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Archivo mensual: abril 2010

Cosas que me cagan la madre (o grito desesperado para salvar mi matrimonio)

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A continuación enumero las cosas que me cagan la madre. No son las que me enojan, ni las que me molestan, ni me exasperan, ni me ponen de malas, ni me arruinan el día. Todas estas van en otras listas.

La de ahora incluye las que me sacan de quicio así bien cabrón por causas desconocidas e incomprensibles que no puedo dominar:

-Los pendejos y sobre todo LAS pendejas (sí, quince años de vasta experiencia al volante han arrojado evidencia de que el 95% resultan ser mujeres) que no saben manejar BIEN, que no pueden estacionarse en dos movimientos en un lugar 20 cms más grande que el coche, y que, por lo tanto, deberían ser masacrados en ese mismo instante. Es una cosa que me transformo así bien cabrón, pierdo la razón literal, me sale el hulk que llevo dentro “pinche idiota, vieja tenía que ser, mira nada más, quítate pendejo que vas en el carril equivocado, para eso existen las intermitentes, cabrón, ese tarado se va a pasar el alto, cómo chingados no, ay esta pendeja ¿qué no sabe, por sentido común, que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo?” y así. No entiendo cuál es la ciencia de manejar bien. A mí me enseñaron mi padre y mi hermano y sé manejar perfectamente, sé escuchar el motor del coche, sé exactamente cuándo hay que cambiar velocidades para que el cochecito no se arruine, les manejo en ciudá, pueblo, carreteras peligrosas en la serranía de un carril por sentido con camioneros asesinos al volante cuyas señales luminosas puedo entender casi la mayoría, autopistas, etc.

-Cuando pisas un adoquín mal puesto con agua negra que salta y empapa el pie hasta la rodilla. ¡Es asquerosooooooo! Dan ganas de matar a alguien y lo peor es que no hay culpable a la mano a quien patear. Y clásico que siempre pasa cuando llevo sandalias o zapatilla abierta o falda o pantalón claro. Nuuuuunca de los nuncas pasa cuando llevo botas o tenis o pants o pantalones viejos.

-Subirme al coche cuando éste ha permanecido horas bajo el inclemente sol. Esa sensación de calorcísimo encerrado y sofocante me trauma. Pongo el aire acondicionado, pero los segundos que tarda en activarse ya me arruinaron el día, además de que evito todo lo posible usar el aire por aquello de la contaminación y porque mi estúpida garganta resiente cualquier cambio brusco de temperatura.

-Que cuando me lavo los dientes vestida con un saco, suéter o chamarra de algodón, piel o lino, la manga derecha (soy diestra) se manche de gotitas de pasta que, cuando se secan, ya no se quitan, maldita sea!!!! Me caga me caga me caga. Y clásico, siempre me doy cuenta cuando ya están las manchitas y entonces tengo que hacer malabares para quitarme la prenda, con la boca llena de pasta y pasar el cepillo a la otra mano y todo un show, todo para que ya se haya manchado. En serio, los estúpidos gringos ya deberían haber inventado alguna pendejada para evitar esta desgracia cotidiana.

(Nota mental: gugulear infomerciales a ver si no ya lo inventaron).

Y EL PEOR:

-Que cuando estoy viendo mis programas imprescindibles (Ventaneando, las series de Warner, HBO, sony, people and arts, videos musicales ad nauseam, Las Aparicio (está dostres y pura vieja bien buena y con temas dizque bien vanguardistas así de estoy revolucionando el mundo de las telenovelas no mames) y la lista sería interminable, y/o películas, ALGUIEN esté pululando por ahí, haciendo ruido, hablándole a los gatos o queriendo hablar conmigo o pasando frente a la tele o…… NO MAMAR, o sea, hay otros diez cuartos en la pinche casa, tres patios, oootra pinche tele, y yo no puedo enajenarmeapendejarmeidiotizarmeentrarenéxtasis concentrarme a gusto en mis mugres programas.

No y ya en serio, las películas que veo mira que sí son así todas artísticas y profundas e intensas y ALGUIEN revoloteando por ai.

En serio, Rata, en serio.

Neta que he pensado seriamente, pero que muy seriamente, que ésta y únicamente ésta sería la causal de divorcio. Te puedo pasar los milochomil defectos horrorosos que tienes, puedo estar contigo sin amor ni esas mamadas, puede valerme la verga de ocho patas que dejes de quererme y te acuestes con cuanta zorra se te aparezca, puedes caer en las garras del alcohol y las drogas, puedes desaparecer durante días y llegar repartiendo madrazos a diestra y siniestra, pero por el amor del osito bimbo, DÉJAME VER LA TELE EN SANTA PAZ!!!!! Neta que he estado a punto de ir corriendo con el abogado y ordenarle: ” a ver, demanda de divorcio inmediatamente y orden de restricción a mil kilómetros de mí porque no puedo ver a gusto la tele”.

Neta.

(Shiale, lo hubiera puesto en los prenupciales con una sanción millonaria, de perdis).

Y ya saben, si Alarma pone en su portada espectacular: Enloqueció  repentinamente, apuñalólo, torturólo, matólo, hízolo cachitos y se los aventó a los perros; ya saben las verdaderas causas.

Y ya. Por su atención, gracias.

Próximamente,  las mil listas de cosas que me molestan pa’abajo. Digo, por si se quedaban con el pendiente.

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Los demonios

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¿Así que esto es la soledad?

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IDM

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Sólo quiero decir una cosa: estar en idm fue mil veces más amigable que estar en un congreso de filosofía. Bueno, no nos vayamos tan lejos, fue más hospitalario que mis compañeritos en una clase cualquiera de filosofía. O que en una reunión de literatos, académicos e intelectuales.

De verdad.

Ya lo sabía, pero me deprimió comprobarlo.

¿Qué es esto?

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Si de algo sirve haber confesado que tenía “años” de haber dejado el gimnasio, es para apreciar mi desidia en toda su magnitud y regresar corriendo. Me encontré con que en la sucursal a la que iba ya quitaron el spinning, así que emigré a la que está en el maldito centro comercial, horror, con lo que odio odio odio esos lugares.

Desde los 14 años había hecho ejercicio habitual y ferozmente. Sin embargo, no tengo un cuerpo atlético, delgado ni marcado, pero sí condición física, ganas de sufrir con los entrenamientos y una complexión aceptable. Pero ahora que regresé descubrí con horror que todo lo que había logrado a lo largo de esos años, lo perdí en estos malditos cuatro meses de inactividad total. Aguanté la clase, pero no con el rigor ni el ritmo de la entrenadora, y a los quince minutos ya estaba a punto del desmayo. Fue horrible. Me siento la peor persona del mundo, con el trasero más grande y fláccido de toda la historia de mi vida. Tuve que ir en pants de abuelita porque mis licras se me ven horribles, no puede ser ¿por qué no puede uno tirarse tantito a la flojera sin que haya tan devastadoras consecuencias, por queeeeeé? Mínimo, miiiiínimo voy a tardar como dos meses para medio empezar a recuperar mi condición física y mi trasero.

Pero el punto de escribir esto es que, en el fondo, esta situación no me devasta, a diferencia de antes. En lo que recupero la decencia, no voy a envolverme en costales de papas; sigo vistiéndome con mi aparente optimismo de siempre, total. Claro que el enigma a resolver es si es valemadrismo, resignación, crisis de los 30, desesperación, o la grandiosa aceptación de uno mismo, ñe.

Voto por una mezcla de todas, exceptuando la aceptación.

Y en el mismo orden de ideas, sigo traumada con el asunto de la monita que nos presenta como “amigas”. Digo, es que me dio tanta lástima, compasión, horror y tristeza que he pensado seriamente en la posibilidad de cumplirle un poco su fantasía: he estado a punto de invitarla al cine o a por un café e interesarme por su vida o algo así.

(Y a continuación viene un vómito de ideas que una vez dichas, las leo y ni yo entiendo pero no las quitaré ni intentaré darles orden ni coherencia porque así las pienso y punto) (Y el paréntesis anterior viene a confirmar que estoy en el valemadrismo y desesperación y anexas).

Como que uno de los grandes puntos de origen de mis patéticas desgracias es pensar, desde pequeña, que los demás son “normales” y yo no. Pensar un mundo allá afuera y un planeta acá adentro, sin puntos de conexión. Ya sé que no hay “normal” en sentido estricto, pero sí existe el término en sentido práctico y sí hay un rango de la normalidad. Y no es que yo me sienta especial o diferente-superior. Pero me siento anormal, como una aberración, inadaptada, como que no entiendo el funcionamiento de los demás, no encajo en sus juegos, excluida, insecto.

Pero como  que esa dinámica, además de ser mi desgracia, también era el punto de salvación: pensar que yo estoy mal y los demás “bien”. Que el mundo sigue su curso normal y yo voy a trompicones. Que en los demás hay un orden y una secuencia y curso como debe ser. Que todos ríen y conocen gente y se sienten bien consigo mismos, o ni siquiera les atormenta pensar en ello, no les hace ruido su propia compañía, van por la vida tan felices ellos y todo bonito. Yo soy la pobre luser que no sé en qué momento de la concepción se le cruzaron los cables.

Y entonces, como ejemplo, aparece esta monita. Convivimos durante años. Y nada más. No le platico nada de mi vida porque su persona no me interesa, es vulgar, mala vibra e imbécil. Ella viene y desahoga sus berrinches conmigo, pero no hay camino de vuelta por mi parte. Nunca de los nuncas hemos salido juntas, nunca hemos “tomado un café”, nunca hemos ido al cine, nunca hemos compartido nada más íntimo. Creo que, aún en mi planeta, las cosas están claras. Y diariamente, en sus grandiosas pláticas, ella menciona a innumerables amigos: “el otro día me dice una amiga”; “fui al cine con mi amiga x”, “estaba platicando con una amiga”, “me encontré a una amiga”, etcétera hasta la náusea. Eso me baja la moral un poquito, porque pienso: “claro, como siempre, TODOS, hasta una pendeja que se la pasa diciendo que toooooodos son unos pendejos menos ella, resentida mala vibra tiene una legión de amigos y yo sola como el perro, pobre de mí, nadie me quiere”; pero al mismo tiempo me tranquiliza porque me confirma que es gente normal que tiene amigos con quienes sale y platica y chatea y “un amigo” por aquí y “un amigo” por allá.

Pero cuando me presenta con enorme entusiasmo como “su amiga” caigo en la cuenta que debo ser como todos los demás que menciona, y entonces somos sus amigos imaginarios. ¿Y entonces la gente no es normal? ¿Ahora resulta que hasta yo tengo más amigos de verdad del alma que ellos? ESTO es lo que realmente me deprime. ¿Y cuando salen con sus “amigos”, están fingiendo horriblemente? ¿O les vale la palabra? ¿Y si también están solos, por qué no hacen algo de verdad al respecto, en vez de seguir cavando y cavando?

Y lo que me preocupa es que sigo considerando la posibilidad de darle por su lado. Digo, si finalmente compartimos el mismo dolor, pues ya qué. Pero no, porque de verdad es una persona sumamente desagradable. Pero si no es normal, entonces es un poco como yo; o yo como ella, es decir, entonces no somos tan diferentes, y entonces qué más da ir al cine con ella y todo lo demás. Pero no, no no y no.

Y en el mismo orden de ideas, otra cosa que nunca entendí ni entenderé es el asunto del coqueteo. Y como se supone que es un lenguaje natural que hasta los animalitos del bosque lo tienen y lo entienden, y es una onda de seducción muy compleja y acá, por eso he pensado que quizá tenga algún tipo velado de autismo, a no ser que sea pura y llana pendejez de mi parte. Y aquí otra vez el asunto de “los demás”. Yo veía cómo los demás coqueteaban y blablabla y yo en la oscuridad total. Y es raro, porque de hecho puedo detectar a los dos segundos cuando alguien está coqueteando, incluso puedo decir si tendrá éxito o no. Pero yo nunca lo pude hacer.

Me acuerdo de una vez, puberta, que me gustaba un monito. Y yo a él, pero el idiota no hizo nada y pues yo  menos. Y le dije a mi amiga. Y me contesta: “bueno, pero menos mal que tú tendrás tus tácticas…”. Y yo, muerta del desconcierto: “ajá, claro…”. Ja, por supuesto que nunca se me hizo con el monito. Me dije ¿ups, a poco existen tácticas? Pero la pena me impidió pedirle a mi amiga que me iluminara, y a la fecha, es uno de los grandes misterios que no se me han revelado; y así sobreviví mi adolescencia y juventud: sin táctica alguna. (Aunque mi amiga me hubiera dado clases intensivas, no hubiera servido de nada, eso se sabe, no se enseña).

Así que los novios que tuve fue porque el destino lo quiso, pobre de mí. Dicho lo cual, me intriga que a pesar de todo, tuve novios. (Mi primer novio, a los trece, por cierto, es oooootra  historia, a él le debo mi feminidad, para empezar). Y hasta me casé.

Y así, nada más veía cómo las chavas: “me gusta ése” y a los dos días ya estaban juntos. ¿Y qué, los hombres nunca dicen “no”, maldita sea?

Reflexionando profundamente acerca de esta situación, he descubierto que he cambiado adentro de mí. Estoy casada, bien. Pero supongamos que no estuviera casada, o que fuera soltera o que Ratita me abandona como trapo viejo. Supongamos, en fin, que estoy sola-sin pareja. Yo, lo que haría en esas circunstancias, sería invitar al monito que me guste. De plano. Aunque no lo conozca, puede ser el de la mesa de junto en el café, o de la mesa de junto en la biblioteca, o el veterinario de mi perro, o mi dentista –oh, sí, mi dentista-. Me acercaría, y le diría: “hola, te invito un café”, o “hola, soy fulana y quiero salir contigo”, o “holas, ¿saldrías conmigo?” o “hola, ¿quieres ir al cine conmigo?” y así.

Mis amigos –y éste es otro asunto a tratar, que mis amigos han sido hombres, a excepción de Wanda- siempre me han dicho: “Noooooo, una mujer que te invita es lo máximo, es una DIOSA (chale, ¿tanto así?), es un mujerón, blablablabla. Qué buena táctica, deberían dejarle a la mamada de esperar a que uno haga algo y ellas tomar la iniciativa y blabla”. Y yo digo que a mí me parece más complejo y rebuscado y creativo cuando aplican la de “qué hora tienes, o disculpa, pensé que eras otra persona, o ¿qué no te conozco de algún lado?” y la sonrisita y blabla”. Y también digo: sí, qué padre cuando tomar la iniciativa es, de hecho, una táctica.

Pero en mi patético caso, confieso que yo lo haría POR FALTA DE TÁCTICA. A falta de cualquier otro recurso y abundancia, en cambio, de desesperación, no me quedaría otra que aplicar la ruta directa.

Y hay una enorme diferencia.

Recuento que al parecer a nadie le interesa pero por eso te lo digo a ti

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Los últimos días he hecho muchas cosas., aunque a veces no las que debería: desde enero no hago ejercicio y ya no aguanto más, pero es la hora que no regreso al gimnasio. Pero ésa es otra historia.

He trabajado mucho, a gusto -rarísimo-  en mi cuchitril, mis compañeritos y sus historias ni me van ni me vienen, he ido a museos, he salido, he platicado, ¡he leído!, he visto películas, sacado muchas fotos, ido a inauguraciones de exposiciones -la de pintura de ayer no me gustó, fue equis, “no me estremeció” diría el luser-.

Por cierto, en la inauguración del otro día:

Hacía un chingo de frío, pero un chingo, como si fuera invierno en el pueblo. Aun así, fui, y a patín, soportando estoicamente el viento helado -bueno, estaba a quince minutos del lugar jijijij- pero neta que el frío me mata. La única vez que decido ir a patín y los estúpidos zapatos que empiezan a lastimarme, así que los quince minutos de ida y quince de regreso fueron una tortura. Y yo que siempre cargo mis curitas (los compro por caja de 8mil) y claro, la única vez que no llevo curitas y el zapato me hace ampolla por dar diez pasos.

Yo que quiero ser antisocial en el pueblo, pero como buen pueblo, estaba todomundo, y ai me tienen respondiendo saludos aquí y allá como si de veras. Me presentaron a más gente. Me salió una oferta de clases particulares gratis o bien colarme de oyente en las clases de fotografía que da un monito que estudió en la enap. Saqué fotos.

Todomundo va en fachas normales a sus actividades diarias, pero en las inauguraciones se ponen sus dizque mejores galas. Eso me deprime mucho. Mucho. Como si ir a una exposición fuera la octava maravilla. Yo, sin planearlo, hago al revés. Me gusta arreglarme casi todos los días -excepto los que, por las razones de siempre, no quiero ni bañarme y no lo hago- y no cuando hay un pinche evento de esos.

Y luego, una monita que nos ve platicando, pla ti can do, o sea, cuando mucho nos hubiera dicho “hola” con un gesto, pero no, le valió madre y que le dice a su acompañante: “ven, que te presento a unas amigas”. Eso también me deprimió.  Nosotras ni de broma somos sus amigas. Yo para nada. Procuro ser amable con ella, pero nada que pueda dar a entender que somos “amigas”. Nunca le he contado nada, ni siquiera le he platicado nada. Me limito a fingir que escucho las pendejadas -literal, no es mamada- que luego viene y me dice. Y ahora resulta que somos “amigas”.  Fue como “a ver espérate, ¿no vivimos en la misma línea del tiempo, verdad? ” Porque me preocupa de veras esta percepción que puede tener la gente, me preocupa que pueda estar yo loca de manicomio, no loca clamufageada nomás. Y me preocupa la ligereza con que usan las palabras. Y me preocupa que de verdad piense que soy su amiga. ¿Y entonces qué carajos significa “amigos”? En mi planeta no significa lo que tengo con esta mona. Porque en mi planeta, a pesar de ser una ostra -antes más mucho más que ahora- he tenido amigos así de toda la vida, que les cuentas todo, que te conocen y viceversa, que te escuchan y los escuchas, que cuando estás con ellos no te sientes solo, o sí, pero acompañado, que puedes confiar en ellos, y que saben tus secretos más sórdidos. En mi planeta eso es ser amigos.

Voy porque me invitan. Y no todas las veces que me invitan voy. Y se me hace mala onda dar excusas todo el tiempo. Y a veces las personas que me invitan sí me quieren y me aprecian y entonces tengo que ir. Pero en general no me gusta asistir a eventos de apertura y presentaciones y la manga del muerto. Y creo que no me gusta porque toda esa dinámica de saludar y ser saludado y “platicar” y blablabla me hace sentir muy sola. Muy sola. Y luego me siento peor porque “pero si te la pasaste bien, y mediomundo te habló y blablabla” pero yo me siento sola. Es como si me hundiera más y más en un torbellino de soledad en medio de la gente. Y si no me hablan, pues también. Y no entiendo nada.  Y no quiero pensar si está bien o está mal. No quiero pensar. Y no quiero sentir tampoco. Quisiera estar y ya. Y poder decir también: “ay, fui a una presentación y me encontré a muchos amigos,  con quienes platiqué y me presentaron a sus otros amigos”. Ay no, mejor no.

Y luego estaba un monito que había visto hace poco en el df. ¿Qué diablos hacía en el pueblo? Y no puedo estarlo confundiendo porque tiene un físico inconfundible, único e irrepetible. Y si es el mismo monito, pues ya no voy a poder escribir a gusto en mi blog. A menos que yo niegue ser yo. Y eso aumentó mi tristeza y confusión. Aunque hay otra opción: que me valga madre.

Y he tomado muchas fotos. Ahora que el centro del pueblo es zona de guerra porque van a poner los cables bajo tierra y no sé qué más,  aproveché que el otro día no estuvo nublado para salir a hacer mi fotoreportajeartísticomegaoriginal de los monitos obrer0s albañiles. Primero, los preparativos: sandalias comodísimas -aunque mis mugres patas, con cualquier zapato, después de 15 minutos me empiezan a doler horrible-, lentísimos para el sol, protector solar del 100 en cara, brazos y manos y aun así terminé insolada, odio odio odio el sol. Cámara, y mucho valor por aquello de que la gente no se me da y qué pena. Arriesgué mi integridad física, emocional, mental y anexas, pero todo sea en nombre del arrrrrte: los monitos se sacaban de onda cuando los fotografiaba, pero en cuanto me daba la vuelta empezaban a chiflarme y decirme guarrada y media; otros posaron para mí, otros me preguntaron que qué onda, otros empezaban a hacer payasadas entre ellos y volvían a decirme guarradas. Pero bien, me gustó (tomar fotos, no que me dijeran de cosas).  Al fin y al cabo me caen bien y resultaron inofensivos, simpáticos y hasta tiernos. De las 8mil fotos, a lo mejor salen unas diez que valgan la pena.

Y en una semana he leído tres libros, una hazaña si tomamos en cuenta que ya no leía habitualmente. Fueron libros “chiquitos”: Momo, Ensayos y Perfiles; y Sin sangre, de Baricco. Éste de Baricco lo terminé en menos de hora y media, está impresionante. Cómo el maldito de B. puede hablar sobre el Mal de la manera más horripilante del mundo, en una parábola, en un no tiempo y no espacio, y de todos modos hacerlo de forma bella y poética.

Pero independientemente de que que haya leído tal o cual libro, lo que me sorprende es que noto que tengo ánimos de leer, de pronto vuelve a ser fácil de nuevo, de esas veces que cuando abres el libro éste te llama, te recibe, te acoge; en vez de ser algo tormentoso, tedioso o deprimente. Quiero aprovechar este mood para retomar mis lecturas -las que debo y las que deseo desde hace tiempo ya, maldita sea- porque pueque me vuelva a dar el bajón de nuevo.

Y he visto películas en mi casa. Prefiero mil veces el cine, pero  al estúpido pueblo no ha llegado ninguna película decente, así que ni modos, hice mi super pedido a mi díler de confianza y me aplasto en mi sala a verlas, con la ventaja de que en la intimidad de mi guarida puedo llorar todo lo que quiera, porque en un cine, pueden matar a la mamá de bambi y yo de una pieza, me aguanto. La loquera de hace años, buenísima por cierto, una vez me preguntó que por qué no lloraba en público. No supe contestarle. Me dio opciones: “¿te da pena, te parece naco, te da miedo, blablabla?” No supe contestarle, y a la fecha sigo sin saberlo, pero es la triste realidad.  En varias ocasiones hasta me ha querido dar el patatús de que me quedo con el llanto atravesado en pecho y garganta, me he sentido remal físicamente por no haberme desahogado, pero de veritas que no puedo hacerlo allá afuera. Cuando salió la película pitera esa con Björk que no-recuerdo-en-este-momento-cómo-se-llama-pero-es-súper-famosa-y-a-todomundo-le-gustó en donde hace a una mona casi ciega que le pasan todas las dizque desgracias del mundo, fui a verla porque todomundo se vino con esa mugre, mi mejor amigo me dijo “no, tienes que verla, y se te va a hacer el corazón pasita” y la manga del muerto. Y me dije, no, pues le voy a dar mi voto de confianza a todomundo, y sobre todo a mi amiguis, y que voy a verla. Error. Primera y última vez que confié en todomundo. Y mi amiguis sabía de cine y de literatura lo que yo sé de física cuántica. Ash ya me acordé: Bailando en la oscuridad se llama la porquería. Cuando la vi estaba enfermísima de la gripa y así y todo salí de mi casa porque no me podía perder la película del siglo. Me puse peor de ver semejante bodrio, sus dizque desgracias nada conmovedoras, predecible, actuación chafa, musicales asquerosos, nonoonono, yo no sé qué carajos le vieron. Y todomundo en el cine llorando así bien violentamente, sonándose los mocos a todo volumen. Lo malo es que yo también estuve con mi escándalo de los mocos, pero por la pinche gripe.

Por cierto, vi Precious y sí está de miedo y sí que sufre la pobre. O sea, si no fuera por su agilidad, su mamá la hubiera asesinado dos que tres veces, con todo y bebé. Y mira que yo leí todo lo disponible de Salgari -los únicos libros que leí en Sepan cuántos… porque eran los únicos que tenían casi todos los de Salgari- de niña y, aunque está muy padre leer sobre piratas y la doncella que se enamora del marinero y los viajes y el mar y las bayaderas y el triufo del bueno y blablabla, en todos sus libros hay guerras y peleas, y sangre y asesinatos y venenos y miedo. Y en sus libros sobre China, innumerables descripciones detalladas de las torturas: los casi mataban de sed y después les daba agua con un embudo hasta que les estallaba el estómago, la gota de agua en la cabeza hasta que se las taladraba, el chile y demas sustancias por boca, nariz y ojos, aparatos de todo tipo para inflingir dolor; bueno, no acabaría de nombrarlas. El caso es que desde pequeña supe de lo que somos capaces, pero neta que vi Precious y ¿qué pedo con su mamá? sí estaba yo con cara de no puedo creerlo. Descubrí que todavía tengo capacidad de asombro.

Y ya me cansé. Luego le continúo.

Momo, de Michael Ende

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Ya terminé de releer Momo.  Lo leí por primera vez por ‘ai de los 10 años y ahora comprobé que me acordaba de bastantes cosas.

Bastantes, porque normalmente no me acuerdo de nada de la trama de novelas o películas. Me quedo con otras cosas, pero la trama se me borra. Hay infinidad de películas que no recuerdo para nada haberlas visto; le digo a Ratita: ¿¡con qué zorra fuiste que yo no iba contigo!? Ratita muere de la risa porque jura y perjura que las vimos juntos. Y yo la vuelvo a ver y nada que me acuerdo ¿estaré mal de la cabeza? Pregunta peligrosa, pasemos de ella.

Momo habla sobre escuchar, a uno mismo y a lo demás. Ash, qué novedad que, según yo, es eso de lo que trata.  A las pruebas me remito: pongo enorme cita de las primeras páginas del libro.

Pero lo que quiero decir realmente es que, releyendo Momo, caí en la cuenta que no sé escuchar. Pero al menos me esfuerzo por intentarlo.

—————–

-Es un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿Quién te ha llamado así?

-Yo -dijo Momo. -Por lo que puedo recordar, siempre he existido.

-Está bien -dijo una mujer-. Pero todavía eres muy pequeña. Alguien ha de cuidar de ti.

-Yo – contestó Momo aliviada.

—–

Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.

Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.

Sabía escuchar de tal  manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.

¡Así sabía escuchar Momo!

Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.

Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.

Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.

En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas.

Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.

————-

Mientras se iba moviendo (Beppo Barrendero), con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

-Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento.  Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

-Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

-Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

-De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

-Eso es importante.

Otra vez se sentó al lado de Momo, callado, y ella vio que estaba pensando y que quería decir algo muy especial. De repente, él la miró a los ojos y le dijo:

-Nos he reconocido.

Pasó mucho rato antes de que continuara con voz baja:

-Eso ocurre, a veces… a mediodía…, cuando todo duerme en el calor… El mundo se vuelve transparente… Como un río, ¿entiendes?… Se puede ver el fondo.

Asintió y calló un rato, para decir en voz más baja:

-Hay allí otros tiempos, allí al fondo.

Volvió a pensar un buen rato, buscando las palabras adecuadas. Pero pareció no encontrarlas, pues de repente dijo con voz totalmente normal:

-Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay allí cinco sillares de otro color. Así, ¿entiendes?

Y con el dedo dibujó una gran T en el suelo. La miró con la cabeza torcida y, de repente, murmuró:

-Las he reconocido, las piedras.

Después de otra interrupción siguió, a empellones:

-Esos eran otros tiempos, cuando se construyó la muralla… Trabajaron muchos en ella… Pero había dos, entre ellos, que colocaron esos sillares… Era una señal, ¿comprendes?… La he reconocido.

Se pasó la mano por los ojos.  Parecía costarle un gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras salían con esfuerzo:

-Tenían otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.

Pero entonces dijo, en tono definitivo y casi colérico:

-Pero nos he reconocido, a ti y a mi. ¡Nos he reconocido!

—————-

Hasta aquí la cita. Es un libro hermoso hermoso hermoso.

Y hay un cuento de hadas adentro. Un cuento que le inventa Gigi a Momo. Un cuento en el que ambos son los protagonistas: el príncipe y la princesa.

Un cuento largo y bello que no voy a citar. Pero baste mencionar que en el cuento se dice lo siguiente:

que la princesa Momo es inmortal.

que la princesa Momo está sola en su castillo, su única compañía son reflejos del mundo, imágenes que le manda un espejo mágico con las que juega.

que la princesa Momo no puede verse en el espejo. Si lo hace, se vuelve mortal.

la princesa Momo, en busca del príncipe, se ve al espejo y entra al mundo.

¿y qué pasa, entonces morirán como todos nosostros?

No, porque cuando dos personas se ven al espejo, juntas, vuelven a ser inmortales.