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Archivo mensual: marzo 2011

Bitácora

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Desde hace pocos años, espero con ansia estas fechas, por el Festival de la ciudad de México y Radar (ahora Aural). Ahora que estoy en el pueblo, procuro ir a lo más que pueda, según se ajusten mis horarios de trabajo y la disponibilidad para trasladarme.

Hay varios espectáculos que me han impactado: Don Giovanni, hace dos años (¿o fue el pasado?) estuvo impresionante, me gustó mucho. También La música de las estrellas, en el espacio escultórico, fue casi mágico-cómico-místico.

De este año, me han gustado varios a los que he ido (y espero poder ir a más!), el concierto de Zoe Keating me encantó, muy tierno, igual que ella, apacible, arrullador,, bonito.

Y También Rusalka, la puesta en escena está muy bien, la escenografía fue lo que más me impresionó. La historia, basada en La sirenita de Andersen, es todo un culebrón, el final está horrible, nada de finales felices, está muy trágico. Todo un espectáculo. (Además, Rusalka ha sido el único espectáculo que ha empezado puntual puntual, no como los otros que se retrasan como media hora en promedio, que no mamen).

La ópera se me figura un viaje en el tiempo delicioso y rotundo, no solo por las historias en sí, no solo por el espectáculo, sino que como espectadores te exige otro campo mental, otro ritmo, otra visión de mundo, otro mood. Es como que estamos tan acostumbrados a lo inmediato, vertiginoso, a las películas rápidas, con efectos visuales y sonoros que te hacen saltar de la silla, soltar el grito. Y entonces te sientas a ver la ópera, y no mames, así como así viajas dos o tres siglos atrás: otro ritmo de escucha, otra ingenuidad, diálogos lentísimos y que se repiten una dos tres cuatro cinco veces, para que entiendas y comprendas y sientas y te dé la catarsis; no como en las telenovelas que ya no son lo de hace diez años. Ahora, según estudios profundísimos, los productores y directores de escenas telenoveleras saben que cada escena no debe durar más de 20 segundos, pas deben pasar a otra, pas a otra, pas a otra, porque si no la atención del público cae.

Y entonces en la ópera no, todo lentito, profundo, intenso, y cuando tú te dejas, ya estás en la inocencia de nuevo y como todo buen inocente, ya estás captando todo, ya estás sintiendo todo, ya estás lidiando con el destino, ya tu corazoncito late y ya sales renovado y feliz. Bueno, no.

Sola sola sola:

“Toma cuanto tengo y hazme humana”

¡Ni vivir ni morir!

Aquí el príncipe prefiere a la pasión en vez de a la frígida de Rusalka:

Aquí está repudiada por todos y por todo:

Aquí ya no me acuerdo por qué vuelve a aparecer la Hechicera:

Y acaba todo triste el asunto, como la vida misma, sí señor.

Rectificando

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Últimamente ha habido un caos en mi lista de prioridades, y lo peor es que no tengo idea de cómo reordenarlas.

Tampoco tengo ganas.

Y es que ya lo sé: tengo que volver a mi prioridad de siempre: YO.

Tengo que reconocer que fue un error pretender que había otras prioridades que no fueran YO.

Y tengo que reconocer que debo fijarme menos en lo malo, pero es que me frustra tanto, la empatía me gana y no puedo evitar preguntarme por qué son así, cómo pueden vivir así y todo lo demás. No puedo evitar dejar de pensar en MÍ y fijarme en lo demás.

Pero puede que el error no sea el “fijarme en lo demás”, sino en qué es “lo demás” para mí. Si antes era selectiva, ahora debo serlo todavía más. Fijarme “en lo demás” que no me frustre, fijarme en él que sí me reconoce y en ella que también y en él y en él y en ella y en ella.

Y siempre en mí, me cago en la leche.

(Si yo era tan feliz, carajo)

 

La nada y las haciendas

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Últimamente no puedo enfrentarme con éxito a la página en blanco de mi blog, como podrá verse. Y sigo igual, así que recurro al recurso barato de publicar fotos equis.

He aquí algunas cosas que he hecho. He ido a algunas haciendas a poca distancia del pueblo dizque a sacar fotos. Sumamente deprimente, en primera porque a mí los pueblos terrosos no me gustan ni para pasear ni para sacar fotos ni para nada, y en segunda porque no hay nada más horrible que encontrarte en medio de la nada, entre paisaje desértico y miserable, con algo así:

Y que presencies en vivo y en directo la esclavitud a todo lo que da. Decenas de empleados entrenados como perros impidiéndote la entrada “porque déjeme decirle al dueño, que viene a pasar el fin de semana”, todos cabizbajos. Viene el dueño, va de salida, y desde el coche nos da permiso y deja instrucciones a sus esclavos: “Llévalos al patio, y a las caballerizas y a la piscina y al acueducto; y haz esto, y haz aquello” todo sin mirar a sus esclavos, todo como si le estuviera hablando a una rata asquerosa en vez de  a una persona. Y el otro nos escolta con una lealtad a su dueño que ni el perro más entrenado.

Caballerizas:

Un ganso me atacó por sacarle fotos, de hecho tuve que correr:

Para entonces ya mi resentimiento social estaba a todo lo que da. ¡Yo quiero una hacienda para mis fines de semana!! Bueno no, la verdad una hacienda en medio de la nada como que no.  Moriría de la aburrición y no me gusta tener esclavos. Pero sí quiero tener mucho mucho dinero para vivir en una ciudad fregona del mundo, y dedicarme a pensar en la inmortalidad del cangrejo. Prefiero mil veces vivir en un cuarto de azotea en N.Y. que en una hacienda en  medio de la nada.

Fulanito mejor intentó suicidarse:

Los pollitos también prefieren morirse:

Luego fuimos a un mercado deprimente:

Barbacoa de pollo:

Fotos antiguas:

Y ya.

 

Así es

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¿Qué aprendí el día de hoy?

Que mi vida puede ser perfecta, puedo reconocerlo, pero yo sigo con mi cara huelecacas como siempre.

Formidable.

Y ahora que lo pienso, me puse de pechito. El idiota pudo haberme dicho (no lo dijo y sé que no lo pensó, pero pudo haberlo dicho):

no, si no tienes ningún problema y traes esa jeta, no quiero ni pensar cómo lucirás el día que tengas problemas…

Osh.

Pues sí, y yo pude haberle contestado que desde que los conozco, he puesto mi vida en perspectiva y puedo sentirme la persona más afortunada del mundo. Puedo valorar lo que tengo y ellos no, que es todo.

Sí, puedo sentirme afortunada y feliz.

Pero no. Nunca me sentiré afortunada. NO importa el qué ni el cómo ni el cuándo.

No tengo ningún problema y de todos modos me siento de la chingada.

De los cerdos con moños (maldito julebéc, no me acaba de convencer, pero su frase de los cerdos con moños definitivamente es contundente)

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Siempre que te leo me dan unas ganas bárbaras de escribir , pero bárbaras en serio, tan en serio que me rebasan y ya no escribo nada. Eres el culpable del declive de este blog, de por sí tan barato desde el principio.

El principio.

En principio todo es lo mismo, y por eso importa, por eso debe importarte. Por favor, que te importe; por favor, que te importe.

Porque llega un momento en que empeñarte en que no importe lo que no importa, es infinitamente más desgastante que hacer que te importe, que fingir que te importe.

Mis ejemplos de que todo está mal, y no puede tener remedio:

– Que yo siga pensando en términos de “bien” y “mal”, a pesar de todo. Como si no lo supiera.

-Que yo siga pensando en términos de “correcto” e “incorrecto”, como si no lo supiera.

-Que me siga deprimiendo que todo esté como está, como debe estar; como si fuera el gran descubrimiento.

– Que, entonces, en el fondo, tengo esperanza. Que, entonces, me rasgo las vestiduras, como si hubiera algo por qué rasgarse las vestiduras.

Entonces, tenemos a la elefante (¡vaya, hacía tanto tiempo!) que a fuerza de comer lechuga, tomar sabe dios qué potajes del mal, y según ella, hacer ejercicio (¿se imaginan a una elefante corriendo grácilmente, pum pum pum pum pum en cámara lenta con sus carnes cobrando vida propia esparciéndose en todas direcciones? Yo sí) bajó…dos kilos. Bueno, regalémosle otro. Nonono, estoy de buenas el día de hoy, digamos entonces que bajó ¡cinco kilos!!!!

Ok, para tu tren. Estamos de acuerdo en que si un elefante baja cinco kilos no podemos festejar nada porque no se nota ni madres y no se nota ni madres porque le siguen sobrando unos veinte kilos mínimo.

Pero ella no está de acuerdo con nosotros. Ella se embarra unos jeans, se embarra unas blusas de licra para que apreciemos sus bamboleantes lonjas en todo su esplendor y estrena corte de pelo y diademitas con lo que se ve cuerpo de elefante-cabeza de párvula=ridiculez al cubo y recontracubo.

Sin embargo, hasta aquí todo bien, yo pensaba: mira qué bien, deberías aprender, eso es autoestima y no mamadas, eso es apreciar la esencia y no las apariencias (es que vi el video de Los Aterciopelados en la mañana), qué bonito ejemplo de una gorda-sana (a mí no me digan nada, ¿qué no ven que estar “sano” es lo de hoy?), mira cómo es cierto que hay gordos que hacen ejercicio por salud y no se trauman por no estar delgados, ha de aceptar a sus genes gordos, ha de estar satisfecha con su grasosa agilidad, ha de aceptar que en este mundo hay distintas complexiones, qué bonito, qué bonito.

Hasta que por azares del destino me toca estar con ella unos días, y que todo el tiempo se la pasa diciendo: –No, es que ahora que soy delgada; no, es que a los delgados nos queda todo; no, es que estando delgado uno siempre se ve bien; no, es que…

¡Por favor alguien despiérteme de esta pesadilla!!! ¡alguien sáqueme de este mundo paralelo!!!

De verdad, no tengo nada en contra de la gordura elefantiástica. Estoy en contra de no tener un suelo firme debajo, me da pánico mi propia locura pero me da más pánico la de los demás. Porque si los demás están más locos que uno, ¿¡qué nos queda?!!!!!!!

O sea, ¿en qué pinche planeta la elefante se ve a sí misma delgada y realizada???? ¿En qué pinche planeta, cuando además en todos lados te bombardean con EL canon de la delgadez y no mamadas?

O sea, falta de referentes no tiene, que no mame!!!!! O sea, dos ojos sí que tiene, que no mame!

¿No ven que es síntoma de algo terrible? (Porque ejemplos así sobran y nos invaden). ¿No ven que es un problema de percepción de la realidad? ¿Cómo podemos hablar de nada, si sus referentes más básicos y obvios están todos torcidos? ¿Dónde está el fundamento de la epistemología, si el consenso fenomenológico nomás no existe? ¿Cómo puedo decirle a alguien: mira qué sol tan bonito, si ese alguien a lo mejor está viendo una luna espantosa? Y no me vengan con mamadas de que eso es la poesía, si lo de hoy es la ciencia y sus certezas.

Bueno, por eso ya no hablo con nadie. El lenguaje ya no es lo que solía ser.

Y por eso yo me realizo caminando enfrente de la elefante y sus congéneres, hambreadas de tanta lechuga; disfrutando sobremanera sus miradas desesperadas y babeantes a mi heladote de tres bolas, delicioso.

Mmmmh.