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De la ilusión de ser gitana

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Tengo que seguir siendo gitana y no ponerme en el blanco. De todos modos me va a matar. De todos modos me está matando.

Pero que sienta que no me doy cuenta, que no sé que ya estoy en el blanco. Para que él tampoco se dé cuenta cuando me clave el cuchillo. Para que no le dé miedo. Para que siga conmigo.

La inspiración, aquí.

De imaginaciones

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Imagino que los demás me miran pensando: “quiero destruirte, voy a destruirte”

Se me olvida que yo soy la única que puede destruirme.

Se me olvida que yo soy la que llevo toda una vida destruyéndome.

De hadas y otros demonios

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El bosque me da miedo.

Prefiero la ciudad al bosque, lo confieso. A diez minutos de donde vivo, hay bosque enorme, todavía conservado (no por mucho), con turistas, pero sin llegar a hordas. Como yo he ido ahí desde niña, antes de vivir en el pueblo, podría conocer además lugares donde huir de las masas, solitarios, para pasear, explorar, comer. Podría, pero no me interesa.

Porque a la menor provocación, prefiero ir al defe.  De hecho, en los años que llevo aquí, he ido al bosque como diez veces apenas, y más de la mitad de ellas a iniciativa de mi campirano padre (ash  bueeeno, lo tengo que llevar porque ya no maneja y ahora yo estoy para complacerlo en lo que pueda, y ser condescendiente con él, y sonreírle de lejos, y mirarlo a la distancia con amor infinito, y prepararme (llevo haciéndolo toda la vida, pero ahora está más cerca) para lo que vendrá (apuesto a que la vida no nos traicionará, apuesto a que será como debe ser) y reconocerme en él aunque seamos muy distintos porque somos iguales).

Prefiero la desmesura, la sofisticación=la corrupción.  El bosque no me invita a nada, no me exige, no me confunde, no me sorprende ni me conmueve. En cambio sí me despierta miedos primitivos. El eco de las voces, gritos y risas lejanas me eriza la piel. Me acuerdo de El manantial de la doncella; Silencio en el lago, Caperucita Roja, Hansel y Gretel.

La ciudad, en cambio, me confronta. Me gusta lo humano, lo que hemos construido,, o destruido. Que no sea fácil decir si es bueno o malo o mejor o peor.

Que te obligue a interpretar.

Amo la naturaleza, los animalitos del bosque, los árboles, pero de lejitos, ahi que oxigenen el planeta. Pero de estar, lo mío es la ciudá monstruo. De los árboles, prefiero el papel en los libros. De escuchar a los pajaritos, prefiero escuchar las ideas de mis antepasados, la complejidad de los espíritus.

Y eso me recuerda que antes que ir a Europa, prefiero ir a Nueva Orleans (en carnaval) y a Nueva York.

Narciso. Pobrecitos pero qué miedo, dios me libre

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(A veces me pregunto, en el fondo y con miedo: ¿por qué les tengo tanto miedo, al grado que con sólo mirar a alguien durante un segundo puedo decir si es malo sin equivocarme casi?)

Todos podemos tener una parte perversa. Un perverso narcisista, por contra, sólo se construye a sí mismo al saciar sus pulsiones destructoras.

Alberto Eiguer: “Los individuos perversos narcisistas son aquellos que, bajo la influencia de su grandioso yo, intentan crear un vínculo con un segundo individuo, atacando muy especialmente su integridad narcisista con el fin de desarmarlo. Atacan asimismo al amor hacia sí mismo, a la confianza en sí mismo, a la autoestima y a la creencia en sí mismo del otro. Al mismo tiempo, intentan, de alguna manera, hacer creer que el vínculo de dependencia del otro en relación con ellos es irreemplazable y que es el otro quien lo solicita”.

Los perversos narcisistas son considerados como psicóticos sin síntomas, que encuentran su equilibrio al descargar sobre otro el dolor que no sienten y las contradicciones internas que se niegan a percibir. No hacen daño ex profeso; hacen daño porque no saben existir de otro modo.

Otto Kernberg: “Los rasgos sobresalientes de las personalidades narcisistas son la grandiosidad, la exagerada centralización en sí mismos y una notable falta de interés y empatía hacia los demás, no obstante la avidez con que buscan su tributo y aprobación. Sienten gran envidia hacia aquellos que poseen algo que ellos no tienen o que simplemente parecen disfrutar de sus vidas. No sólo les falta profundidad emocional y capacidad para comprender las complejas emociones de los demás, sino que además sus propios sentimientos carecen de diferenciación, encendiéndose en rápidos destellos para dispersarse inmediatamente…”

Su vida consiste en buscar su propio reflejo en la mirada de los demás. El otro no existe en tanto individuo, sino solamente como espejo. Un Narciso es una cáscara vacía que no tiene una existencia propia; es alguien falso que intenta crear una ilusión que enmascare su vaciedad. Su destino es un intento de evitar la muerte. Se trata de alguien a quien no se ha reconocido nunca como un ser humano y que se ha visto obligado a construirse un juego de espejos para tener la sensación de que existe. Como en el caso del caleidoscopio, por mucho que este juego de espejos se repita y se multiplique, el Narciso no deja de estar formado por el vacío.

El Narciso, al no disponer de sustancia, se “conectará” al otro y, como una sanguijuela, intentará sorber su vida. Al ser incapaz de establecer una relación verdadera, sólo puede crearla en un registro “perverso”, de malignidad destructora. Indiscutiblemente, los perversos sienten placer enorme y vital al ver sufrir y dudar a los demás, del mismo modo que gozan al someterlos y humillarlos.

Los perversos narcisistas son invadidos por “otro” y no pueden prescindir de él. Ese otro no es ni siquiera un doble, el cual tendría una existencia propia. Es simplemente un reflejo del mismo perverso. De ahí la sensación que tienen las víctimas de que se las niega en su individualidad. La víctima no es otro individuo, sino simplemente un reflejo. Cualquier situación que pueda poner en tela de juicio ese sistema de espejos que enmascara el vacío sólo puede implicar una reacción en cadena de furor destructivo.

Son insensibles. No tienen afectos. ¿Cómo podría ser sensible una máquina de reflejos? De este modo, no sufren. Sufrir supone una carne, una existencia. NO tienen historia porque están ausentes. Sólo los seres que están presentes en el mundo pueden tener una historia. Si los perversos narcisistas se dieran cuenta de su sufrimiento, algo nuevo empezaría para ellos.

Son individuos megalómanos que se colocan en una posición de patrón de referencia del bien y el mal y de la verdad.

Los perversos entran en relación con los demás para seducirlos. A menudo, se los describe como personas seductoras y brillantes. En la lógica perversa, no existe la noción del respeto al otro.

Cuando un perverso percibe una herida narcisista (una derrota o una repulsa), siente un deseo ilimitado de obtener una revancha. No se trata, como sería el caso en un individuo colérico, de una reacción pasajera y desordenada, sino de un rencor inflexible al que el perverso aplica todas sus capacidades de razonamiento.

Por razones que dependen de su historia en los primeros estadios de la vida, los perversos no han podido realizarse. Observan con envidia cómo otros individuos disponen de lo necesario para realizarse. Pero no se cuestionan, e intentan destruir la felicidad que pueda pasar cerca de ellos. Prisioneros de la rigidez de sus defensas, intentan destruir la libertad. Al no poder gozar plenamente de sus propios cuerpos, intentan impedir el goce del cuerpo de los demás, incluso el de sus propios hijos. Al ser incapaces de amar, procuran destruir con su cinismo la simplicidad de una relación natural.

La envidia es un sentimiento de codicia, de irritación rencorosa, que se desencadena a raíz de la visión de la felicidad y las ventajas del otro. La envidia comporta dos polos: por un lado, el egocentrismo y, por otro, la mala intención, que se basa en las ganas de perjudicar a la persona envidiada. El envidioso lamenta ver cómo el otro posee ciertos bienes materiales o morales, y desea destruirlos antes que adquirirlos. Si los adquiriera, no sabría qué hacer con ellos. No tiene los recursos necesarios para ello. Para vencer la distancia que lo separa del objeto codiciado, el envidioso se conforma con humillar al otro y envilecerlo. El otro adopta de este modo los rasgos de un demonio o de una bruja.

La apropiación es la continuación lógica de la envidia. Los perversos narcisistas se apropian de las pasiones del otro en la medida en que sienten pasión por ese otro o, más exactamente, se interesan por ese otro en la medida en que detenta algo que les podría apasionar. Así, podemos ver cómo muestran un gran corazón y, a continuación, unos desaires brutales e irremediables. Los perversos absorben la energía positiva de quienes los rodean, y se alimentan y se regeneran con ella. Y luego vuelcan sobre ellos toda su energía negativa.

Los perversos agreden al otro para salir de la condición de víctima que conocieron en su infancia. En las relaciones que establecen, esta actitud de víctima les sirve para seducir a aquellas personas que pretenden consolar o reparar, antes de arrinconarlas en una posición de culpabilidad. Cuando tienen que separarse, los perversos se presentan como víctimas que han sido abandonadas. Esto les asegura el mejor papel y les permite seducir a un nuevo compañero consolador.

Desafiar las leyes es lo propio del perverso. Su objetivo es confundir a su interlocutor mostrándole que su sistema de valores morales no funciona, para luego conducirlo hacia una ética perversa.

Durante su infancia, y a fin de protegerse, los perversos tuvieron que aprender a separar sus partes sanas de sus partes heridas. Por esta razón, siguen funcionando de una manera fragmentada. Su mundo se divide en lo bueno y lo malo. Proyectar todo lo que es malo sobre alguien les ayuda a sentirse mejor en sus propias vidas y les garantiza una cierta estabilidad. Los perversos temen la omnipotencia que imaginan en los demás porque se sienten impotentes. En un registro casi delirante, desconfían de los demás y les atribuyen una malevolencia que no es más que una proyección de su propia maldad.

Si esta mecanismo resulta eficaz, el odio que proyectan sobre un blanco al que convierten en presa es suficiente para aplacar sus tensiones interiores, lo que les permite mostrarse como una compañía agradable en otros lugares. Esto explica la sorpresa, o incluso la incredulidad, de las personas que se enteran de las acciones perversas de una persona cercana que hasta ese momento sólo había mostrado su lado positivo. Las pruebas que presentan las víctimas no parecen creíbles.

Marie-France Hirigoyen: El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana, Paidós, 1999.

Dado que la violencia reaparece en cada época bajo formas distintas, hay que reanudar permanentemente la lucha contra ella. Stefan Zweig, Consciencie contre violence

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A raíz de la entradas anteriores, me puse a leer al respecto. Y es algo que todos deberíamos saber, por lo que dice Sweig en el título, porque todos podemos estar expuestos, porque el perverso puede ser el padre, la madre, el novio, el esposo, el jefe.

A continuación pongo enorme cita del libro que leí, por poco lo pongo todo pero es que no saben, deberían leerlo.

Para comprender un poco el mundo, el bien, el mal, en fin, lo humano.

Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes.

Pierre Desproges

En el ámbito empresarial, la violencia y el acoso nacen del encuentro entre al ansia de poder y la perversidad. Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo.

Aunque el acoso en el trabajo sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, hasta principios de la década de los noventa no se lo ha identificado como un fenómeno que no sólo destruye el ambiente de trabajo y disminuye la productividad, sino que también favorece el absentismo, ya que produce desgaste psicológico.

El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo período y con regularidad, la víctima es acorralada, se la coloca en una posición de inferioridad y se la somete a maniobras hostiles y degradantes.

Uno no se muere directamente de recibir todas esas agresiones, pero sí pierde una parte de sí mismo. Cada tarde, uno vuelve a casa desgastado, humillado y hundido. Resulta difícil recuperarse.

Cuando el acoso aparece, es como si arrancara una máquina que puede machacarlo todo. Se trata de un fenómeno terrorífico porque es inhumano. NO conoce los estados de ánimo ni la piedad. Los compañeros de trabajo, por bajeza, por egoísmo o por miedo, prefieren mantenerse al margen. Cuando una interacción asimétrica y destructiva de este tipo arranca entre dos personas, lo único que hace es amplificarse progresivamente, a menos que una persona exterior intervenga enérgicamente. Una situación de crisis puede sin duda estimular a un individuo y conducirlo a dar lo mejor de sí mismo para encontrar soluciones, pero una situación de violencia perversa tiende a anestesiar a la víctima, que, a partir de ese momento, sólo muestra lo peor de sí misma.

Se trata de un fenómeno circular. Una serie de comportamientos deliberados del agresor está destinada a desencadenar la ansiedad de la víctima, lo que provoca en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones. Tras un determinado tiempo de evolución del conflicto, se producen fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría del agresor; la visión del perseguidor desencadena el miedo de la víctima. Se trata de reflejos condicionados, uno agresivo y el otro defensivo. El miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente, algo que el agresor utilizará más adelante como una coartada para justificar retroactivamente su agresión.

Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y la gente olvida cómo era antes o cómo es en otro contexto. Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades.

Manibras perversas: rechazar la comunicación directa, descalificar, desacreditar, mentir, utilizar el sarcasmo, la burla, el desprecio, utilizar la paradoja, las novatadas, acoso sexual, inducir a error.

El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él -para lo cual utiliza cualquier medio-, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello, necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para su ascensión, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar. No se contenta con atacar a alguien frágil, como ocurre en el caso del abuso de poder, sino que crea la misma fragilidad a fin de impedir que el otro pueda defenderse.

El miedo genera conductas de obediencia, cuando no de sumisión, en la persona atacada, pero también en los compañeros que dejan hacer y que no quieren fijarse en lo que ocurre a su alrededor. Es el reino del individualismo y del “allá se las componga cada cual”. Los compañeros temen que, al mostrarse solidarios, se los estigmatice, y tienen miedo de que se los incluye en la próxima lista de despidos. En una empresa, no hay que producir oleaje. Hay que tener el espíritu de la casa y no mostrarse muy diferente.

Un perverso actúa con más facilidad en una empresa desorganizada, mal estructurada, o “deprimida”. Le basta con encontrar la brecha por la que penetrará para satisfacer su deseo de poder.

La técnica es siempre idéntica: se utiliza la debilidad del otro y se lo conduce a dudar de sí mismo con el fin de anular sus defensas. Mediante un proceso insidioso de descalificación, la víctima pierde progresivamente su confianza en sí misma y, a veces, está tan confundida que le puede dar la razón a su agresor: “¡Soy una nulidad, no llego, no estoy a la altura!”. Por lo tanto, la destrucción se lleva a cabo de un modo extremadamente sutil, hasta que la víctima comete errores ella sola.

Cuando la víctima reacciona e intenta rebelarse, la maldad latente cede su lugar a una hostilidad declarada. Se inicia entonces una fase de destrucción moral que se ha llegado a denominar psicoterror. A partir de ese momento, todos los medios son buenos para derribar a la persona en cuestión, inclusive la violencia física. Esto puede provocar una anulación psíquica de la víctima, o su suicidio.

DEFORMAR EL LENGUAJE

El mensaje de un perverso es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión. Luego, elude cualquier reproche diciendo simplemente: “Yo nunca he dicho esto”. Al utilizar alusiones, transmite mensajes sin comprometerse.

Como sus declaraciones no responden a una relación lógica, puede sostener a la vez varios discursos contradictorios.

También se abstiene de terminar sus frases. Los puntos suspensivos son una puerta abierta a todas las interpretaciones y a todo tipo de malentendidos. Envía asimismo mensajes oscuros que luego se niega a esclarecer.

La mentira del perverso responde simplemente a una necesidad de ignorar lo que va en contra de su interés narcisista. Ésta es la razón de que los perversos envuelven su historia con un gran halo de misterio; no hace falta que digan nada para producir una creencia en sus interlocutores: se trata de ocultar para mostrar sin decir.

Las víctima parecen ingenuas y crédulas. Como no se pueden imaginar que el otro es básicamente destructor, intentan encontrar explicaciones lógicas y procuran deshacer los entuertos. Al que no es perverso le resulta imposible imaginar de entrada tanta manipulación y tanta malevolencia.

Para desmarcarse de su agresor, las víctimas intentan ser transparentes y justificarse. Cuando una persona transparente se abre a alguien desconfiado, es probable que el desconfiado tome el poder. Todas las llaves que las víctimas ofrecen de este modo a sus agresores no hacen más que aumentar el desprecio de estos últimos. Están convencidas de que, mediante el diálogo, van a encontrar una solución, cuando esto es precisamente lo que le permite al perverso -que rechaza cualquier tipo de diálogo- hacerlas fracasar con total eficacia. Las víctimas alimentan la esperanza de que el otro cambiará, de que terminará por comprender que inflige un sufrimiento, y de que lo lamentará.

La manipulación funciona tanto mejor cuanto que el agresor es una persona que cuenta con la confianza de la víctima (se trata de su padre o de su madre, de su cónyuge, de su patrón, etc.)

Alice Miller ha desmostrado que una educación represiva -la que tiene el objetivo de “meter en cintura” a un niño “por su bien”- echa a perder su voluntad y lo obliga a reprimir sus sentimientos verdaderos, su creatividad, su sensibilidad y su capacidad de rebelarse. Según esta autora, este tipo de educación predispone a nuevas sumisiones, ya se trate de un sumisión a un individuo (perverso narcisista) o de una sumisión a un colectivo (secta o partido político totalitario).

Las víctimas comprenden, pero al mismo tiempo, “ven”. Poseen una gran lucidez que les permite nombrar la fragilidad y las debilidades de su agresor. Cuando las víctimas empiezan a nombrar lo que han comprendido, se vuelven peligrosas. Hay que usar el terror para hacerlas callar…

Marie-France Hirigoyen: El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana, Paidós, 1999.

Como si nada hubiera pasado

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Pensó que era fácil.

La mayoría lo hace sin ningún problema.

La mayoría lo hace sin pensarlo, con ganas de olvidar y fingir su propia desdicha, copulan furtiva y adúlteramente para alejarse del otro y de sí mismos, copulan para sentirse más solos cada vez. Ni siquiera saben por qué lo hacen, su vida se derrumba, ya no digamos sus matrimonios, ya no digamos su autoestima, ya no digamos su futuro. El amor y el sexo ya poco tienen que ver, ¿o sí? Pero es difícil detectar un cierto estado de cosas si éste siempre ha sido el mismo y sólo se ha aprendido a seguir cavando. Es otra forma de subdesarrollo, sobre todo del lado femenino: dejarse usar (y no hay rasgamiento de vestiduras, pero si al menos lo hicieran con conocimiento de causa…). Porque falta mucho todavía para que se pueda decir: “fulano y yo cogimos; ó yo cogí con fulano, ó mejor: me cojí a fulano”. No. Siempre ella es la zorra y él el donjuan.

El caso es que ella nunca lo había hecho ni le había apetecido, ni siquiera en sus años de juventud y de soltería y de universidad y es que estaba joven y pues hay que hacer locuras y disfrutar y el mundo se va a acabar. Por el párrafo anterior, o porque su temperamento es más bien…frío, porque no lo había necesitado, porque es autónoma y querida y complementada, porque para qué complicarse la vida estúpidamente, con lo que ella sola hace y deja de hacer basta y sobra. Es más, cotidianamente rechaza “ofertas”. Sí, podría antojársele; sí, x no está nada mal y se le adivina maestría en la cama y provoca cosquillitas cuando la saluda y roza su mano por su cintura; sí, le excita sentirse deseada y ver cómo la miran, sobre todo después de que continúa negándose.

De pronto, se presenta una oportunidad. Es seguro, sin peligros de indiscreción, sin riesgo de ser vistos y delatados y murmurados y burlados y atisbos y risas y morbo y comidilla que divierte y entretiene pero que a los cinco minutos se olvida.  Sin exponer tampoco su matrimonio, él la conoce de añísimos atrás y hay confianza y hay distancia geográfica y no quiere compromisos ni escándalos y le lleva muchos años, así que debe ser más maduro y centrado y equitativo el asunto. Parece simple y no problem. ¿Qué podría perder? Al otro día va a ser como si nada hubiera pasado. A lo mejor eso hay que vivirlo una vez en la vida, para saber lo que es. Porque ella sí distingue amor y sexo y placer y circunstancias y sabe que nada es tan fácil como “si lo amas nunca le vas a ser infiel”. Porque es de esa clase de cosas que no puedes saber porque otro te lo cuenta.

Así que se presenta sin miedo, confiada, dispuesta. Pero apenas él roza su piel  y ella sabe que no, algo no anda bien. Sus poros se cierran toda ella se cierra. Algo le dice no, pero ya es tarde. Su cuerpo le dice que no le gusta, brota el miedo que rápidamente se convierte en pánico cuando en cuestión de segundos él se le sube, la aplasta para acariciarla y besarla precipitadamente, sin ritmo sin gracia, como un mendigo hambreado queriendo devorar un platillo. Ella dice no no no, así no ni de ninguna manera, él no cesa, al contrario, arremete con más fuerza. No sabe si por ser hombre, o por estar excitado, o ella es demasiado débil y pequeña, la somete sin ningún esfuerzo, la inmoviliza y la babea e intenta arrancarle la ropa frenéticamente. Ella no puede más que revolcarse como gusano. La fuerza no es el camino, tal vez la huida. Logra zafarse una y otra y otra y otra vez, sólo para que él la tumbe con más ímpetu. Lo peor es que le habla muy cal-ma-da-men-te mientras le inmoviliza violentamente los brazos: -no, no, no, no te resistas, te va a gustar (esa frase socorridísima de los chistes guarros de los que ella se ha muerto de la risa, ahora le eriza la piel de miedo).

El pánico ya es terror. “Me va a violar, voy a ser violada, está violándome”. “Así que esto se siente ser violada, está pasándome, lo que tanto temí y pensé que por la edad ya lo había superado, está pasándome”. Y con la velocidad del rayo anticipa lo que viene, desde la carne, dios, el instinto trabaja a mil por hora, dios, el instinto le dice que no es la fuerza, que no es la huida; que es el ruego.  Ahora el chiste es controlar ese pánico que quiere hacerla gritar con todas sus fuerzas, golpear con todas sus fuerzas aunque no logre más que exacerbarlo más, el pánico que la quiere hacer luchar y salir y llorar y explotar y por favor regresa el tiempo, no por favor no ¿por qué no lo vi venir? porque esto es un psicópata, alguien perfectamente normal y amigable y confiable y tu vecino más amable o tu amigo o tu hermano o tu padre o tu maestro que en realidad es…que no puede tener una relación sexual normal, que el sexo es el detonante de casi todas las patologías, que ya lo sé, que la mayoría de las violaciones las comete gente cercanísima a la víctima, que ya me siento culpable, ya siento que yo lo provoqué, yo me lo busqué, yo me lo merezco. Y después qué voy a hacer, cómo lo explico, ni siquiera lo voy a poder denunciar: fui a un hotel por cuenta propia y él me violó. ¿Y si intento convencerlo, razonar? Me va a decir ya estás grande, ya lo has hecho hace tiempo ya que no eres virgen ya sabes cómo es esto así que déjate de mamadas. Y el asco que voy a sentir, dios, y las secuelas, y el trauma, y el arrepentimiento y la culpa y el odio y la soledad porque todo esto es clandestino. Que esto sea una pesadilla, no lo es, sé que no lo es. Ya le está manoseando las nalgas por debajo de la ropa, ya le baja el pantalón, ok ya tengo que rendirme no huyas, no te bloquees, no te rindas, todavía no busques que te haga el menor daño posible, por favor que ya está gimiendo. Por enésima vez logra zafarse y por primera incorporarse de la cama. Él la jala hacia sí, la encierra con sus brazos, no está jugando, sus brazos son muy fuertes. Quedan frente a frente, un instante antes de que él comience de nuevo. Ahora, ahora. Le ruega. Lo mira a los ojos y le ruega, le dice por favor no, por favor estoy muy asustada no así no, hace falta un matiz, por favor me estás asustando mucho, por favor estoy creyendo que vas a violarme, por favor me estás dando miedo.

Él reacciona: “ay por favor! ¿yo? ¡¿Pero cómo me crees capaz?! Ay no yo nuuunca haría algo así, ¿cómo te atreves a pensar eso de mí?!-. Lo importante es que la suelta y ella rápido se acomoda la ropa y busca su chamarra y busca sus llaves y se coloca a resguardo. -Sí, disculpa, pero es lo que pensé, porque te decía no no no y tú seguías y no dejabas que me soltara-. -¡Ay por favor! ¿De qué tienes miedo? si hasta estabas gimiendo!-. No importa, ella ya está a salvo. Advierte que su estupor es genuino, no es una trampa. De verdad está indignado y contrariado por la tremenda difamación que recibió. De verdad le quiso hacer daño y de verdad es el típico violador que ni se da cuenta de su violencia. -¿Cómo puedes saber que no te gusta si no te lo he hecho?! Ya si después dices que no te gustó me voy a avergonzar un poco, pero yo sí lo habré disfrutado a madres…

De verdad se salvó, de verdad estuvo en peligro.

Al otro día amaneció como si todo hubiera pasado.