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De la ilusión de ser gitana

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Tengo que seguir siendo gitana y no ponerme en el blanco. De todos modos me va a matar. De todos modos me está matando.

Pero que sienta que no me doy cuenta, que no sé que ya estoy en el blanco. Para que él tampoco se dé cuenta cuando me clave el cuchillo. Para que no le dé miedo. Para que siga conmigo.

La inspiración, aquí.

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El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

Roberto Bolaño

Miscelánea

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Me siento muy pero muy cansada. Susely está enferma por enésima vez (si no es ella soy yo) y por lo tanto no he ido al gimnasio (si no va ella no voy yo, osh, necesito que me arreen para levantarme en la madrugada, si no, no) y por lo tanto ando con la pila hasta abajo muerta de sueño todo el día.

Aquí lo único que pude ver de las ofrendas en el zócalo el año pasado. Era un mar de gente horrible, por poco me da el ataque de pánico. Salí inmediatamente antes de que muriera aplastada.

Además, me están dando masajes en todo mi cuerpecillo, me mancillan durante dos horas dos, lo que me deja más somnolienta y despistada que nada. Eso de que te bajen el estrés de la espalda es algo inusitado e inhumano. Necesito mis nudos y contracturas de regreso.

Me encantan mis zapatitos. Es el de la derecha, claro.

Tengo que estar cambiando intermitentemente de fonda a la hora de comer. ¿Por qué no puede uno ir a comer y ya? Comes y te vas. Pero no. Por ejemplo, en la fonda donde he ido últimamente, el monito que atiende: “¿qué pasó, señorita? ¿No le gusta la lechuga, verdad? Nada más comió una tortilla. ¿Ya a la escuela? ¿Nada más estudia entre semana o también los fines? Porque no trabaja, ¿verdad? ¿En qué canal quiere que ponga la tele? ud. dígame…” Una tortura que mis jetas antipáticas o mi interacción con el celular nomás no logran aminalar. Ya estaba yo resignándome a volver a buscar un nuevo lugar, pero hoy que fui según yo por última vez, después de pagar que me dice “espéreme, señorita” y que corre y que regresa con una mandarina en mano “tenga, están muy dulces, se la regalo”. Todavía tengo sentimientos, y las mandarinas dulces me gustan mucho, por el momento seguiré comiendo allí.

Quiero un bar así en mi casa.

El libro Déjame entrar está muy bueno. Esa sí es una historia de vampiros y no mamadas. Con la violencia de trasfondo, esa violencia tan bonita y sórdida que se da en los países primermundistas con climas acogedores como Suecia, Noruega, Dinamarca: violaciones, esclavitud sexual, trata de blancas y de menores, hostigamiento escolar, discriminación, racismo, violencia intrafamiliar y anexas. Y me enteré de algo que de veras no sabía ni me imaginaba: a los niños que prostituyen, sus dueños les mandan sacar la dentadura. Les mandan sacar todos los dientes, para que puedan hacer mejores mamadas. Y que la biblioteca pública de ¿Suecia? (es que ya no acuerdo si es Suecia o Dinamarca) es donde hay más niños prostitutos: vas, entras, y en los baños contratas servicios sexuales.

Y acabo de ver la película versión gringa, y no está nada mal. Pero nada como el libro, claro.

Souvenir

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Muchos judíos sobrevivientes de los campos de concentración termninaron suicidándose. Wiesel ponía que lo peor de todo no era lo vivido, sino que nadie más podía comprender lo que habían sufrido. Que por más que lo contaran, nadie podía siquiera imaginarse lo pasado, dejándolos en una horrible soledad, retorciéndose en su dolor. Que eso es lo que más les jodía y entonces se suicidaban.

Porque a veces, escuchar no basta. POrque a veces, contar no basta.

De todos modos, te regalo estas imágenes, de Jorge Semprún:

“La historia de los niños judíos, de su muerte en la gran avenida del campo, en el corazón del último invierno de aquella guerra, esta historia jamás contada, hundida como un tesoro mortal en el fondo de mi memoria, royéndola con un sufrimiento estéril, tal vez ha llegado ya el momento de contarla, con esa esperanza de la que estoy hablando. Quizás haya sido por orgullo que nunca he contado a nadie la historia de los niños judíos, llegados de Polonia, en el frío del invierno más frío de aquella guerra, llegados para morir en la amplia avenida que conducía a la entrada del campo, bajo la mirada tétrica de la águilas hitlerianas. Tal vez por orgullo, como si esta historia no incumbiera a todos, y sobre todo a esos adolescentes que hoy tienen dieciséis años, como si yo tuviera el derecho, incluso la posibilidad, de guardármela para mí durante más tiempo. Es verdad que yo había decidido olvidar. Está bien, ya lo había olvidado, ya había olvidado todo, a partir de ahora ya puedo recordarlo todo. Es decir, que ahora, tras estos largos años de olvido voluntario, no sólo puedo ya contar esta historia, sino que debo contarla. Debo hablar en nombre de lo que sucedió, no en mi nombre personal. La historia de su muerte (…) en nombre de esta misma muerte.

Los niños judíos no llegaron a medianoche, como nosotros, llegaron bajo la luz gris de la tarde.

Era el último invierno de aquella guerra, el invierno más frío de esta guerra cuya suerte se decidió en medio del frío y de la nieve. Los alemanes habían sido expulsados de sus posiciones por una gran ofensiva soviética que se desplegaba a través de Polonia, y evacuaban, cuando tenían tiempo,, a los deportados que habían reunido en los campos de Polonia. Nosotros, cerca de Weimar, en el bosque de hayas por encima de Weimar, veíamos llegar, durante días y semanas, aquellos convoyes de evacuados. Los judíos de Polonia llegaban apiñados en vagones de mercancías, cerca de doscientos por vagón, y habían viajado durante días y días sin comer ni beber, en el frío de este invierno que fue el más frío de aquella guerra. En la estación del campo, cuando se abrían las puertas correderas, nada se movía, la mayoría de los judíos había muerto de pie, muertos de frío, muertos de hambre, y era preciso descargar los vagones como si hubiesen transportado leña, por ejemplo, y los cadáveres caían, rígidos, en el andén de la estación, donde los apilaban para llevarlos después por camiones enteros directamente al crematorio. Pese a todo, había supervivientes, había judíos todavía vivos, moribundos en medio de aquel amontonamiento de cadáveres congelados, pegados a menudo unos a otros por sus ropas rígidas y heladas, se descubrió a un grupo entero de niños judíos. De repente, en el andén de la estación, sobre la nieve y entre los árboles cubiertos de nieve, apareció  un grupo de niños judíos, unos quince más o menos, mirando a su alrededor con cara asombrada, mirando los cadáveres apilados como troncos de árboles ya podados y amontonados al borde de las carreteras, esperando ser transportados a otro lugar, mirando los árboles y la nieve sobre los árboles, mirando como sólo miran los niños. Y los de las SS al principio parecían molestos, como si no supieran qué hacer con aquellos niños de ocho a doce años, porco más o menos, aunque algunos, por su extrema delgadez  y la expresión de su mirada, parecieran ancianos. Se hubiera dicho que, en primer lugar, los de las SS no supieron qué hacer con estos niños y los reunieron en un rincón, tal vez para tener tiempo de pedir instrucciones, mientras escoltaban por la gran avenida las escasas decenas de adultos supervivientes de aquel convoy.  Y una parte de aquellos supervivientes todavía tendrá tiempo para morir, antes de llegar a la puerta de entrada del campo, pues recuerdo que se veía a algunos de estos supervivientes derrumbarse en el camino, como si su vida latente en medio del amontonamiento de los cadáveres helados de los vagones se apagara de repente, algnos caían de repente muy rectos, como árboles fulminados, de bruces sobre la nieve sucia y en ocasiones fangosa de la avenida, en medio de la nieve inmaculada sobra las altas hayas estremecidas, otros cayendo de rodillas primero, haciendo esfuerzos para levantarse, para arrastrarse todavía unos metros más, quedando finalmente tendidos, con los brazos estirados hacia adelante, con las manos descarnadas arañando la nieve, se hubiera dicho  como en una última tentativa  de arrastrarse unos centímetros más hacia aquella puerta de allá abajo, como si aquella puerta estuviera al final de la nieve y del invierno y de la muerte. Pero al final, sólo quedó en el andén de la estación esta quincena de niños judíos. Las SS regresaron en tromba, entonces, como si hubieran recibido instrucciones precisas, o tal vez les hubieran dado carta blanca, quizá ya les habían permitido improvisar la manera en que iban a matar a aquellos niños. De todas formas volvieron en tromba, con perros, se reían estrepitosamente, se gritaban bromas que les hacían estallar en carcajadas. Se desplegaron en arco de círculo y empujaron ante ellos, por la gran avenida, a aquellos quince niños judíos. Lo recuerdo, los chavales miraban a a su alrededor, miraban a los de las SS, debian de creer al principio que les escoltaban sencillamente hacia el campo, como habían visto hacer con sus mayores unos  momentos antes. Pero los de las SS soltaron los perros y empezaron a golpear con las porras a los niños, para obligarles a correr, para hacer arrancar esta montería por la gran avenida, esta caza que habían inventado, o que les habían ordenado organizar, y los niños judíos, bajo los porrazos, maltratados por los perros, sin ladrar ni gruñir, pues eran perros amaestrados, los niños judíos echaron a correr por la gran avenida hacia la puerta del campo. Quizás, en aquel momento, no comprendieran todavía lo que les esperaba, quizá pensaran que se trataba solamente de una última vejación, antes de dejarles entrar al campo. Y los niños corrían, con sus enormes gorras de larga visera hundidas hasta las orejas, y sus piernas se movían de manera torpe, a la vez lente y sincopada, como cuando en el cine se proyectan viejas películas mudas, o como en las pesadillas en las que se corre con todas las fuerzas sin llegar a avanzar un solo paso, y lo que nos persigue está a punto de alcanzarnos, nos alcanza ya, y nos despertamos en medio de sudores fríos, y aquello, aquella jauría de perros y de miembros de las SS que corría detrás de los niños judíos bien pronto devoró a los más débiles de entre ellos,, a los que sólo tenían ocho años, quizás, a los que pronto perdieron las fuerzas para moverse, y que eran derribados, pisoteados, apaleados por el suelo, y que quedaban tendidos a los largo de la avenida, jalonando con sus cuerpos flacos, dislocados, la progresión de aquella montería, de esta jauría que se arrojaba sobre ellos. Pronto no quedaron más que dos, uno mayor y otro pequeño, que habían perdido sus gorras en la carrera desesperada, y cuyos ojos brillaban como reflejos de hielo en sus rostros grises, y el más pequeño comenzaba ya a perder terreno, los de las SS aullaban detrás de ellos, y los perros también comenzaron a aullar, pues el olor a sangre les volvía locos, y entonces el mayor de los niños aminoró la marcha para coger de la mano al más pequeño, que ya iba tropezando, y recorrieron junto unos cuantos metros más, la mano derecha del mayor apretando la mano izquierda del pequeño, rectos, hasta que los porrazos les derribaron juntos, con la cara sobre la tierra y las manos unidas ya para siempre. Los de las SS reunieron a los perros, que gruñían,  y rehicieron el camino al revés, disparando a bocajarro una bala en la cabeza de cada uno de los niños, caídos en la gran avenida, bajo la mirada vacía de las águilas hitlerianas.”

Jorge Semprún, El largo viaje, Tusquets, pp. 166-169

¡Wait!

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Si los centros comerciales son la personificación de la decadencia, la tristeza infinita y la desolación sin par, la zona de comida que tienen me provoca una depresión inmensa y cada vez que paso por ahí el alma se me hace más chiquita. No entiendo cómo a la gente puede gustarle tragar ahí, y eso sin mencionar la porquería de cosas que venden: pizzas, chafas, hamburguesas piteras, tacos chafas, tortas chafas, sushi chafa y así al infinito.

Tengo una lista interminable de cosas para las que no sirvo. Una de ellas, de la que me acabo de dar cuenta, es:

No sirvo para hacer el amor.

Ni falta que me hace, la verdad.

Por cierto, amo a mi maestro de fotografía. Iba a poner una foto suya para que vieran qué vejete tan adorable es, pero resulta que es famoso (según) y no lo vayan a reconocer. Su estudio es adorable, está en una casa vieja llena atascada de muebles y cosas antiquísimas, cientos de cámaras viejas y de todo tipo. Nos recibe, nos enseña, nos ayuda a hacer nuestra cámara panorámica de latas de sardina y nos cuenta historias de cuando trabajó con Rulfo, con Poniatosca (guácala), con Paz, con Luis Guzmán y etc. De esos vejetes que es una delicia escucharlos porque te regalan historias, recuerdos, experiencia. Ratita ya sabe que nuestro matrimonio peligra y el culpable tiene nombre.

Tiembla, Ratita.

“En su novela El primer círculo, Solzhenitzyn sitúa la acción en un campo de prisioneros en las afueras de Moscú; los prisioneros son técnicos altamente calificados forzados a trabajar en proyectos ideados por Stalin. El proyecto más importante de todos es el intento de construir un mecanismo capaz de intervenir los teléfonos. Pero lo que tiene que ser especial de este mecanismo concreto para intervenir los teléfonos es que no sólo grabará la voz y el mensaje sino que además identificará la modulación esencial de los sonidos de la voz que habla; descubrirá, según nos dice el autor, “aquello que hace que todas las voces humanas sea únicas”, de modo que no importará que el hablante disimule su acento o cambie de idioma, porque la estructura fundamental de su voz habrá sido identificada. La idea es que la voz es una especie de huella dactilar poseedora de una rúbrica constante y singular que, como las huellas dactilares, puede ser grabada y empleada para nuestra identificación.”

Seamus Heaney: De la emoción a las palabras.

De la lista interminable de cosas de este mundo que no entiendo:

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Comparar precios en toooooodas las librerías para ver en cuál de ellas está más barato equis libro. Clásico que todos mis compañeritos y amiguis de la facultad lo hacían “no, pus la ética de Spinoza  en trotta en Gandhi cuesta tanto (con pesos y centavos), en el fondo tanto, en el sótano tanto, en el parnaso tanto, en la  parroquial tanto, en el péndulo tanto, no, pero en la gandhi de quevedo tanto, pero en la de las lomas tanto y hay un montón porque en las lomas nadie compra esos libros, así que iré a las lomas a comprarlo” con una sonrisota triunfal, presumiendo su enorme astucia.

Qué pinche memoria tan prodigiosa tienen ¿no?

¿Y cuál es el promedio de los mentados descuentos? Unos cuantos pesos de diferencia, lo cual resulta todavía más ridículo si tomamos en cuenta lo que tuvieron que gastar en realizar el tour por toda la ciudad.

O sea, de verdad, explíquenme por el amor de dios, si de lo que se trata es de ahorrar una lana ¿cómo es que se gastan pasajes de metro y camiones o gasolina o suelas de zapato en peregrinar por todas las librerías? ¿Qué no sale al revés y gastan más de lo que pretenden ahorrar? No, y eso por no hablar del tiempo que invirtieron, que si nos ponemos mamertos (ejem, más), yo les preguntaría ¿y qué es más valioso: el tiempo o los pinches pesos que pretenden ahorrarse? Neta, no entiendo.

Y siempre lo hacían y lo siguen haciendo y además era de los temas más emocionantes que tenían bajo la manga, experimentaban casi el orgasmo cuando te hablaban de sus visitas a las librerías y sabían de memoria todos los precios en cada una. Eso sí que me parece friqui.

Una palabra (bueno, dos):

No ma-men

En todo caso habría que buscar en librerías de viejo o en el callejón de minería o en tianguis o en balderas y así, pero ahí es de ir a ver qué te encuentras (emoción de verdad, ¡yujuuuuuu!, ajá), y sí hay baratos y joyitas y ediciones agotadas y así, es cuestión de esperar, dejar que el libro te encuentre y blablablá.

Y ya.

Can you hear what I hear?

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Brian Eno, en la conferencia que dio en el Teatro de la ciudad, dijo algo así (lo digo como lo recuerdo, o sea que…pero es la idea): “a principios del siglo veinte se usaban las cámaras para filmar teatro, entonces se dieron cuenta de que podían hacerse cosas, como los close up, y entonces nació el cine. En la música se han inventado los estudios de grabación, nuevos instrumentos, discos, etc., lo cual implica otro esquema de lenguaje, entonces ¿por qué le seguimos llamando “música”?”

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Sueño güajiro (¿sí lleva diéresis?) : escribir algún día algo que inicie con la contundencia de este libro que estoy leyendo:

“Desde hace veinticinco siglos el saber occidental intenta ver el mundo. Todavía no ha comprendido que el mundo no se mira, se oye. No se lee, se escucha.

Nuestra ciencia siempre ha querido supervisar, contar, abstraer y castrar los sentidos, olvidando que la vida es ruidosa y que sólo la muerte es silenciosa: ruidos de trabajo, ruidos de los hombres y ruidos de las bestias. Ruidos comprados, vendidos o prohibidos. No ocurre nada esencial en donde el ruido no esté presente.

Hoy, la mirada está en quiebra, ya no vemos nuestro futuro, hemos construido un presente hecho de abstracción, de no-sentido y de silencio. Sin embargo, hay que aprender a juzgar una sociedad por sus ruidos, por su arte y por sus fiestas más que por sus estadísticas. Al escuchar los ruidos, podremos comprender mejor adónde nos arrastra la locura de los hombres y de las cuentas, y qué esperanzas son todavía posibles.

Entre los ruidos, la música, en tanto que producción autónoma, es una invención reciente. Hasta el siglo XVIII inclusive, la música se funde en una totalidad. Ambigua y frágil, en apariencia menor y accesoria, ha invadido nuestro mundo y nuestra vida cotidiana. Actualmente es inevitable, como si un ruido de fondo debiera cada vez más, en un mundo que se ha vuelto insensato, tranquilizar a los hombres. Hoy día también, dondequiera que la música está presente, también está ahí el dinero. Incluso si nos limitamos a las cifras, vemos que en ciertos países ya se le consagra más dinero que a lavarse, leer o beber. La música, disfrute inmaterial convertido en mercancía, viene a anunciar una sociedad del signo, de lo inmaterial vendido, de la relación social unificada en el dinero.

La música anuncia, pues es profética. Desde siempre, ha contenido en sus principios el anuncio de los tiempos por venir. Así, veremos que si la organización política del siglo XX se arraiga en el pensamiento político del siglo XIX, éste está casi completo, en germen, en la música del XVIII.

La música es más que un objeto de estudio: es un medio de percibir el mundo. Un útil de conocimiento. Hoy día, ninguna teorización mediante el lenguaje o las matemáticas ya es suficiente, porque está demasiado cargada de significantes previos, incapaz de dar cuenta de lo esencial de esta época: lo cualitativo y lo impreciso, la amenaza y la violencia. Los conceptos mejor establecidos se disuelven y todas las teorías flotan ante la ambigüedad creciente de los signos usados e intercambiados. Las  representaciones disponibles de la economía, atrapadas en esquemas instalados en el siglo XVII o todo lo más hacia 1850, no pueden ni predecir, ni describir, ni siquiera expresar aquello que nos aguarda.

(…)

Ninguna sociedad organizada puede existir sin estructurar diferencias en su seno. Ninguna economía comercial puede desarrollarse si reducir esas diferencias en la serie. La autodestrucción del capitalismo se halla en esta contradicción que la música vive de forma ensordecedora: instrumento de diferenciación, se ha convertido en lugar de repetición. Indiferenciada ella misma, se anonimiza en la mercancía y se enmascara en el divismo. Da así a entender lo esencial de las contradicciones de las sociedades desarrolladas: una búsqueda angustiada de la diferencia perdida, dentro de una lógica de la que se ha desterrado la diferencia.

El arte lleva la marca de su tiempo. ¿Y acaso es por eso una imagen clara? ¿Una estrategia de conocimiento? ¿Un instrumento de lucha? En los códigos que estructuran los ruidos y sus mutaciones, se anuncian una práctica y una lectura teórica nuevas: establecer relaciones entre la historia de los hombres, la dinámica de la economía y la historia del ordenamiento de los ruidos dentro de los códigos; predecir la evolución de la una por las formas de la otra; interpenetrar lo económico y lo estético; mostrar que la música es profética y que la organización social es su eco.

(…) “La metáfora no es para el verdadero poeta una figura de retórica, sino una imagen sustitutiva que pone realmente ante sus ojos en el lugar de una idea”(Nietzsche, Los orígenes de la tragedia).

Sin embargo, la música es metáfora creíble de lo real. No es una actividad autónoma, ni una implicación automática de la infraestructura económica. Es anuncio, pues el cambio se inscribe en el ruido más rápidamente de lo que tarda en transformar la sociedad. En definitiva, la sociedad es un juego de espejos en donde todas las actividades se reflejan, se definen, se registran y se deforman. Mirando dentro de lo uno, no se obtiene jamás sino una imagen de lo otro. A veces, un juego completo de espejos da una visión rica, por inesperada y profética. A veces no da otra cosa sino el vértigo de la nada.

Mozart o Bach reflejan el sueño de armonía de la burguesía mejor y antes que toda la teoría política del siglo XIX. Hay en las óperas de Cherubini un soplo revolucionario raramente alcanzado en el debate político. Joplin, Dylan o Hendrix dicen más sobre el sueño liberador de los años sesenta que ninguna teoría de la crisis. Los productos estandarizados de las variedades de nuestros días, los hit-parades y los show business son las caricaturas, irrisorias y proféticas, de las formas por venir de la canalización represiva del deseo.

Para Marx la música es “espejo de la realidad”; para Nietzsche, “palabra de verdad”; para Freud, “texto a descifrar”. Ella es todo eso, porque es uno de los lugares en donde se inician las mutaciones y en donde se segrega la ciencia: “Si cerráis los ojos, perdéis el poder de abstraer” (Michel Serres). Aun cuando no fuera más que un rodeo para hablar al hombre de la obra del hombre, para escuchar y hacer oír su enajenación, para sentir la inmensidad inaceptable de su futuro silencio, y  la amplitud de su creatividad yerma, escuchar la música, es escuchar todos los ruidos y darse cuenta de que su apropiación y su control es reflejo de poder, esencialmente político.”

Jacques Attali: Ruidos, Ensayo sobre la economía política de la música.

Después se va poniendo más rudo, espero esta sea la vez definitiva que pueda terminar de leerlo. Tiene alrededor de 200 páginas, pero es de los libros más difíciles que he leído.

Me pregunto qué se necesita para ver esas cosas, para mirar y escuchar el mundo como lo hacen Eno, Attali y tantos otros.

Preguntarse

Y estar abierto a todo y a los demás.

Últimamente, he hecho esfuerzos sobrehumanos (ayayay, la dramática, jo. Pero sí) por abrirme a los demás y por escucharlos sin sentir asco por ellos, por mí.

Porque hasta ahora, la gente, esa gente que tanta repulsa da a ti y a mí, esa gente me ha salvado.

Cuando he sentido que ya no puedo  más, como ahora; cuando siento que la angustia no me deja respirar, como ahora; cuando ya nada tiene sentido, como ahora; cuando siento que estoy más gorda que nunca, como ahora; cuando siento que todos todos me rechazan, como ahora; cuando siento que nadie me quiere, como ahora; cuanto siento que a todos caigo mal, como ahora; cuando quiero llorar todo el día, como ahora; cuando me veo más fea que nunca, como ahora; cuando la fiesta no es para mí, como ahora; cuando todas las ausencias me llaman, como ahora; cuando un metro de distancia física es una barrera infranqueable, como ahora; cuando todo eso, no me ha quedado más que preguntar a alguien “¿qué pasa?”, interrogar al que está en ti que me rechazas, al que me encuentra indiferente y al que está en el espejo, a los  que están en mi librero, a los que hacen películas, a todos los que me rodean. En mi dolor y en mis miedos que, en cuanto creo superados, vuelven a tomar la rienda, y vuelta a empezar.

¿Es que acaso vale la pena tanto puto esfuerzo?

La mayoría de las veces “gano”, pero en el camino quedan pérdidas y encuentros que ni llegaron a ser que duelen mucho. Algún día sabré que hacer con ello.

Al menos lo intenté.

Al menos lo sigo intentando.

Espero nunca dejar de hacerlo.

Intentan consolarme: “la gente es rara, ya lo sabes(sí, dímelo a mí…), si no pueden o no quieren es su problema, ya no te corresponde…”

Pues sí, la gente:

¿Tendrá miedo? -Yo también me cago del puto miedo, pero lo intento, los dioses están de testigos de que lo intento; si no para qué me muevo de mi casa, para empezar.

¿Será muy tímida? -Yo también, y sin embargo, lo intento…

¿Le caigo mal? -La gente a mí también me cae mal, y sin embargo, nos doy chance.

¿Espera, en su trono, que yo me acerque, solicite audiencia y logre caerle bien? -Pues he superado mi soberbia y ya lo hice, ya lo hago, siempre busco y no me importa. Pero supongo que cuando obtienes monosílabos, cuando terminas haciendo preguntas estúpidas del tipo ¿y te gusta el cine? y así, es obvio que no hay  mucho que hacer ya, aunque me duela.

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Y hablando de lo mismo, también estoy leyendo este libro:

“¿Qué significa dicha acentuación de la sensibilidad? ¿Cómo se  operó aquella misteriosa e inquietante desodorización, que hace de nosotros seres intolerantes acerca de lo que viene a romper el silencio olfativo de nuestro entorno? ¿Cuáles fueron las etapas de esa profunda modificación de naturaleza antropológica? ¿Qué apuestas sociales se esconden tras esa mutación de los esquemas de apreciación y los sistemas simbólicos?

Sabemos que el problema no escapó a Lucien Febvre: la historia de la percepción olfativa figura entre las numerosas pistas que siguió. Desde entonces, la de la mirada y la del gusto concentraron la atención; la primera, estimulada por el descubrimiento del gran sueño panóptico y fuerte por su alianza con la estética; la segunda, abrigada tras el deseo de analizar la sociabilidad y el rito de la vida cotidiana. En este terreno, también el olfato padeció a causa de la descalificación de que fue víctima cuando comenzaba la ofensiva contra la intensidad olfativa del espacio público.

Una vez más, el silencio se hizo presente. El uso de los sentidos, su jerarquía vivida tiene una historia; en esta  materia nada camina por sí, nada justifica el negligente desdén de los especialistas. Repeler los olores no sólo resulta del progreso de las técnicas. No nace con el vaporizador y el desodorante corporal; éstos no hacen sino traducir una obsesión antigua y actualizar una vieja tendencia.

Ha llegado la hora de volver a considerar esta histórica batalla de la percepción y de descubrir la coherencia de los sistemas de imágenes que presidieron su desencadenamiento. Pero al mismo tiempo se impone confrontar las estructuras sociales y la diversidad de los comportamientos perceptivos. Es inútil pretender el estudio de tensiones y enfrentamientos, y sofocar los diversos modos de la sensibilidad, tan fuertemente implicados en tales conflictos. El horror tiene su poder; el detritus nauseabundo amenaza el orden social; la victoria tranquilizadora de la higiene y de la suavidad acentúa la estabilidad.

(Y luego) :

El análisis del discurso científico y normativo acerca de la percepción olfativa, la sociología del comportamiento decretada por los sabios, la interpretación subjetiva que proporcionan; las actitudes, tal como se bosquejan en su complejidad social, a través de la historia vivida de la intolerancia, del placer o de la complacencia; las estrategias que aplican las autoridades, instituyen un campo de estudio fragmentado en cuyo interior lo real y lo imaginario se entreveran, a tal punto que sería muy simplista querer a toda costa y en todo instante operar tal partición.

Frente a tal extensión, el buen sentido obliga a los objetivos limitados; en espera de que la multiplicidad de los trabajos consagrados a la historia de la percepción autorice un estudio global de los comportamientos, me propongo proporcionar algunos materiales, cuidadosamente etiquetados, a todos los investigadores cuyos útiles de análisis permitan elaborar después una verdadera psicohistoria.

Corbin, Alain: El perfume o el miasma, El olfato y lo imaginario social Siglos XVIII y XIX, FCE

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Y como todo tiene que ver con todo, también esto es de lo mismo:

“Ha hablado usted varias veces de la conveniencia de tener varios espejos de cuerpo entero por toda la casa para conocerse físicamente y saber vestirse bien. El espejo es el principal accesorio para las mujeres. Y para los hombres.

Harrison Ford ha hecho quitar todos los espejos de su casa para no verse envejecido… Pues no lo entiendo. La alternativa a no querer verse viejo es estar muerto. Todos tenemos que aprender a envejecer y a cambiar de edad. No hay nada más triste que un hombre o una mujer pretendiendo tener una edad que no tiene. Por eso hay que mirarse en el espejo: hay que ir al compás del tiempo y con el momento de cada cual.

Porque tanto la moda como  los perfumes nunca tienen fin. La moda se relaciona con la época y no es en absoluto frívola como mucha gente cree. Cada vez que uno se viste está viviendo la historia y creando algo.

¿Cómo explicaría, entonces, que creadores, artistas plásticos, suelan ir tan mal vestidos? Yo supongo que creen que vistiendo distraídamente dan a entender que están pensando en algo más profundo. Y a otros quizá les guste parecer excéntricos. Aunque quizá la diferencia entre la moda y las artes plásticas es que la moda incluye el movimiento. El cuadro está quieto, pero la moda se concibe como algo en movimiento.”

Entrevista a Carolina Herrera, en la revista semanal de El País, hace dos o tres semanas.