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Pierre Soulages

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Fui a lo de Pierre Soulages tres veces. La primera: qué impresión, por eso regresé. Por qué diablos no ponen asientitos en las salas para aplastarse a contemplar a gusto durante horas, maldición.

En todas estas pinturas de arriba pareciera que detrés de las líneas oscuras hay un foco proyectando luz hacia nosotros. La sensación es impresionante, la atmósfera que provoca.

Empieza a encontrar el negro:

En sus palabras:

“Lo que hago me enseña lo que busco”. 1953

“¿Por qué el negro? La sola respuesta, incluyendo cualquier razón ignorada, tapeada en lo más oscuro de nosotros mismos y que contiene los poderes de la pintura es: porque sí”. 1968

“Amo la autoridad del negro, su severidad, su evidencia, su radicalidad. Su poderosa fuerza de contraste le aporta a todos los colores una presencia intensa y, al iluminar los más oscuros, les confiere una grandeza sombría. El negro tiene posibilidades insospechadas y yo, atento a lo que ignoro, voy a su encuentro.” 2005

“Un día, pintando, el negro había invadido toda la superficie de la tela. En este extremo vi, en cierto modo, la negación del negro. Las diferentes texturas reflejaban tenuemente la luz y de la oscuridad emanaba una claridad, una luz pictórica de cuyo particular poder emocional se originaba mi deseo de pintar. Me gusta que este color violento incite a la interiorización. Mi instrumento ya no es el negro sino esta luz secreta surgida del negro. Aún más intensa en sus efectos al ser emanada de la más grande ausencia de luz. Decidí seguir este camino. Donde siempre descubro nuevos horizontes.” 2005

“Estas pinturas fueron llamadas en un principio negro-luz. Para no limitarlas a un fenómeno óptico inventé la palabra “ultranegro” (outrenoir), una luz transmutada por el negro y, a igual que UltraRhin y Ultramancha, “ultranegro” designa también otro país, otro campo mental además de aquel del simple negro.”

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Alguien que busca, alguien que “descubre” la luz, que descubre el negro, alguien capaz de inventar una palabra porque ha descubierto un nuevo campo mental.

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A veces, soy feliz.

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Momo, de Michael Ende

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Ya terminé de releer Momo.  Lo leí por primera vez por ‘ai de los 10 años y ahora comprobé que me acordaba de bastantes cosas.

Bastantes, porque normalmente no me acuerdo de nada de la trama de novelas o películas. Me quedo con otras cosas, pero la trama se me borra. Hay infinidad de películas que no recuerdo para nada haberlas visto; le digo a Ratita: ¿¡con qué zorra fuiste que yo no iba contigo!? Ratita muere de la risa porque jura y perjura que las vimos juntos. Y yo la vuelvo a ver y nada que me acuerdo ¿estaré mal de la cabeza? Pregunta peligrosa, pasemos de ella.

Momo habla sobre escuchar, a uno mismo y a lo demás. Ash, qué novedad que, según yo, es eso de lo que trata.  A las pruebas me remito: pongo enorme cita de las primeras páginas del libro.

Pero lo que quiero decir realmente es que, releyendo Momo, caí en la cuenta que no sé escuchar. Pero al menos me esfuerzo por intentarlo.

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-Es un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿Quién te ha llamado así?

-Yo -dijo Momo. -Por lo que puedo recordar, siempre he existido.

-Está bien -dijo una mujer-. Pero todavía eres muy pequeña. Alguien ha de cuidar de ti.

-Yo – contestó Momo aliviada.

—–

Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.

Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.

Sabía escuchar de tal  manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.

¡Así sabía escuchar Momo!

Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.

Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.

Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.

En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas.

Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.

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Mientras se iba moviendo (Beppo Barrendero), con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

-Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento.  Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

-Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

-Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

-De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

-Eso es importante.

Otra vez se sentó al lado de Momo, callado, y ella vio que estaba pensando y que quería decir algo muy especial. De repente, él la miró a los ojos y le dijo:

-Nos he reconocido.

Pasó mucho rato antes de que continuara con voz baja:

-Eso ocurre, a veces… a mediodía…, cuando todo duerme en el calor… El mundo se vuelve transparente… Como un río, ¿entiendes?… Se puede ver el fondo.

Asintió y calló un rato, para decir en voz más baja:

-Hay allí otros tiempos, allí al fondo.

Volvió a pensar un buen rato, buscando las palabras adecuadas. Pero pareció no encontrarlas, pues de repente dijo con voz totalmente normal:

-Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay allí cinco sillares de otro color. Así, ¿entiendes?

Y con el dedo dibujó una gran T en el suelo. La miró con la cabeza torcida y, de repente, murmuró:

-Las he reconocido, las piedras.

Después de otra interrupción siguió, a empellones:

-Esos eran otros tiempos, cuando se construyó la muralla… Trabajaron muchos en ella… Pero había dos, entre ellos, que colocaron esos sillares… Era una señal, ¿comprendes?… La he reconocido.

Se pasó la mano por los ojos.  Parecía costarle un gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras salían con esfuerzo:

-Tenían otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.

Pero entonces dijo, en tono definitivo y casi colérico:

-Pero nos he reconocido, a ti y a mi. ¡Nos he reconocido!

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Hasta aquí la cita. Es un libro hermoso hermoso hermoso.

Y hay un cuento de hadas adentro. Un cuento que le inventa Gigi a Momo. Un cuento en el que ambos son los protagonistas: el príncipe y la princesa.

Un cuento largo y bello que no voy a citar. Pero baste mencionar que en el cuento se dice lo siguiente:

que la princesa Momo es inmortal.

que la princesa Momo está sola en su castillo, su única compañía son reflejos del mundo, imágenes que le manda un espejo mágico con las que juega.

que la princesa Momo no puede verse en el espejo. Si lo hace, se vuelve mortal.

la princesa Momo, en busca del príncipe, se ve al espejo y entra al mundo.

¿y qué pasa, entonces morirán como todos nosostros?

No, porque cuando dos personas se ven al espejo, juntas, vuelven a ser inmortales.

Quiero ir a Rusia

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Los últimos días no he tenido internet en la compu de forma regular, así que he vivido en la desesperación total. Tanto así, que antier, después de varias horas de intentar conectarme y nada,  con todo el dolor de mi corazón y tomando aire para “agarrar” valor, pues que tomo un libro entre mis manos, ¡oh, no no no no perdón pero es que no supe qué más hacer!

Imagínate, cuando al fin acepté que nomás no iba a conectarme, me quedé pasmada.

¿Y ahora qué hago?, era la pregunta. Tal era mi vacío existencial que ni la tele me proporcionaba consuelo. Fue horrible. Miré a mi alrededor con la desesperación de un drogadicto en crisis, ¿y ora qué hago con mi sola compañía? Y entonces la única opción para acallar mi conciencia era un libro. El que estaba a la mano: Del dolor y la razón, de Joseph Brodsky:

VIII

Un día, cuando tenía quince o dieciséis años, estaba yo sentado en el patio de un gran bloque de apartamentos, introduciendo clavos en una caja de madera llena de todo tipo de instrumentos de análisis geológico que iban a ser transportados por mar al Lejano Este (soviético)… como iba a ocurrirme a mí años más tarde. Era a principios de mayo pero hacía mucho calor y me sentía mortalmente aburrido y sudoroso. De repente, de una de las ventanas abiertas del último piso me llegó la canción A-tisket, a tasket, en la voz de Ella Fitzgerald. Estábamos en 1955 o 1956, en una mugrienta zona industrial de las afueras de Leningrado, en Rusia. ¡Dios mío -recuerdo que pensé-, cuántos discos habrán tenido que editar para que uno de ellos haya llegado aquí, a este rincón perdido de ladrillo y cemento, entre sábanas y calzoncillos azules que más que secarse se llenan de hollín! En esto consiste el capitalismo, me dije: en vencer por exceso, por saturación. No con planificación central. Con metralla.

IX

Aquella canción yo ya la conocía, en parte gracias a mi radio, en parte porque en los años cincuenta todo joven urbano disponía de su propia colección de la llamada “música hueso”. Llamábamos “música hueso” a una copia casera de música de jazz dentro de una funda hecha con una radiografía. Ignoraba por completo el procedimiento de copia pero debía de resultar relativamente sencillo, pues el suministro era continuo y a un precio razonable.

Este objeto, de apariencia bastante morbosa (¡en la era nuclear!), se podía conseguir igual que aquellas fotos de color sepia de las estrellas del cine occidental: en los parques, en los lavabos públicos, en mercadillos y en los entonces famosos “salones de coctel”, donde uno podía sentarse en un taburete a tomarse un batido y tener la sensación de hallarse en Occidente.

Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que aquello era de verdad Occidente. Pues en la balanza de la verdad, la intensidad de la imaginación sirve de contrapeso a la realidad, y a veces pesa más que ella. En este sentido, y con la perspectiva del tiempo transcurrido, me atrevería a afirmar que los verdaderos occidentales, quizá los únicos, éramos nosotros. Con nuestro instinto para el individualismo, favorecido en todo momento por nuestra sociedad colectivista, con nuestro odio a cualquier forma de afiliación, ya fuera un partido, una asociación de vecinos o, en aquella época, la familia, éramos más norteamericanos que los propios norteamericanos. Y si América representa el límite externo de Occidente, allí donde acaba Occidente, nosotros nos hallábamos, debo decirlo, a unas dos mil millas de ese mundo. A mitad del Pacífico.

X

A comienzos de los años sesenta, cuando la insinuación, empezando por el liguero, emprendía su lento éxodo del mundo; cuando cada vez más nos veíamos condenados, sin otra opción, al panty; cuando los extranjeros habían ya empezado a aterrizar de forma constante en Rusia, atraídos por su barato pero intenso perfume de esclavitud; y cuando un amigo mío, con una sonrisa ligeramente despectiva en sus labios, comentaba que la alteración de la geografía requería quizá la intervención de la historia, una chica con la que yo salía me regaló para mi cumpleaños una colección de fotografías, en forma de acordeón, con vistas de Venecia.

Pertenecían, me dijo, a su abuela, que había ido a Italia en su luna de miel, poco después de la Primera Guerra Mundial. Componían la colección doce postales de color sepia, en papel amarillento de mala calidad.

(…)

La ausencia de color y la oscuridad general de la textura sugerían lo que yo quería que sugirieran: que era invierno, la estación más real del año.

En otras palabras, aquella textura y su consiguiente melancolía, tan parecidas a las de mi paisaje natal, hacían aquellas fotos más comprensibles, más reales. Era casi como leer cartas de parientes. Y yo las leía y las releía.

(…)

Y mirando esas postales me prometí que, si alguna vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los sesos. Una fantasía decadente, por supuesto… pero si a los veinte años uno no es decadente, ¿cuándo va a serlo? Sin embargo, les agradezco a las Parcas haberme permitido cumplir la mejor parte de aquella fantasía. La verdad es que la historia está contribuyendo lo suyo a alterar la geografía. La  única manera de luchar contra ello es convertirse en un proscrito, en un nómada: una sombra que acaricia brevemente las delicadas columnatas, semejantes a encaje, reflejadas en el cristal del agua.

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Y así va.

Y eso me recuerda que debo volver a leer como antes.

Leer “los clásicos”.

Leer y releer a los malditos rusos que son ooooootra cosa.

Que el primer libro que leí a los seis años fue Infancia, de Gorki. Si han leído cómo empieza, comprenderán por qué crecí traumada para toda mi existencia.

Releer Un día en la vida de Iván Denisovich

Y conseguir la edición completa de Archipiélago Gulag

Y ya.

Reconciliación

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Me acuerdo del vacío en la boca del estómago cuando creía haberme equivocado en algo. Me acuerdo de que cuando era niña nunca me equivocaba, sí, nunca. No me arrepiento. Pero también me acuerdo de que tenía miedo. ¿De qué? No sé, sólo miedo. Me acuerdo de que era (soy todavía, aunque bastante menos) muy tímida, introvertida, seria. Así que me perdí de hacer cosas, por miedo. Pocas, pocas cosas me perdí, pero importantes. Cosas que únicamente pueden y deben vivirse antes de los veinticinco. Y ahora que soy grande (el tiempo implacable), ahora que cumplo años, ahora que empiezo una nueva década, no hay vuelta atrás.

No importa. En muchas formas me atormenta el “y si hubiera…”. En esto no. En esto tengo la suficiente madurez para no atormentarme con la vuelta del tiempo, porque , sin autoengaño de por medio, que yo fui así y no asá porque no podía ser de otra manera, simplemente no pude, yo era yo, y así tuvo que ser. En todo caso debo aprender a aceptar el tiempo y la vida como ha venido, como yo lo he decidido, tengo que aceptar los tiempos de mi vida.

Mi pasado fue como tenía que haber sido. Y la certeza la tengo porque desde que tengo uso de razón he luchado conmigo misma, en el mal sentido y en el buen sentido también. He luchado por no ser una espectadora de mi vida. Por lo tanto no cabe el arrepentimiento. Dolor, sí ¿por qué no? ¿Qué voy a hacer con eso? ¿Qué voy a hacer en adelante?

Me acuerdo de que no me gustaba mi reflejo en el espejo.

Ahora, me gusta lo que veo. Es una conquista que me costó años, años y lágrimas y dolor y… mucho escuchar.

Me acuerdo que, desde pequeña, todo-mundo me decía “pero qué madura, pero qué inteligente (puag, ¿qué es eso, los dieces en la boleta?, pero por favor), pero qué fuerte, pero qué interesante”. No me lo creí.

En los inicios de mis veinte, la inocencia se acabó. Lloraba cuando escuchaba el corito “Ya no soy ya no soy la infantil criatura la inocencia se acabó… Ya no soy ya no soy la de ese cuerpo extraño…” El Mal  tomó forma, conocí mi propio infierno, me convertí en mi peor enemiga. Supe en carne propia que el instinto de supervivencia es muy débil y furtivo en los seres humanos, que algo tan básico como alimentarse puede ser…todo menos simple. El Deseo tiene mil máscaras.

Fue breve, pero la duración no es proporcional a la intensidad. El dolor no tiene medida ni rasero.

Ahora, veo hacia atrás y sí, sin darme cuenta, he sido fuerte, sólo fuerte. Y me gusta. Y sonrío. Y me gusta que me vean. Y ya disfruto que me digan cosas bonitas, sobre todo cuando son ciertas. Y me veo a los ojos. Y te veo a los ojos sin miedo. Y me descubro caminando con la espalda derecha y los hombros hacia atrás. Y me gusta. Y me gusto.

Sobrevivientes

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Son cinco hermanas. 

Su padre las golpeaba salvajemente. Su padre las odiaba por ser mujeres, cegado por la frustración de que ninguna hubiera nacido varón. Cada mañana, las levantaba a punta de patadas, gritos, insultos. A la menor “provocación” les aventaba lo primero que tuviera a la mano: platos, herramientas, libros, sillas. Les prohibió estudiar, ¿para qué, si son viejas, o sea, están pendejas, nada más sirven para tener hijos? Sin embargo, con todo en contra, las cinco estudiaron brillantemente en la unam: biología, geografía, pedagogía, derecho.

-Si hasta practicaba diariamente futbol con nosotras- dicen con genuina sonrisa.

Al principio no entendí: -¡Ay a poco!

-Sí, nosotras éramos el balón.

Cuando él enfermó, ellas lo cuidaron amorosamente. Cuando él murió, en su lecho, lo perdonaron de corazón. Cero rencores. Nunca hablan mal de él, nunca una mala palabra, nada en su voz que denote odio, resentimiento, sed de venganza, amargura. Dolor, sí. Tristeza. Por haber vivido esa infancia, esa adolescencia, ese sufrimiento. Pero nada de odio. Incluso dicen: “era un buen hombre”. No con cursilería, no con hipocresía, no con la resignación de la ignorancia o del conformismo pseudoreligioso; sino con sabiduría y aceptación.

Pero claro que tienen cicatrices terribles, claro que tanto maltrato deja huella. No sienten odio, pero en cambio una tiene lupus. Casi muere, casi queda inválida. Quedó sorda. Otra tiene otra enfermedad desconocida, que causa estragos similares al lupus. Cuatro no pudieron tener hijos.

Hace unos pocos meses acabo de enterarme de este pasado infernal.

Ese hombre era hermano de mi padre.

Seda

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1.

AUNQUE su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había terminado por ganarse la vida con un oficio insólito, al cual no le era extraña, por singular ironía, una característica tan amable que traicionaba una vaga entonación femenina.

Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.

Corría el año de 1861. Flaubert estaba escribiendo Salambó, la iluminación eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del oceáno, estaba combatiendo en una guerra de la cual no vería el fin.

Hervé Joncour tenía 32 años.

Compraba y vendía.

Gusanos de seda.

3.

PARA EVITAR los daños de las epidemias que cada vez con mayor frecuencia afligían los cultivos europeos, Hervé Joncour llegaba incluso a cruzar el Mediterráneo para adquirir los huevos de gusano en Siria y Egipto. En eso consistía la característica más exquisitamente aventurera de su trabajo. Cada año, a principios de enero, partía. Atravesaba mil seiscientas millas de mar y ochocientos kilómetros de tierra. Escogía los huevos, discutía el precio, los compraba. Después se volvía, atravesaba ochocientos kilómetros de tierra y mil seiscientas millas de mar y entraba de nuevo en Lavilledieu, de ordinario el primer domingo de abril, de ordinario a tiempo para la Misa Mayor.

Trabajaba todavía dos semanas más para poner a punto los huevos y venderlos.

El resto del año, descansaba.

4.

-¿CÖMO ES África?- le preguntaban.

-Cansada.

Tenía una gran casa en las afueras del pueblo y un pequeño laboratorio en el centro, justo enfrente de la casa abandonada de Jean Berbeck.

Jean Berbeck había decidido un día que no hablaría nunca más. Mantuvo la promesa. La mlujer y las dos hijas lo abandonaron. Él murió. Nadie quiso su casa: así, ahora era una casa abandonada.

Comprando y vendiendo gusanos de seda, Hervé Joncour ganaba cada año una cifra suficiente para asegurarse a sí y a su mujer esas comodidades que en provincia tienden a considerarse  como un lujo. Gozaba con discreción de sus haberes y la perspectiva, verosímil, de llegar a ser realmente rico lo dejaba del todo indiferente. Era, por otra parte, uno de esos hombres a los que les gusta asistir a su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de vivirla

Se habrá notado que ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un día de lluvia.

5.

SI SE LO HUBIERAN preguntado, Hervé Joncour habría respondido que su vida continuaría así para siempre. Al inicio de los años sesenta, sin embargo, la epidemia de pebrina que había destruido los huevos de los cultivos europeos se difundió al otro lado del mar, alcanzando África y, según algunos, incluso la India. Hervé Joncour volvió de su habitual viaje, en 1861, con una carga de huevos que se reveló, dos meses después, casi totalmente infectada. Para Lavilledieu, como para tantas otras ciudades que fundaban su riqueza en la producción de seda, aquel año pareció representar el comienzo del fin. La ciencia se mostraba incapaz de comprender las causas de las epidemias. Y todo el mundo, hasta en las regiones más lejanas, parecía prisionero del aquel sortilegio sin explicación.

Casi todo el mundo -dijo despacio Baldabiou-. Casi -agregando dos dedos de agua a su Pernod.

 

Baricco, Alessandro. Seda, Grupo Editorial Norma, pp. 7-12. (También está en Anagrama).

 

Este libro es La Belleza.

Para releerlo una y otra vez. En sus páginas, a pesar del uso de distintos tiempos verbales, no existe el tiempo. Baricco es de los mejores escritores contemporáneos. En este libro, su escritura fluye suavemente, frases cortas, simples, de una densa sencillez. Como una parábola, como una fábula.

 

Sabiduría condensada

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En esta sección voy a recordar los refranes, frases, dichos de la abuela y de mis demás antepasados y familiares mayores.

 

El rechazo es la protección de Dios.