Canal RSS

Archivo mensual: octubre 2010

Sin título

Publicado en

Se acerca la hora. Siempre con el tiempo encima, más bien a destiempo.

Tengo una idea.

Tengo muchas ideas.

No es cierto.

La verdad es que no se me ocurre nada.

O sí, pero cuál es el chiste.

¿Para qué?

¿Por qué es importante tener algo que decir, y decirlo?

Como si importara.

Eso por un lado, vieja historia, el mismo cuento de siempre.

Y por otro lado, me deprime mucho más que Mari me diga: “tú tranquila, tú disfruta”. Que le diga a él: “R. tiene unas imágenes impresionantes con la adaptación que le hizo a su cámara, y (no, de hecho no puedo reproducir lo demás que dijo)”

Sí, se me ocurrieron muchas ideas, ideas que han estado desde hace mucho tiempo pero no sé cómo concretarlas, no sé cómo reinterpretarlas. Y luego el paisaje, deprimente. Siempre he odiado el paisaje. Y luego el desánimo de cada día. Disparo y disparo. (Por cierto, eso me recuerda que ahora mismo debería estár en el laboratorio… no, no no). Acabo. El pseudodesierto a cinco minutos de la ciudad.

Y entonces él viene y me habla. Miedo.

No entiendo, de verdad, cómo alguien que este año está sacando fotos en el Sahara, fotos impresionantes que cuando las vi me dije “esto es digital, obviamente”, pues no, no señor, son fotos análogas, increíble pero cierto, fotos análogas; que ha estado en los confines de arriba y de abajo, que lleva tres días abrumándonos con sus ensayos, que está en su elemento paisajeril; no entiendo, como decía, que se acerque y me pregunte mi nombre, dónde vivo, si tengo hermanos, qué hago, dónde y qué estudio (no, le digo, en tiempo pasado ya), qué hago, qué me gusta, dónde trabajo, qué hacen mis papás, mi edad, mis amigos, a qué hora esto, a qué hora lo otro, bueno, el interrogatorio más exhaustivo al que me han sometido.

No lo entiendo, y me asusta. Es decir, sí lo entiendo, y me asusta.

Esta noche, en sueños, creo que me vino la imagen. Pero tengo miedo, como siempre.  El desánimo prevalece.

Es que me deprime este… no sé exactamente, son muchas cosas: que no tenga nada que decir, que sí pero para qué, que me engaño, que el mundo y la gente realmente no me interesan, y entonces ya todo se jode, ya todo es una mentira, esto y yo y tú, y todo todo. Porque fue un golpe en la cara su interés genuino por el mundo, por mí, por la gente, su curiosidad, su sencillez, su amabilidad. No sé hacia dónde va, digo, pero el punto es que se interesa y se acerca y pregunta y te ve a los ojos y… cosas que yo nunca hago, la verdad.

Y me siento mal.

Y es que, desde el primer minuto, los demás están: “maestro esto, maestro lotro” y lo acosan y se acercan y le hablan y le hablan ¿de qué le hablan? me devano los sesos, que me pasen tantito arrojo y tantito verbo. Está Santoyo, que le habla y se luce y quiere dejar claro que él también es ya un fotógrafo, que hablan el mismo idioma, que le quede claro. Y está la fulanita esa, que también quiere dejar claro que es fotógrafa y nos mira por debajo del hombro, y está… deja ya de criticar como siempre -tranquila, que si a ellos los critico a mí me critico el doble y el triple y el cuádruple-.

Pues sí, y ayer ahí los tienes, otra vez, hablándole, rondándolo, no sé cómo pueden tener lo que deba de tenerse para hacer eso sin descanso. Y él condescendiente, sí, ajá. Porque le hablan de ellos, por todos los dioses, le hablan y le hablan (es que nunca dejará de sorprenderme esa capacidad que tiene la gente para hablar y hablar y hablar) de ellos y por qué habría de interesarle, ¿por qué? ¿Y por qué no se dan cuenta? Y a los cinco minutos oigo que él dice por fin “pero te estoy quitando el tiempo, anda a sacar tus fotos”. Gulp. Pero llega el siguiente, y después el siguiente, y así. Por eso yo quitada de la pena, termino y me voy a contemplar el pseudo paisaje, y entonces él viene y me habla y me pregunta. HOrrible. Pero por mucho tiempo, que se acercó cuando el sol todavía estaba en pleno y fue oscureciendo y se hizo de noche y ahí seguía. Hasta que logré, horas después (la exagerada), hacerle la clásica y estratégica pregunta pendeja mamila sobre el arte contemporáneo y habló y hablo y habló y yo respiré un milímetro aliviada y me limité a lo único que sé (según): escuchar y mover la cabeza pendejamente “sí” “no” con la infaltable sonrisa lela de “te estoy siguiendo perfectamente”.

Ya con el sol muriendo que empiezana regresar los demás y entonces mi alivio creció dos milímetros, se arrremlinan alrededor y pienso “por fin” ya no estoy sola, pero él sigue y sigue con todo un discurso (osh, por qué no se me ocurrió oootra pregunta, maldición) dirigido sólo a  mí porque no ve a nadie más y me dice “¿ves” ¿ajá?” y “por que si tú” y me señala y se mueve y está pero bien inspirado y mis complejos y angustias vuelven a multiplicarse porque entonces los otros no saben qué hacer porque están en circulito a su alrededor pero no los pela ni los ve ni los nota, pero yo sí los noto y veo que ya no lo ven a él, sino que voltean a verme a mí, quince monitos volteándome a ver a momentitos y entonces pienso “no, yo nunca me intereso por nadie así, y aunque lo haga, no lo hago, y entonces no tengo nada qué decir, y si tengo algo que decir, no me interesa decirlo, y entonces qué hago aquí, mejor pido disculpas  y me largo.

Definitivamente confirmo que no sé lo que quiero. Ni siquiera sirvo para fingir.

Y me dijo “quiero ver tus fotos”. Seguro hoy ya no fui al laboratorio. No he cometido errores en el revelado ni en la impresión. Pero seguro, cuando vaya al laboratorio, arruinaré o el negativo o las impresiones o algo. Seguro.

Y no quiero que vea mis fotos ni el ensayo mamila que hice Kant-Marías-Bolaño-percepción-epistemología-escuchar-mal-desierto. Hazme el maldito favor. Supongo que para la ffyl está para aplausos de foca, pero para el mundo rial esos ensayos son de pena ajena.

Me dan una envidia espantosa los otros monitos que desde el primer minuto van y le ponen sus portafolios en la jeta (o sea, con qué cara vas y le enseñas tu “obra ” a alguien así, a mí más bien me hierve la cara de vergüenza) y él “no, yo no vine a ver portafolios” y los otros “no, nada más ésta” y le enjaretan la carpeta.

En fin, crónica de otro intento truncado.

Domingo en la noche

Publicado en

Aunque durante un tiempo miré televisión como poseída (últimamente ya no puedo verla como quisiera) tal parece que no sintonizaba los programas que “debí”: nunca sé de qué hablan los demás, nunca coincidimos en personajes, gustos, chistes, etc. Por más que trato de insertarme en el mundo, nomás no se me da, dolor inmenso. Y entonces, mi capacidad de asombro ahí sigue, aunque me esfuerce por hacerme la indiferente, la apática.

Entonces, un domingo cual más aburrido, un domingo que decido permanecer en casa para hacer algún pendiente de provecho, termino prendiendo la tele. En NatGeo pasan  Drogas: negocio redondo, y hoy el programa va de la heroína. Horror. Ya saben, con las clásicas y obvias imágenes de las venas hinchadas y sangrantes siendo inyectadas una y otra vez, los síntomas de abstinencia, jeringas y más jeringas y blablabla. Oigan, no, sí, qué miedo. Si he de hacerme drogadicta, que no sea de heroína, no, por favor.

Y cuando la morbosidad está a todo lo que da, en el canal de junto, en el mismo horario, está la maravilla de Princesitas . Nunca en la vida había visto algo así, y tampoco había imaginado, ni en las más espantosas pesadillas, la existencia de algo tan espantoso. O sea ¿en qué cabeza cabe? Ya lo sabíamos, pero ¿acaso ya no hay moral, por el amor de dios?

Sin lugar a dudas, entre las drogas y entre Princesitas, éste último es el programa más espeluznante, perverso, horroroso y anexas que pueda existir en la historia mundial. Y bueno, no es el programa en sí, sino la existencia de esas madres y esos concursos y toda esa barbaridad.

Prefiero, mil veces, ver y pensar a cientos de pobres diablos inyectándose heroína, en vez de ver a niñas de 0 a 12 años concursando para reinas de belleza. Son las dos caras de la misma perversidad, pero la de los concursos es la cara más sordida y espantosa, a mi parecer. “Por eso estamos como estamos”

Para variar, seguro he sido la última en enterarme de ese programa y de esos concursos.

Ash.

Pero, a pesar de todo, seguiré resguardando mi capacidad de asombro. He dicho.

Sobre el camino y las sendas y los atajos

Publicado en

Transversales 2010, una de las tres cosas buenas que pasan en el pueblo.

El teatro cada vez me gusta más, hasta ahí llega mi talento reseñador (cómo me gustaría usar frases tipo “instrumento expresivo sin residuos”, “construcciones ascéticas”, “etiología de la estética literaria”, “estética carente de belleza” (¡wtf!), “narrativa desestabilizadora”, “sinestesia del espacio semántico” y anexas, citando por supuesto lo mismo a Wittgenstein que a Blanchot que a Berman que a Cercas que a Winslow y demás).

Pinches reseñas literarias y trabajos académicos (que me tengo que recetar a fuerza, maldición), son las lecturas más deprimentes del mundo mundial, es como el perro dando vueltas sobre sí mismo tratando de alcanzarse su rabo, pero el chiste es a ver quién da las vueltas con mayor rimbombancia y mamonería. Y eso cuando son mamonas, que no cuando sueltan una ingenuidad y pendejez cuya premisa incuestionable es “porque leer es bien bonito y nos hace mejores seres humanos y qué desgracia que nadie lee (los libros  que a mí me parecen buenos), y blablablá y yo soy un chingón leyendo y mi opinión en cuestiones literarias tiene importancia y la crítica literaria claro que es un género literario, y si me preguntas, mejor que la escritura de ficción”.

Próximamente, mi sección de reseñas academicistas literarias y teatrales.

La consagración de la primavera: todos actuamos, siguiendo órdenes a través de unos audífonos. Resultado: una coreografía hermosa, en silencio, un rito, un asesinato, una ofrenda a los dioses. “Corres hacia el bosque. Levanta los brazos. Tienes una hacha en las manos. Das un golpe. Retrocedes tres pasos. Volteas. Corres. Regresas a la pradera”.

Mi vida antes de mí. Lección de historia en viva voz, con videos, fotos, ropas, recuerdos, gritos, lágrimas. ¿Son casos verídicos, les pasó a los actores? me preguntó la amiga con la que fui. No, y sí.

Películas. Diario de una poseída. “La literatura no hace más que envenenar el alma”, dice el psicoanalista cocainómano. Hasta el fin del mundo. Inception, puaf. Chloe, de Atom Egoyan, gran película, con mi novia Julianne Moore. Llegamos a la sala cuando ya había empezado, gracias a la eficiencia de los monitos del cine que se tardan años en hacer el café y el chai. Empieza con un monólogo, alcancé a escuchar, antes de sentarme, una parte que dice “sé la importancia (o el poder de las palabras)…blablabla”. Engaño, pasión, traición, blablabla. ¿No sucedió, sí sucedió, qué sucedió, importa? El profeta.

Recuento de películas que he visto en tres meses: imposible, ya me dio flojera.

Fui dos veces casi tres a lo de Pierre Soulages. Silencio.

La sorpresa: la película mexicana Daniel y Ana. No sé si estaba en mis días sensibles o qué, pero dos mese después sigo afirmando que vi las escenas más crudas del mundo mundial, sobre todo porque me parece que dichas escenas son la representación de la atmósfera opresiva y trágica de la historia, de la tensión psicológica, son apenas el iceberg del drama interno que viven los personajes. Sin final feliz.

Es que eso de que una obra o una situación en general te muestre  veladamente, te señale algo en vez de que te lo describa o te lo obvie, siempre me ha impactado más. Sobre todo porque tratándose de nosotros mismos, y siempre se trata de nosotros mismos, somos los primeros en no tener claro qué es lo que está pasando, ¿cómo lo vamos a expresar asertiva, clara y obviamente, sin recovecos, sin rodeos, sin apariencias?