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Archivo de la etiqueta: pueblo de diez casas

De imaginaciones

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Imagino que los demás me miran pensando: “quiero destruirte, voy a destruirte”

Se me olvida que yo soy la única que puede destruirme.

Se me olvida que yo soy la que llevo toda una vida destruyéndome.

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Honey vs Pahuatlán

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Intenté subir muchas fotos de un fin de semana, y con “intenté ” me refiero a cuatro sesiones cuatro de estar subiendo fotos, y esta mugre nomás no me dejó, únicamente me guardó estas tres. Me rindo. Total, nomás eran para llenar espacio, jo.

Éstas son de un pueblucho llamado Honey que está en la frontera Hidalgo-Puebla. Recuerdo haber ido hace mucho tiempo con mis papás, en invierno, con la neblina y el frío a todo lo que da. Recuerdo imágene hermosas en mi memoria: el bosque, la niebla hasta el suelo, y en medio de los árboles, una estación de tren abandonada, antiquísima. Recuerdo que de hecho pasó el tren, y se detuvo varios minutos. Una escena para toda la vida, una escena sacada de otro tiempo.

Y ahora que quise ir al encuentro de dicho recuerdo, error garrafal. La estación del tren ya no está en medio del bosque, ya está en medio de un tianguis de mala muerte. Preguntamos y ya no pasa el tren.

El pueblo es sucio, hostil y está lleno de gente torva, muchachos patibularios y trocas chocolates con mojados visitando a la familia. Miedo.

Moraleja: quedarse con los recuerdos y las imágenes idílicas, y ya.

Y después fuimos a Pahuatlán, Puebla, cuyas fotos se perdieron en el limbo de wordpress. Es un pueblo bonito, “pintoresco”, amigable, jipioso, acogedor y anexas. Primero subes subes subes la sierra poblana, bosques y neblina a nivel del suelo, paisaje espectacular, y luego bajas bajas bajas hasta Pahuatlán, al fondo de la barranca. Bonito bonito, pero se lo imaginan, al fin que ya descubrimos que está más bonito imaginar y recordar que los lugares en sí y que las fotos.

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Actualización

Pues sí, quiero aclarar por qué me dan miedo los mojados de Honey. Pues porque se ven muy patibularios, la verdad. Regresan dogradictos, sidosos, “maleados” diría mi abuelita. Se la pasaban dándole vueltas al pueblucho de diez casas en sus trocas atascadas, viéndonos torvamente. En fin, mala vibra.

No por nada el pueblo está en los primeros lugares en alcoholismo. Primer lugar en embarazos adolescentes. Primeros lugares en amas de casa con vih.

Eso me da miedo.

La nada y las haciendas

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Últimamente no puedo enfrentarme con éxito a la página en blanco de mi blog, como podrá verse. Y sigo igual, así que recurro al recurso barato de publicar fotos equis.

He aquí algunas cosas que he hecho. He ido a algunas haciendas a poca distancia del pueblo dizque a sacar fotos. Sumamente deprimente, en primera porque a mí los pueblos terrosos no me gustan ni para pasear ni para sacar fotos ni para nada, y en segunda porque no hay nada más horrible que encontrarte en medio de la nada, entre paisaje desértico y miserable, con algo así:

Y que presencies en vivo y en directo la esclavitud a todo lo que da. Decenas de empleados entrenados como perros impidiéndote la entrada “porque déjeme decirle al dueño, que viene a pasar el fin de semana”, todos cabizbajos. Viene el dueño, va de salida, y desde el coche nos da permiso y deja instrucciones a sus esclavos: “Llévalos al patio, y a las caballerizas y a la piscina y al acueducto; y haz esto, y haz aquello” todo sin mirar a sus esclavos, todo como si le estuviera hablando a una rata asquerosa en vez de  a una persona. Y el otro nos escolta con una lealtad a su dueño que ni el perro más entrenado.

Caballerizas:

Un ganso me atacó por sacarle fotos, de hecho tuve que correr:

Para entonces ya mi resentimiento social estaba a todo lo que da. ¡Yo quiero una hacienda para mis fines de semana!! Bueno no, la verdad una hacienda en medio de la nada como que no.  Moriría de la aburrición y no me gusta tener esclavos. Pero sí quiero tener mucho mucho dinero para vivir en una ciudad fregona del mundo, y dedicarme a pensar en la inmortalidad del cangrejo. Prefiero mil veces vivir en un cuarto de azotea en N.Y. que en una hacienda en  medio de la nada.

Fulanito mejor intentó suicidarse:

Los pollitos también prefieren morirse:

Luego fuimos a un mercado deprimente:

Barbacoa de pollo:

Fotos antiguas:

Y ya.

 

Así es

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¿Qué aprendí el día de hoy?

Que mi vida puede ser perfecta, puedo reconocerlo, pero yo sigo con mi cara huelecacas como siempre.

Formidable.

Y ahora que lo pienso, me puse de pechito. El idiota pudo haberme dicho (no lo dijo y sé que no lo pensó, pero pudo haberlo dicho):

no, si no tienes ningún problema y traes esa jeta, no quiero ni pensar cómo lucirás el día que tengas problemas…

Osh.

Pues sí, y yo pude haberle contestado que desde que los conozco, he puesto mi vida en perspectiva y puedo sentirme la persona más afortunada del mundo. Puedo valorar lo que tengo y ellos no, que es todo.

Sí, puedo sentirme afortunada y feliz.

Pero no. Nunca me sentiré afortunada. NO importa el qué ni el cómo ni el cuándo.

No tengo ningún problema y de todos modos me siento de la chingada.

¡Ábrete un blog!

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Ok, ahí tienes que una monita tiene 20 años de relación con un monito, viviendo juntos. Tienen 42 años de edad. Relación cláaaaasica: el monito la trata de la chingada, la engaña intermitentemente, se han separado varias veces, cuando los ves por la calle ni te imaginas que están juntos: cada quien va en su rollo, mirando hacia lados diferentes y con cara de tensión a mil.

Pero ese no es el punto.

La monita, claro, está amargada y no pierde ocasión de derramar su bilis pero además, claro, siempre habla en primera persona del plural, dejándote bien claro que su vida en pareja es sólida, hermosa, rosita, madura, moderna y anexas. Dejándote en claro que cuando amas, ya no hay un “yo” sino un “nosotros”. Por favor.

Sí sí, las palabras lo son todo, pero no en el sentido obvio. Es más que los pronombres que uses.

Pero ése no es el punto.

El punto, creo, es que ella no lo sabe y yo sí.

El punto es su sonrisa bobalicona y a la vez de autosuficiencia.

Y claro, cuando ya no puede tapar el sol con un dedo y el monito la engaña con una niña del servicio social, en el mismo lugar del trabajo, y el monito invita a la niña a comer a la casa de la pareja y todos se enteran y empiezan a regodearse y el monito no sólo no lo niega sino que le anuncia que la va a abandonar porque ya se enamoró y la deja sola y se pasea muy orondo con el pueblo con la niña, regalándote otra escena cláaaaaaasica: el cuarentón en plena crisis de edad cogiéndose a la niña apenas veinteañera.

Clásico y comprensible: hasta yo, a los cuarentaitantos, me cogía a una niña de veinte, la verdad.

Y hasta yo, a los veinte, también me hubiera cogido a un deliruco. Pero no casado. Eso de andar con un mono casado como que sí es de muy mal gusto, la verdad. Y conste que no lo digo como mujer casada, lo digo en el papel de hipotética veinteañera. Es de pésimo gusto cogerte a un monito casado. Y es de peor gusto que un mono casado te coja.

Pero ése no es el punto.

 Yo, lo que es enterarme enterarme, no me entero de nada. Lo que sé es por los rumores que todomundo comenta y porque me vienen con el chisme terceras personas. Pero como ella gracias al cielo no me ha dicho nada, pues en teoría yo no sé nada, ¿verdad?

El punto es que ella se lo cuenta a todomundo, menos a mí, pero da por descontado que yo ya lo sé con pelos y señales, da por sentado que su vida me interesa y que el chisme me interesa (bueno, sí)  y que yo debo saber lo que todomundo sabe.

Pero el caso es que yo  no lo sé, y además, no puedo aceptar que lo sé porque ella no me lo ha dicho. Entonces pues yo como si nada pero ella cada vez que me ve viene y pone su cara  y porta la banderita de yo-soy-la-protagonista-del-drama y te suelta frases como: “Con lo que me pasó”, “después del año que tuve” “ya no me puede ir peor”, “bajé de peso por las penas”, “no tengo ganas de salir porque veo a las parejitas tomadas de la mano” y así. Y a mí no me queda más que hacerme la occisa (más), sonreír estúpidamente “no sé de qué me estás hablando y además ni me interesa”, no morder el anzuelo y dejar que vaya con otra persona a contar santo y seña de su desgracia, capítulo miluno.

El punto es que, como sea, por más que me haga la occisa, ya me enteré. Para la otra me arranco orejas y ojos.

Y entonces ya lo tienes en tu cabeza, un dato más, una anécdota más, una patética más. Y ella instaladísima en su papel me lo restriega en la cara exigiendo una respuesta que nunca va a encontrar.

La confusion que me causa. ¿Es acaso un grito desesperado?

¿Es inconciencia?

¿Es incompetencia social? (Aquí yo soy la primera en ignorar qué diablos quiere decir “incompetencia social”.

Lo que sí me gustaría preguntarle: ¿Neta no tienes nadie con quién hablar?

¿NO tienes un “a quien más confianza le tengas?

Porque, como sea, está viviendo un duelo, eso que ni qué.

El punto, creo yo, es saber el momento y el lugar y las personas para cada cosa. Y es totalmente lastimoso que compartas tus duelos sentimentales con los compañeros de trabajo (¡Con los compañeros de trabajo, por dios!!!!!) y con cualquiera que se te ponga enfrente.

Monita, neta: págate un psicólogo, consíguete un amigui de confianza que no sea del trabajo, por supuesto, o ya en la desesperación, te lo digo yo: ábrete un blog, si vieras que es re fácil, man’ta.´

Sirve que no le haces daño al prójimo ni andas causando lástimas. Bueno, sí causas lástimas pero no en tu entorno inmediato, lo cual te da dos puntos de ventaja y dos centavos de dignidad. Y así, usas los internets para seguir manteniendo  lo público y lo privado en sus respectivos cajoncitos.

A veces, la indiferencia no trae nada bueno

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Es que hay momentos en la vida en que nomás no puedes. Te rebasan la apatía, el desencanto, la indiferencia, todo te da igual. Te das por vencido.

¿Y serán sólo momentos, o más bien es una etapa a la que llegas y de la nunca te irás?

Pues el caso es que estaba yo en ese momento, o estoy en esa etapa (el tiempo lo dirá) y pues entonces me daba completamente igual ir a un negocio de “piedras y minerales”. Todavía no me quedó claro qué vendían exactamente, pero había, en efecto, piedras y minerales. Pero en las joyerías también hay piedras y minerales. Pero aquí era como diferente: había, sí, pulseras de cuarzo, turquesa, rubí y anexas pero la monita te explicaba; nonono, mejor dicho, me gritoneaba pa-ra-qué servía cada maldita piedra, que si la energía, que si el humor, que si la manga del muerto.

Y ahora, un día después, como que despierto y me pregunto qué diablos hacía yo allí, cómo pude soportarlo. Pero es que hay momentos, pero es que hay etapas, mira tú.

Y no es que me sienta yo muy “civilizada” y europea y desdeñe esas ondas energéticas y mineraléticas. Todo es energía, ¿qué no?

Es que el problema no son los pobres minerales ni las pobres piedras ni los pobres amuletos ni la pobre energía ni las pobres cartas astrales y numerológicas. No.

El problema son las personas, mira tú qué gran descubrimiento. El problema es la gente.

Y luego yo, de amplio criterio o de amplia indiferencia, le pregunto por los amuletos y que esto y aquello, y el colmo:  resulto regañada, a gritos me explica que los amuletos no sirven si no trabajamos y si no cambiamos de actitud y la chingada. Válgame dios, la amuletera, la del negocio de piedras y minerales, gritoneándome que eso no funciona si no tenemos lo primero, explicándomelo a mí, a ver si vuelves a acompañar a la gente a esos lugares otra vez.

Y luego, yo sí quería unas tres pulseras de cuarzo porque estaban bien bonitas: una rosa pastel, una blanca anchota, también una de onix, también una de una piedra roja roja roja que siempre se me olvida cómo se llama. Y la monita nunca me hizo caso y nunca  me dio las malditas pulseras. O sea, la monita del negocio de piedras y minerales no quiso venderme sus pulseras de piedras y minerales. O sea, ¿cómo?

¿Qué de plano sí tengo una vibra bien odiosa que la amuletera esa no quiso recibir mi money money????

En fin.

Invierno

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Tres semanas enferma de gripa, estoy harta harta harta. Pero no importa, porque mi vida no ha parado por culpa de la enfermedad, como antes. He salido salido, tuve comida tras comida y cines  y fiestas y reuniones y dos fiestas dos en mi casa en la misma semana. Inauguramos la primera exposición fotográfica del club de pinky y cerebro, estoy de vacaciones aunque no salí a la playa pero no importa…

Salí con Susely, morí de la risa, nos compramos muchas cosas (por fin ya tengo con quien tener salidas de mujeres, mi club de tobi de mujeres (y el “por fin” es porque pues sí, a veces se antoja tener un “con quien”)). Me emborrach{e, reí, hubo botellas rotas en mi casa, cerveza en el piso, cerveza en el sillón,  y no me importó, reí otra vez, grité, se enojaron conmigo por llegar tarde pero tampoco me importó porque volvimos a reír y todo bonito.

Carmen me regaló un libro que pienso leer en cuanto termine Millenium, o sea, pasado mañana. Millenium está bonito, por cierto, bonito. Bonito en el género entretenido, ligerito pero no tanto, para leer en el metro, en la sala de espera del dentista, en la comida, y claro, cuando una está enferma por tres semanas y contando.

En el pueblo ha hecho un frío de la chingada pero ya me lo aguanto, ya no viene de adentro. De hecho, está empezando a gustarme el puto frío, porque puedo ponerme mis gorritos, bufandas, cuellos tejidos, bandas tejidas, guantecitos a juego, botitas, mallitas, abriguitos y anexas  y pensar en la frivolidad frivolidad frivolidad; hasta que Isra me dice “mira, léete El largo viaje”  y lo leo de pasada y entonces el invierno vuelve a ser el invierno, y el frío vuelve a calar hondo y pienso qué habría sido de mí en el invierno europeo, descalza, sin abrigo, sin comida.

Y el mundo vuelve a girar a tu alrededor y piensas en que no es eso, en que más bien es imaginación moral.

Sí, imaginación moral.