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Una mañana con música de fondo

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¿Te acuerdas de Sinuhé, el egipcio? Cómo no acordarme, si fue uno de los primeros libros que leí. No sé si lo entendí (nunca se sabe) pero claro que me acuerdo, mi cabeza se llenó de imágenes gracias a él, de preguntas, de paisajes, de vida, de desierto.

Y después lo conociste… Sí. Bueno, conocer es un decir, nunca cruzamos palabra, pero lo conocí. ¿Te arrepientes? (silencio prolongado, su mirada se funde se paraliza, busca afanosamente) No, no exactamente, arrepentirse no es la palabra; sólo que no encuentro la que sí es. Fue como debió ser. No puedo arrepentirme porque no pudo ser de otra manera. (Hace tanto  viento, ¿lo sientes?)  Él me encontró a mí, lo recuerdo porque me fijé en él cuando sentía su mirada en mi espalda. Pero estaba tan abrumada y los días eran tan bonitos… ¿Qué música estaba de fondo en los días bonitos? Ufff, déjame ver, canciones de esos tiempos, pues Britney Spears! claro, ahí salió ella, con su cSanción y su inolvidable video tan preciosa ella y la versión que hizo Cake, y Sara McLachlan (¿así se escribe?) y muchas que no me acerdo o no supe su nombre.

Y los días bonitos... Sí, días soleados, luminosos, cálidos y la tristeza encima, ¿puedes creerlo? Es que entré a los dieciséis años, ¿quién entra a los 16? Y un día estábamos en clase de filosofía de la historia y Saramago en el Che Guevara, la maestra tuvo que insistirnos para que dejáramos su clase y fuéramos a escuchar a Saramago. No lo vi, apenas si pudimos entrar. Escuché su voz. Me gustó. Hablaba de la ceguera. Pero no logró que quisiera leerlo, no; algo me pareció sospechoso o sólo no me sedujo. Éramos tan inocentes.

¿Y qué más recuerdas? Tardes enteras en la BC, primer piso, con el paisaje al fondo. Y el chico guapísimo de Letras Inglesas, que se sentaba en la mesa de junto,  que soportaba que su compañera de pelo largo, elegante, lo quisiera enamorar cada vez que lo veía, interrumpiendo su lectura. Y la chica guapísima, con el trasero más bonito que he visto, a quien él sí le hizo caso, y a los minutos ya estaban juntos, mas no en pareja. Sólo gozaban su mutua belleza. Tirados en el pasto frente a la Central, ella cantando a gritos Y todo para qué, de no se qué grupo norteño, con él riendo de felicidad a su lado.

Y Artemio, de latín. Cómo me emocionaba esa clase. Artemio, el ruso.  Con  Artemio me perdía en eternas discusiones de gramática, de sintaxis. De Broch, Pizarnik, Musil. ¿Qué pasó con él? Artemio hizo su tesis en latín, griego, ruso y español. Hace años lo vi en la exposición de Goya en el Munal, a lo lejos, no le hablé.

¿Estás llorando? Sí, pero no me duele. Y el sol, y la angustia. Me gusta sentir tanta vida dentro de mí. Salomón me consolaba sin saberlo. Me hablaba de sus amigos, de las penas que los maestros le contaban, de su mascota, de su madre, de los anglicanos, de lógica, de matemáticas. Que hubiera querido estudiar matemáticas, y se esmeraba en explicarme los teoremas y las fórmulas y los axiomas. Ja, a los cinco segundos ya estaba completamente perdida. Pero se decidió por la filosofía, que era más difícil. Me hablaba me hablaba me hablaba y yo encontraba un poco de paz en su regalo de letras. Aunque otras veces me abrumaba y me escabullía de su presencia.

¿Y el egipcio? El egipcio siempre estuvo ahí, aunque se fue, desapareció. Era una hierba, sí. Era unos ojazos. Ojos y no boca. Sus ojos todo lo devoraban. Era lo que más me gustaba, su ansia de devorar y quedárselo para sí, de momento. Me gustaba imaginar que, de alguna forma tenía que escupir todo. Oh oh oh, estoy teniendo un deja vu, de esto que estoy escribiendo y el cuaderno en el que puse las notas y que ahora copio, y el recuadro de “nueva entrada”, lo soñe hace mucho tiempo, cuando no había blogs ni egipcio ni notas ni nada.

Ah, y David que un día llegó loco. ¿Loco? Sí, loco, demente, con los ojos como en las caricaturas, flaco, ojeroso, sucio. Era brillante. Y Rosalía, que andaba con un viejo dogradicto que a nadie nos gustaba y no parábamos de decírselo ¿qué te pasa, cómo andas con alguien así? no te hace bien y blablabla. Y un día Lizeth se dio por vencida y me preguntó: ¿y si eso es amar? ¿amar sin juzgar, sin fijarse en los defectos, aceptando? ¿y si Rosalía ama y nosotros estamos jodidos y no nos hemos dado cuenta y nunca lo haremos y no sabremos de lo que nos perdimos?

¿Y te acuerdas de cuando me llevaste a..? Sí, te he llevado a todos lados…

¿Por eso quisiste desaparecer? No, eso no preguntes. Pero sí, tal vez por eso fue. O no sé, excepto que sí lo quise: desaparecer, buscar una solución, una salida, una respuesta. Cuando no hay nada de eso.

Veo guiones por doquier, no hace falta construirlos. Sólo escuchar. ¿Sabes que a veces la única manera de estar presente es estando ausente? Eso me lo enseñó el egipcio, él no supo que fui su alumna, pero me lo enseñó. ¿Y cómo lo sabes? Parecía ausente y estaba allí, devorando. Tenía mucho qué decir, como si tal cosa, así de fácil, sin hablar. ¿Te acuerdas que antes se podían ver en actas las calificaciones de todos?

¿Y la maestra de alemán? ¿Qué, ella qué?  Pues era una matrona teutona, y ya. De esa clase me acuerdo de una chica preciosa, elegantísima con todo y piercing en la ceja, de una belleza discreta y agresiva a la vez. Y un chavo atractivo y distante, bueno con las mujeres, si me entiendes. ¿Sabes qué siento, de verdad? Que nací comprendiendo todo y conforme crezco, entiendo menos. Nací vieja y voy hacia atrás. ¿Como el libro y la película? Todavía no lo he leído y no la vi. ¿Sigues llorando? Sí, otra vez siento demasiado, sólo eso. En una fiesta, una de letras clásicas me preguntó, mejor dicho, me espetó: ¿Por qué eres tan ecuánime? Era un reproche, un grito, una sacudida. ¡Y de Clásicas, como si ella fuera la diversión en persona!  Y yo con mi vasito de agua en la mano, no supe qué contestarle…

Es como si cada vez que vuelvo la cabeza, me pregunto: ¿y esa desconocida quién es? ¿Por qué hizo esto o aquello? ¿Te acuerdas de Los 79 cuadrados? No, cuenta. Ay sí, es sobre un viejo de noventaytantos que sale de la cárcel. Y un niño entra a su casa para rescatar un balón. Un niño malcriado que va que vuela para maleante. Y el viejo lo castiga: divide el jardín en 79 cuadrados y obliga al niño a examinar cada cuadrado durante horas y días. ¿Como para qué? dice el niño. -Hazlo. Yo tuve que hacerlo durante los más de cincuenta años que pasé en la cárcel, con las paredes de mi celda. Tuve que hacerlo para no volverme loco. Y así sobreviví-. Y el niño lo hace, primero de mala gana, pero después observa, y se concentra, y ya no ve solamente el pasto y las hormigas y los gusanos. Y va por cuenta propia cada día. Y le gusta el silencio. Y escucha al viejo. Y se calma. Y se escucha. Y nunca termina de conocer cada cuadrado, porque es algo vivo ¿ves? Y conoce el jardín y conoce otras cosas…

¿Y la hierba de Deleuze? No, eso no sé. La hierba que crece en los bordes, lo marginal, el pliegue. Movimiento, vida furtiva, vida donde no la esperas.

¿Y el egipcio? El egipcio nunca se ha ido. Cuando me decidí, supe que tenía que regalarle un libro. Me costó una noche de insomnio saberlo y reunir la fuerza para hacerlo, lo recuerdo bien. Con música de fondo siempre. Con la vida dentro. Y el primer libro fue Los premios, de Cortázar. Porque él era Ganimedes. Y fue cuando el egipcio desapareció. Y después decidí que era Seda, de Baricco. Pero siguió sin aparecer. Nuestros tiempos ya no coincidieron. Y mi regalo se quedó conmigo.

Nunca se ha ido.

Y ya no necesito darle los libros.

Ya puedo decírselo.

Si me encuentra de nuevo.

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Color amarillo

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Recuerdo los días de sol por la tarde entrando por las ventanas, la sensación asfixiante, el calor encerrado, aire comprimido.

Llegar a la casa, abrir las puertas y el calor encerrado golpeándote de frente.

Poner música a todo volumen, sorround invadiéndote, lágrimas dulces.

Imágenes sin palabras de compañía, sensaciones mudas, telarañas amurallando  la bala.

Ves Life goes on, ¿en qué te fijas? en la mamá que escucha, que consuela, que abraza. Ella le cuenta sus penas, sus miedos, sus problemas. Sabe que mamá estará allí para guiarla. Escena: la hija en su regazo, cabeza en el hombro, llorando porque el novio está muriendo de sida, la madre consolando en silencio, sufriendo con ella, sintiendo su dolor, ayudando a soportarlo.

¿Y tú no lo deseabas, no lo pedías a gritos, no llorabas, no reclamabas? No, sólo observaba y escuchaba. Lo deseaba, sí, lo deseaba. Y también no lo deseaba. Porque  sabía que allí no iba a encontrarlo, sabía que mis gritos no iban a ser oídos. Aprendes a darte cuenta de las cosas y a no malgastar esfuerzos. Imagínate el trauma de reclamar y no recibir nada.

No, fue mejor así, de veras. Claro que hay un precio a pagar, pero es menor, y preferible a lo otro.

Me gusta pensar en el futuro. Es inevitable que viva así, no vivo en el presente, ni modo. Me hace ilusión que todo va bien, como debe, con dolor, claro , pero así es la vida, ¿que no?

Y que quizá, continúe así. Y si no, espero tener la fortaleza suficiente para no derrumbarme, y tener Experiencia.

Furia divanesca

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Querida Becca,

Me choca me encabrona me repatea que cuando  le cuento a la psicoanalista que aprendí a leer a los cuatro años, que devoraba novelas durante mi infancia, que me gustaba estudiar y aprender muchas cosas; me salga con la misma mamucada. Además yo le estoy haciendo un recuento de mi vida blablabla, por eso voy a psicoanálisis y no a psicoterapia; de ninguna manera mi objetivo es presumir ni creerme superior al resto de la humanidad. Al contrario, reconozco que es patético que mi máximo en la vida haya sido leer y leer, aprender como esponja y que la adrenalina se me subiera a cien con los análisis sintáctico morfológicos que hacíamos en clase de latín y griego.

El caso es que cuando me pregunta: “¿y qué hacías en la pubertad y adolescencia?” – Pues iba a la escuela, empecé a ir a clases de idiomas, leía, iba al cine y al museo con mi amiga Wanda, íbamos al Chopo, etc. – Ah, o sea que te refugiaste en el estudio.

Aacchhhhhhhhhh, se me revuelven las tripas. O sea, sí me sentía sola como ostra y crecí como la mayor inadaptada social y todo eso; pero no significa necesariamente que una cosa excluya la otra. Puedes ser “normal” y sociable y leer y estudiar. Y si yo hubiera tenido más amigos y vida social, no por eso hubiera dejado de leer y aprender e ir a los museos.

Ash, pero bueno, fuera de eso y de su estúpido discurso de que debo ser más emocional y tener sentimientos (¿qué diablos significará para ella “tener sentimientos”, o sea si yo no los tuviera sería una psicópata de manicomio) y buscar la felicidad  y qué bella es la vida y las florecitas y los pajaritos; todo está bien, no le pide nada a la mayoría de los psicoanalistas del defe y hasta he tenido varias revelaciones tremendas en su diván.

Ash, y al rato me toca ir.