cómo te explico que nada de lo anterior me interesaría negativamente si tú siguieras luchando.

Cómo te explico que no me importa cómo te vaya, me importas tú. No quiero que seamos iguales, ni que pensemos igual. Te acepto o me esfuerzo al menos. Y tú, más de siete años después, sigues preguntandome lo mismo cada vez que me ves,  forzando el tiempo cuando eso quedó años tras, por dior.

Como te explico que ya no soy la misma, y está bien. O no está mal ni bien, solo he cambiado porque han pasado años, y punto. Porque así es,  y punto. Porque he crecido y ya no me veo igual. Tal vez por eso no me reconoces.

Tenemos la misma edad. ¿Sabes lo maravilloso que podría ser que siguiéramos caminando juntos? Que juntos, de estudiantes, hubiésemos llegado a la estación del trabajo, del trabajo para vivir, del dinero para vivir, del amorts, de las relaciones de pareja, de los miedos, de vivir solos, de yo casarme y tú soltero, de tú a la estación de padre y yo a la crisis del tercer piso? Pero te quedaste. Siete años después sigues preguntando lo mismo. Supèralo. Hay mil cosas más que podrías preguntarme.

Me pregunto: ¿ puedes aceptar todo eso? O me mirarás y lamentarás que la que conociste ya no esté. Pero sí está, gracias a ella estoy aquí.

¿O querrás seguir hablando eternamente de Kant de Kant de Kant? Ah, no, olvidaba que también hablas de Hegel de Hegel de Hegel. ¿Sabes que para hablar de uno y de otro también hay que hablar de literatura, de cine, de historia, de música, de lo que me pasó ayer, de lo que soñé, de la tele, del internetz, de la moda, de mis tacones altísimos, de la Vida?

Por cierto, gracias.