Canal RSS

Archivo de la etiqueta: lo que me gusta

Paseo por Regina, y La Familia Burrón

Publicado en

Yo crecí leyendo a la Familia Burrón.

Bueno, no tanto, pero sí los leí. No sé por qué llegaba esa revista a la casa. Eran personajes tan entrañables, historias tan divertidas, dibujitos tan bonitos. Y ahora están pintados todos los personajes en las paredes de la calle de Regina. ¿Pueden reconocerlos a todos?


La calle de Regina es una de mis preferidas del centro del df. Y ahora que la arreglaron, quedó perfecta para caminar, tomar un café, comer, tomar un trago, sentarse y ver la vida pasar…

Un costal de cebollas:

Una linda muchacha pensativa:

Una pared:

Una pared con una mano con unas uñas color coral, que me encanta:

Y luego, un colorido grafiti:

Me encanta la calidez de color con que saca las fotos mi querido celular 🙂

Amo pasear por el centro del df, amo el frapuchino en estos días infernales, amo los vestiditos de verano, amo sentarme a las mesas que están en la calle, amo platicar con Ratita, amo quedarnos en silencio también, amo ver la gente pasar, amo sacar fotos.

Sí, a veces estoy de buenas.

Yo (corazón) la ciudad

Publicado en

En estos días de no-vacaciones, o sea, como cualquier otra fecha del año, voy al df, ¡qué novedad!

Lo diré hasta el cansancio: adoro la ciudad, sobre todo sus rincones, donde está el bullicio, lo antiguo, la vida, el acelere, el pasado, las raíces.

Ratita me dejó sola en la acondesada calle de Madero y alrededores, a pleno mediodía, con el sol quemante, y me dije ¿qué haré? Ratita pensó que iría a aplastarme a un café, por aquello de que no me gusta caminar (sufro de pies defectuosos que no me dejan caminar mucho sin sufrir espeluznantes dolores, use los zapatos que use), y por aquello de que el sol me causa insolación.

Pero no, insolándome y todo, decidí caminar hacia la Merced, atrás de la Soledad, esos rumbos todavía olvidados por Slim, que una vez pisas sus calles te ves transportada a las películas tipo Aventurera.

Así que caminé y caminé, cámara no compacta en mano, vestidazo turquesa, gafas oscuras y mucha determinación. ¿Y si me insolo? ¿Y si mis pies se rinden a medio camino? ¿Y si me arrebatan mi cámara? ¿Y si me reclaman que tome fotos? No importa, con todo y miedillo seguí caminando.

Llegué a la antigua Merced, ahora abandonada, con algunos puestecillos alrededor. Me gusta mucho ese lado del Centro, esas calles, esa suciedad, la peste, la gente.

Estuve un rato sacando fotos en ese lugar, hasta que se me acercó Francisco Javier, y me platicó todo sobre el lugar:

Me dijo que es originario de Cumbres de Maltrata, que llegó hace mucho tiempo, que trabaja en la coca cola (entendí que les ayuda al camión de la coca cola que llega a surtir a los puestecillos de alli, por unas cuantas monedas), que también les ayuda a los de los puestos, que a veces le dan dinero, a veces le dan de comer, que el otro día le dieron dos tacos de maciza y otro de nomeacuerdo; que antes hasta allí llegaban los canales desde Xochimilco, que a dos cuadras había una terminal de autobuses que todavía estaba hasta hace quince años. ¿Vives aquí? le pregunté. Me dijo que sí:  que tomaba el metro, se bajaba en Cuatro Caminos, tomaba una pesera hacia no sé dónde y ahí vivía con sus ocho hermanos y su mamá. Que ahorita está juntando dinero para su mamá que está enferma, que cuarenta pesitos que le llegan a dar en los puestos.

Antes que yo lo hiciera, él me preguntó mi nombre. Se presentó. Tiene los ojos más bonitos y tristes que he visto, lástima que no salieron en la foto. Lástima que la tomé a escondidas, lástima que me dio pena pedirle que posara, lástima porque seguro hubiera aceptado gustoso. Sonreía todo el tiempo.

Seguí caminando. Me gustan las ventanas.

Llegué a una plazuela donde las familias del lugar conviven en franca felicidad, tomados de la mano, los niños corretean, todos te sonríen. No sé ni qué plazuela es, yo camino a lo tonto y me pierdo apenas doblar la esquina. Ya, pero lo que quería contarles es que hace poco ya había ido allí, y los edificios son viejísimos, se ve que eran cantinas, restaurantes, cafeterías. Y todos tenían la pintura original, con los anuncios todavía distinguibles, se veía tan pero tan bonito. Y ahora ¿qué me encuentro? Que todos los edificios, salvo el de la foto, ya están pintados monocromáticamente!!!

También hay una exposición fotográfica de Pedro Infante.

Hay un puentecito de piedra:

Un monito tomando la siesta:


Luego llegué a la iglesia de La Santísima (así me lo informó una de las muchas prostitutas que están a su alrededor). Hay puentes a desnivel. Vista a la derecha:

Vista a la izquierda, el zócalo muy pero muy al fondo:

Restos de una sana comida:

Caminé y caminé, y ya moría de hambre. Entré al teatro de la ciudad, adentro hay un mercado enorme de comida, y tiene murales como éste:

Y me decidí por una ensalada. Sí, puedo comer lo que sea (bueno, casi) en la calle y no me da la disentería. Estuvo bien rica:

Y luego, con los pies un poco descansados y con nueva gasolina en la panza, regresé a la parte civilizada del centro, tomé un capuchino frappé porque hacía un calor bárbaro, descansé mis patitas en la cafetería, reencontré a Ratita, comentamos el punto, y ya no seguí tomando fotos porque la memoria de la cámara ya estaba llena.

Un día particular

Publicado en

Teatro El Milagro

Me gusta ir al teatro. Lástima que como estoy lejos de la civilización no puedo ir a todas las obras que quisiera.

El tiempo que no tengo y mi fracaso total ante la tecnología, los aproveché para cambiar la plantilla del blog. Y es que con la otra nunca pude cambiarle la foto de la cabecera, y el paisaje de esta nueva plantilla me gusta mucho. Además se nota mejor la leyendita del subtítulo, que es lo que me interesaba. Porque el  otro día fui al teatro más bonito del df (mi gurú Sergio Zurita dixit) a ver Zoot suit. Hermosa. Me urgía verla porque sólo duró dos meses. No entiendo por qué la compañía nacional de teatro invierte tanto tiempo y dinero y talento (por ejemplo, trajo al mismísimo Luis Valdez que no debe cobrar cualquier madre) para temporadas tan cortas. Hace meses me perdí la maravilla de Edipo en Colón porque duró tan sólo dos semanas, ¡dos semanas!

El caso es que Zoot suit fue toda una experiencia y uno de los diálogos del personaje principal, Henry Reyna, es el que puse en la cabecera:

“Siempre he tenido la sensación de que hay una gran fiesta a la que estoy invitado pero no sé cómo llegar… Y daría lo que fuera con tal de saberlo” Más o menos dice así. Y otros pasajes así y más conmovedores.

Otra que pude ver y también me gustó fue Oleanna. Horrible. Terminé llorando, igual que el actor Juan Manuel Bernal, qué sorpresa que no sea solamente un actor de telenovelas. Sobre la imposibilidad de la comunicación, los malentendidos, la doble moral gringa, la perversión del lenguaje…

(Por cierto, mientras esperábamos a que empezara la obra, ya en nuestros lugares, di un salto cuántico en mi vida, así nomás, sucedió.)

Y otra que vi fue Trabajando un día particular. Gran gran puesta en escena. Los actores (Daniel G. Cacho y la otra monita que no sé cómo se llama), ellos mismos se dirigen. El escenario eran paredes negras y ellos llegan y conviven con todos los que estamos esperando. Y al llegar la hora, nos dijo Daniel: “pues ya, a darle”. Y mientras nos sentamos, ellos empiezan a cambiarse allí delante de nosotros, mientras siguen platicando con todos. Y en la obra, de pronto dicen “¿tienes un gis” y el otro se lo da y dibujan lo que necesiten en las paredes y en el piso. Ellos ponen la música o hacen los ruidos de un coche, de un timbre, de un teléfono sonando. Y cuando termina la obra, voltean  y nos dicen “ya, se acabó”. Y empiezan a cambiarse de nuevo.

La historia está re triste, para variar: sobre las relaciones humanas, el amor, la amistad, la guerra, el totalitarismo, la soledad. El miedo, el miedo, el miedo de vivir en una sociedad facista, que se me hace tan pero tan familiar, sólo que ahora es más sutil el asunto.

Aquí pintando la ventana para asomarse a la calle.

Aquí el teléfono y el saco.

Aquí Rosamunda en su jaula y el anaquel de las especias.

Aquí la cabecera de la cama, el reloj, el librero.

Aquí Daniel G. Cacho posando junto a un cuadro valiosísimo hecho de botones. Antes, durante y después de la obra pude constatar que es una persona maravillosa, talentosa, sencilla, tímida, amable, etc etc etc. Y me gustó bastante, además tiene un aire rusinsky que mmhhhhh.

Aquí la monita actriz

Aquí una estúpida calle  y un estúpido sol saliendo después de la lluvia  para desaparecer diez minutos después.

-es usted tan amable, que me confunde…

-oye, cuando puedas acuérdate de mí…

-qué triste amigo que me elegí…

-el orden es la virtud del mediocre -pues entonces yo soy un genio, jajaja (ups, mi diálogo)

como si la soledad fuera una riqueza…

-siempre acabamos amoldándonos a la mentalidad de los demás.

-y más ahora que ya se inventó el cierre, los botones tienen que servir para algo…

oiga, usted a qué le tiene tanto miedo si está tan segura de sus ideas…

Y hacen el amor con un discurso de Mussolini de fondo…

Cecilia Toussaint y compañía

Publicado en

Pues sí, el viernes fui al concierto de Cecilia Toussaint con 8mil invitados, de los cuales el único que valió la pena fue Jaime López (en la primera foto tocando la guitarra). Bueno, también sus tres hermanos malditos talentosos todos. Duró cuatro horas cuatro, y ella cantando como si nada.

La maldita está guapísima, además es atractiva, sensual; ya dice cosas como “estoy sana, saludable, me hice más mujer, en mis momentos malos y peores…”

Unos jeans, playera blanca, tenis y un blazer. Pelo suelto, cara lavada. Y hermosa. Pura actitud. (Sabandija ardilla: pero claro, alta y flaca, así quién no…)

Lo único, que hubiera preferido que Jaime López cantara Sácalo, en vez de ella.

Podría contar las aventuras que tuvimos antes de ir al concierto, pero ñe. Y que llegamos derrapando al teatro; o de la peste que sufrieron los vecinos de butaca (no por nuestra culpa, ¿eh?,) al grado que la chava estaba a punto de vomitar. O sea ¿por qué no se cambiaron de lugar, que sí había, en vez de sufrir durante cuatro horas? O del monito a mi derecha que to do el tiempo estuvo catatónico, con la cabeza apoyada en el puño, como si estuviera escuchando una conferencia sobre el subjuntivo tardío del jónico minoico cretense en el capítulo cuarto de La Ilíada.

Pero no.

Me gustó. Y a la salida me compré mi tacita conmemorativa en veinte pesotes.