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Archivo mensual: septiembre 2010

Tengo un tesoro

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Las últimas semanas he tenido revelaciones muy cabronas en el diván.

Muy, pero muy cabronas.

Todavia no sé muy bien qué hacer con ello.

Pero estoy bien. Me siento bien. Todo estará bien, me digo.

Ajá

A veces me gusta pensar que todo encaja, que todo es como debe ser. Justo cuando la mayor revelación, cuando todo se destapó, cuando grité hasta rasparme la garganta, cuando lloré con impotencia, frustración, amargura y confusión; justo cuando pasamos de la guerra fría y la hipocresía a LA VERDAD, fui al desierto.

Fue algo maravilloso, inexplicable, impresionante.

Y puedo decir, con conocimiento de causa, que una sesión de peyote equivale a ocho años de psicoanálisis y más, mucho más.

Nunca había llorado y reído con tanta vida.

Así que todo pasó cuando debía pasar, creo.

Me encontraba en el tono ideal para el desierto y para la ceremonia.

Ahora estoy en duelo. En duelo por una idea, por una sensación; no por una pérdida. No puedes perder lo que nunca has tenido.

Pero me enfrenté con la realidad de estar en el desierto, aquí, adentro.

Fue lo más hermoso del mundo, sentirme sola SOLA SOLA SOLA SOLA SOLA SOLA con el imponente cielo encima y la sombra de la gobernadora en mi cara y nada más, nada más, nada más.

El resto, todo lo demás, es solamente mío.

Tengo un tesoro.

Y tengo muchas otras cajas que esperan ser descubiertas.

A su tiempo.

(te quiero)

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A.R.R., o Yo aquí chocheando, recordando los viejos tiempos

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La tarada esa que se ríe TODO  el tiempo, banalizando el sentido del humor y el sentido de todo, recién anda con un pobre diablo. Yo no lo conozco más que de vista, pero sé que es un pobre diablo porque de otra forma no andaría con ella.

Y el deliruco también lo sabe -porque él sí lo conoce- y también se da cuenta que ella es la tarada, porque me dice: “no, es que hay que saber elegir a la pareja” en medio de una sonrisa adorable de quien sabe que nadie ni nada se opondrá al destino forjado por la estupidez.

Sí, la cosa está en elegir.

Y en medio de la incertidumbre, en medio de nuestro cuasi nulo margen de acción, si hay algo que todavía podemos elegir, es a la pareja. (Y mejor si no elegimos a nadie, digo yo. Pero pus si el llamado de la selva te gana, mínimo elige bien. Hasta para tropezarse hay que saber elegir la piedra, digo yo).

De unos años para acá, conforme el país se ha ido a la mierda y más allá, velo por el recuerdo de mi primer novio. Mi primer novio de mi secundaria patibularia con mis compañeritos patibularios.

Pero patibularios y todo, nada que ver con los tiempos actuales, aunque sospecho que conforme crecieron, y en medio de las circunstancias infernales del país, la mayoría de esos niños sí que deben de estar en la cárcel o de braseros o arrejuntados con diez hijos y así.

Horrible.

Porque resulta que mi sacrosanto padre, con sus complejos de clase, que me inscribe en primaria y secundaria patibularias donde conocí la decadencia y la infeliz infancia de nuestros tiempos y así.

Lo que me asusta, pensándolo bien, es que salí bien librada del paso, nadie me molestó en absoluto, ni siquiera tuve apodo (y  mi personita daba para varios, y ellos no dejaban títere sin cabeza) y los más predelincuentes hasta me divertían con sus payasadas y me doblaban de la risa.

Bueno, pues en medio de semejante belleza, tuve mi primer novio a la fantástica edad de trece años. A lo mejor no era tan pequeña, pero hay que aclarar que no era matada, pero sí aplicadísima, seriesísima (qué raro), tímida, no conocía más allá de la esquina de mi casa, tenía habitación propia y no vivía con mis tíos ni con mis abuelitos (cosa extraordinaria en mi patibularia escuela) y no veía nada pero nada de televisión, horror, y estaba ya tan dañada que no hacía más que leer.

El punto es que mis compañeritos me llevaban años luz de vida, experiencia, malicia y anexas. Y que llega Alfredo, la personificación de todo lo que un padre no quiere para su hijita: guapisíiiiiiiiiiiismo, el más guapo de la secundaria, y también el más desmadroso, el que se iba de pinta saltándose la barda, el suspendido, el que anduvo con todas las niñas que quiso, cuya mamá era parte del mobiliario de tanto que la mandaban llamar.

Pero era guapísimo, repito, y exactamente como me gustan: blanco blanco blanco, de cabello y ojos negrísimos, y encima un sexi lunar junto a la boca. Tenía quince años, y ya caminaba como todo un galán, hablaba como galán, se movía como un galán. Fumaba, haraganeaba, faroleaba. Y lo peor de todo (buenas conciencias, tápense ojos y oídos): ya había tenido relaciones sexuales ¡horrrroooooor! (En esos tiempos sí era horror: a los quince años nadie tenía relaciones todavía; a los dieciséis ya, ja).

Pero el punto es que era el tipo más inteligente del mundo, porque para ser un don juan hay que ser muy inteligente: para conquistar debes saber conocer al Otro, saber por dónde llegarle, cómo seducir (¡por todos los dioses! ¿Hay alguien que todavía sepa qué diablos es seducir?!!!!!!!!!!), cómo hacerse el objeto de deseo.

Para seducir hay que conocerse uno mismo y conocer al Otro. Y ahora ya nadie hace eso ni le interesa siquiera. Y en mi caso no solamente me sedujo sino que además me inició en todo este asunto de la sexualidad y blablabla. No pude tener mejor elección en la vida. No pude tener mejor entrada triunfal al maravilloso mundo de la masculinidad y la feminidad.

Gracias a su pasmosa inteligencia de vida, empecé a descubrirme y a descubrir, a mirar a los ojos a los hombres, a conocer y disfrutar la agonía.

Gracias a Alfredo yo nunca he dicho ni diré “todos los hombres son iguales”.

La poca o mucha autoestima que tengo con relación a los hombres, se la debo a Alfredo.

Gracias a Alfredo puedo distinguir a los pobres diablos a kilómetros de distancia.

Y pues ya. Espero que no esté en ningún reclusorio ni se haya convertido en un gordo asqueroso.

Just let me go, Alejandro

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Como esa sensación, en los sueños, cuando quieres gritar y entonces gritas y la voz no sale de tu boca, nadie te puede escuchar y por más que grites no sale ningún sonido.

Como cuando estás platicando y entonces no falta quien para cualquier tema suelta toneladas de datos históricos: fechas, nombres, lugares, apodos, fechas fechas fechas.

Nunca se  me ha dado eso de memorizar datos y fechas, otra razón para sentirme fuera de lugar en las conversaciones que van por la senda de “la historia son datos” y “ser leído es recitar nombres y fechas de nacimiento y muerte y lugares y fechas de publicación y así” y, faltaba más, recitar poemas o párrafos enteros de la novela preferida, ay qué bonito.

Lo importante no es memorizar fechas y datos, sino intentar comprender lo que ello significa. El contexto, las circunstancias, el Tiempo.

Digo.

Porque a veces hay que salir del desierto para ir al desierto

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Voy a intentar escribir.

Voy a intentar pensar que tengo algo que decir.

Siempre es lo  mismo: finalmente no hay nada que decir. Pero es bonito creer que sí.

Y justo ahora no tengo nada que hacer.

No es cierto: tengo muchísimo que hacer.

Desde hace dos o tres meses, muchísimo que hacer, incluso en domingo. En la semana, salgo en la mañana y no vuelvo a pisar mi casa sino hasta la noche, a veces hasta la madrugada (cosa inaudita en este pueblo, donde todo queda a cinco minutos y puedes comer en tu casa y regresar al trabajo y así). Ya no más tardes enteras de divagar, de leer (ajá), de ver televisión. ¡Maldición, ya no he podido ver televisión, el mundo se va a  acabar!!!!!!!! NO he ido al gimnasio, no tengo tiempo y sí mucha flojerita, me pondré gorda asquerosa desparramada todavía más debilucha. Adiós pantalones ajustados.

(Bueno, pero sí he leído algo, aunque Ratita no me crea. Ahora mismo leí medio libro Brooklyn follies, de Auster. Bueh, eso no es leer, ya sé).

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Hay gente que me despierta el firme propósito de que me caiga bien, porque “son bien buena onda, son buena gente” y son parte de mi nuevo súper círculo mágico cómico musical, pero de veras que con buenas intenciones no basta. No sé si reír o llorar, o alzarme de hombros. ¿Por qué hay gente tan pero tan pendeja?

Por ejemplo, ayer en una reunión con mis amiguitos y mentores, una monita, ya viejona, con unos ojazos hermosos, bien pero bien buena gente, bien pero bien buena onda, sale con sus pendejadas: “no, es que la masa, la masa que no piensa, la masa que se deja manejar, es que qué vamos a hacer nosotros los arrrrtistas que no podemos vivir del arrrrrte, qué vamos a hacer si la masa no quiere pensar, es que nosotros lo que pensamos y ellos los que no piensan. Y con esto del narco, los buenos y los malos (¡síiiiiiiiii! dijo “los buenos y los malos”) y me peleo con los policías en la calle porque quiero que me expliquen quiénes son los malos y …” NO mames no mames no mames, creí quen no podía ser peor, hasta que soltó que “con López Obrador estaríamos mejor, y el mesías, y quién nos va a salvar” y mamadas nunca antes dichas con toda la seriedad del mundo.

Afortunadamente nadie la apoyó, es más, unimos fuerzas para dizque hacerla entrar en razón  (bueno, mejor dicho, que por ahí no iba la cosa, pero quién sabe por donde sí), pero nomás no.

Pobre.

Lo peor de todo es que me hizo extrañar a mis compañeritos del trabajo, por lo menos ellos son pendejos porque son pendejos, y no porque tengan buenas intenciones fallidas.

Y ya me cansé de escribir de ese rollo.

Pero sí es muy buena onda. Pueden platicar muy a gusto con ella, nomás no toquen temas más complejos que una ostra.

No, pero es que qué patético su caso.

Pobre,de verdad. Debería empezar por salvarse a sí misma, que no da pie con bola y dios nos salve de sus impulsos mesiánicos.

El consuelo es que todos los demás en la reunión están haciendo cosas bien chingonas y a su modo están salvando el mundo (en el entendido de que el mundo ya se acabó), sin mayores aspavientos ni gritos ni lloriqueos como los de esta pendeja ni tampoco vanagloriándose ni rasgándose las vestiduras ni haciendo preguntas pendejas.

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En una decisión tomada en dos minutos (como debe ser), me iré por unos días al desierto con los huicholes, en una experiencia antropológica-filosófica-religiosa-espiritual-mágico-cómico-musical, con una nueva amiguis pero nueva nueva que acabo de conocer, y con quien compartiré horas y horas de carretera en mi coche y días sin bañarnos y de medio comer y vivir entre víboras y así.

O sea que todo pinta para un fracaso monumental, no solamente por la todavía desconocida compañía (pero pus todos somos desconocidos siempre, ¿no?) sino porque yo siempre he viajado con las mínimas comodidades y cuando se puede, con las máximas, y soy la única de mi alternativa familia que ODIA acampar y odia vivir en naturaleza, por lo que NUNCA he ido de campamento ni al benévolo bosquecito y ahora me voy al medio de la nada y en compañía, cuando siempre he viajado sola o con Ratita porque pus la convivencia como que  no se me da y nunca he compartido baño con más de dos personas y mejor ya me callo, porque si le sigo me voy a arrepentir.

La amigui ya fue, y me advirtió que de no ir en coche, serían como ocho horas  caminando después de tomar ocho mil camiones y sólo comeremos lo que podamos llevar porque ahí no hay nada,también llevaremos agua, y caminaremos y dormiremos entre serpientes y bichos y así.

Los animales no me importan, lo que sí es que mi cuerpo ha sido un tremendo obstáculo en mi vida, y no veo cómo aguantaré el calor y en la noche el frío y cómo haré del baño y cómo no me bañaré y cómo pasaré hambre y sed y sabe dios qué más.

Pero bueno, de tan mal que pintan las cosas, como que a lo mejor me irá muy bien.

Estoy emocionada.

Creo que sí, sí será algo bueno.

Lo presiento.

Del desierto no pueden salir más que cosas buenas, ¿no?

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(Intentaré dejar uno o dos posts programados)

Este post es la sonrisa de Claudia

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No, yo lo veo de este modo: a pesar de tu soledad forzada, a pesar de que te las tuviste que arreglar, a pesar de que tuviste que ingeniártelas, tu relación con el mundo truncada desde el principio; a pesar de todo eso, tú quieres dar algo bueno a este mundo, a los otros, y además te interesa que ellos lo reciban así, quieres que reciban lo que tú les ofreces, buscas un vínculo pero no sabes cómo. A pesar de todo, buscas al mundo.

Pero no sabes cómo te recibe el mundo, no puedes saberlo, porque tu anfitriona siempre te dijo: “esa no eres tú, eso no eres tú; no es cierto, no te lo creas, no es importante lo que haces ni lo que piensas ni lo que dices, no eres importante, no eres nadie, no eres.”

Lo bueno que ofrecías lo hacía mierda.

Y entonces ya no sabes quién eres.

Y entonces ya no sabes lo que das, ni cómo ni cuándo.

Y entonces tienes miedo. Siempre.

Y entonces piensas que todos son ella.

Y entonces sientes que siempre tienes que demostrar algo. Das por hecho que todos te juzgan, que todos tienen mala impresión de ti, que todos rechazan lo que das. O que eres indiferente para el mundo.

Alguien te dijo un día, con toda la razón: “tuviste mala leche”. Entonces te dolió saberlo, te dio vergüenza que alguien más lo viera (auch, qué horror).

Pero ahora ya no, porque probaste la mala leche, pero no dejaste que te alimentara o, mejor dicho, que te pudriera.

Y entonces sabes por qué has buscado gente sin mala entraña, en donde sea, como sea.

Gente que tenga y conozca sus lados oscuros, mas no que tenga mierda por dentro.

Y entonces comprendes por qué lloras desde las vísceras con la escena final de Magnolia.

La sonrisa de Claudia.

La sonrisa de Claudia cuando te ve.

Y entonces te reconforta comprender, al fin, la naturaleza de tu llanto: no es dolor, es esperanza.

No es pasado, es presente. AQUÍ Y AHORA.

No es oscuridad, sino consuelo.

No es horror, sino belleza.

No es odio, es amor.

No es muerte, es vida.

La sonrisa de Claudia.

Bienvenida

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Me fascinan las cosas viejas, antiguas. En una habitación repleta de muebles viejos y cacharros, me arropa la nostalgia y me siento segura, protegida, rodeada de recuerdos, de vidas pasadas, de historia.

Yo tuve una así:

(¿o no? ¿o la soñé? ¿o siempre he querido una?)

Objetos al azar, comprados en tianguis, regateados (“porque el tianguis de cosas viejas es un lugar que sirve para socializar ¿no?, y una que otra vez para encontrar algo interesante qué comprar”). Imaginarte a quién perteneció, por qué se deshizo de esa mesa, de esa alcancía, de la planilla donde pegabas los distintos tipos de minerales, y ahora adorna la pared de tu estudio, y ahora vengo yo y esa imagen nunca se irá de mi cabeza.

Todo está en contar historias.

Y todo está en escuchar historias. Y tú, en vez de deshecharlas, las recolectas y las regalas.

Pierre Soulages

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Fui a lo de Pierre Soulages tres veces. La primera: qué impresión, por eso regresé. Por qué diablos no ponen asientitos en las salas para aplastarse a contemplar a gusto durante horas, maldición.

En todas estas pinturas de arriba pareciera que detrés de las líneas oscuras hay un foco proyectando luz hacia nosotros. La sensación es impresionante, la atmósfera que provoca.

Empieza a encontrar el negro:

En sus palabras:

“Lo que hago me enseña lo que busco”. 1953

“¿Por qué el negro? La sola respuesta, incluyendo cualquier razón ignorada, tapeada en lo más oscuro de nosotros mismos y que contiene los poderes de la pintura es: porque sí”. 1968

“Amo la autoridad del negro, su severidad, su evidencia, su radicalidad. Su poderosa fuerza de contraste le aporta a todos los colores una presencia intensa y, al iluminar los más oscuros, les confiere una grandeza sombría. El negro tiene posibilidades insospechadas y yo, atento a lo que ignoro, voy a su encuentro.” 2005

“Un día, pintando, el negro había invadido toda la superficie de la tela. En este extremo vi, en cierto modo, la negación del negro. Las diferentes texturas reflejaban tenuemente la luz y de la oscuridad emanaba una claridad, una luz pictórica de cuyo particular poder emocional se originaba mi deseo de pintar. Me gusta que este color violento incite a la interiorización. Mi instrumento ya no es el negro sino esta luz secreta surgida del negro. Aún más intensa en sus efectos al ser emanada de la más grande ausencia de luz. Decidí seguir este camino. Donde siempre descubro nuevos horizontes.” 2005

“Estas pinturas fueron llamadas en un principio negro-luz. Para no limitarlas a un fenómeno óptico inventé la palabra “ultranegro” (outrenoir), una luz transmutada por el negro y, a igual que UltraRhin y Ultramancha, “ultranegro” designa también otro país, otro campo mental además de aquel del simple negro.”

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Alguien que busca, alguien que “descubre” la luz, que descubre el negro, alguien capaz de inventar una palabra porque ha descubierto un nuevo campo mental.

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A veces, soy feliz.