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Nuevo jefe

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Este mes cambiamos de jefe.

Divertidísimo

Cuando pensabas que no podía ir peor…

El lugar es un Caos. Sí, ya lo era, pero ahora es El Caos.

Divertidísimo

Con el plus de que podemos hacer lo que nos venga en gana.

Bueno, ya podíamos, pero ahora con descaro y sin culpa.

Bueno, yo no hago lo que me venga en gana, y no por virtuosa, sino porque nunca hago lo que quiero, sino lo que debo.

Le queda tan grande el lugar que no ha reparado en nuestras existencias como blanco de su ineptitud, al menos no en la mía.

Y la secretaria…divertidísimo: no sabe distinguir entre libro y revista.

Me la he pasado muy bien, tanto, que he pensado seriamente, pero que muy seriamente, en presentar mi renuncia ya mismo.

De verdad, hasta he llegado temprano sin problemas.

De verdad, quiero renunciar.

De verdad, qué susto confirmar que no me gusta estar bien.

"La continuidad no está asegurada por la memoria, sino por un proyecto"

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¿En serio? ¿Un intercambio por el 14 de febrero entre los compañeros de trabajo? Pobres, esta vez sí que me dieron ternurita y lástima. Y todavía se atreven a invitarme. Que porque es “entre todos”. O sea, disculpa mi ingenuidad, pero: se pelean como la gentuza de vecindad que son, se insultan, se apuñalan por la espalda, se la viven entre chismes, se ponen el pie, se desean lo peor; y ¿un intercambio de regalos entre todos?

Por favor

Y luego, si yo, que procuro tener tantito sentido común en mis finanzas, y por lo tanto hasta la fecha de hoy no sé lo que es vivir endeudado y no he hecho uso del montepío nunca en mi vida; si yo, como decía, considero un verdadero desperdicio gastar más de diez pesos en regalarle algo a alguien que no sea a quien ame con locura (que no sea yo, o sea casi nunca), ¿cómo es que estos pendejos-muertos-de-hambre vayan a gastar lo que no tienen ni nunca tendrán (diez, veinte, cincuenta pesos) en regalar algo a alguien a quien consideran más un obstáculo en su lucha diaria por comer un plato de frijoles que un compañero de trabajo, ya no digamos un “amigo”?

Por favor

Ambiente femenino

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No sé si fue grave o no, pero lo cierto es que era una situación fea, estresante y negativa. ¿Lo poco que podría señalar? En las juntas con el jefe, éste sólo hacía contacto visual con ella, y nunca conmigo. De las dos, sólo a mí me cambiaban de área cuando alguien faltaba, supongo que para fastidiarme y para sabotear mi desempeño, pues ella sí podía dedicarse al área y yo no por estar cubriendo otras. Pequeños saboteos a mi trabajo, tenía que trabajar por las dos, sobre todo cuando se trataba de funciones especializadas en donde ella no daba ni una…

Una vez mi gurú labora, que conoce al jefe desde hace añísimos, confirmó que todo era cierto y no producto de mi imaginación: “él es así, y claro que te envidia por todo lo que eres y tienes. Claro que no le gusta que estés preparada y te guste trabajar, porque lo ve como amenaza. A ver, ¿cuándo empezó a fastidiarte más? Te apuesto a que fue después que te compraste tu coche. ¿Verdad que sí?” Sí, efectivamente, por esas fechas se puso peor.

Es increíble cómo te pasan cosas que a la distancia pudieras decir que son estupideces, y en realidad lo son de tan incomprensibles, pero que finalmente sí ayudan a crear un ambiente opresivo y dañino. Por ejemplo, estoy convencida que estas situaciones son peores cuando eres mujer que si eres hombre, empezando por el acoso sexual. Es un horror cómo se da todos los días y en todo tipo de trabajos, y se vive como si nada, cuando para empezar es un delito. Ya sea que la mujer acceda o no, de todos modos lo ven como un mal necesario, como si estuviera bien, qué desesperación. Teniendo esto en cuenta, será que mi jefe es marica o qué se yo porque la única ventaja entre tanta asquerosidad es que no había acoso sexual al menos de su parte, porque de los babosos de los compañeros… pero bueno, eran como más proposiciones e insinuaciones que podías ignorar.

Pero en cuanto a lo de ser mujer en el trabajo, no faltan las pendejadas provenientes, para variar, de las otras mujeres:

-que te barren con la vista, te critican hasta por cómo caminas.

-Si te vistes mal (según su gran criterio, claro), te acaban; si te vistes bien, peor, te envidian y odian.

-Si estás gorda, se burlan y critican; si estás flaca o más delgada, te odian.

-Si le gustas a los hombres o a un hombre, mal; los “machos alfa” me dan ternura frente a este tipo de mujeres.

-Que si estás casada, o soltera, o divorciada, o viuda, o dejada, si tu coche, si tu casa, bueno, no acabaría todo lo que son capaces de criticar las demás mujeres. Y si estás un poco mejor que ellas en todo eso, pues ya te fregaste, has pasado a ser su peor enemiga, se alegrarán infinitamente si algo malo te pasa.

¿Quién las educa así, por el amor de dios? Si te acuestas, ¡mal! pero qué delicia porque así podrán criticarte. Si no te acuestas te odian por no ser como ellas, ¿pues qué se cree?

-“Pues yo creo que fulanita es más bonita que tú”. No mamar, ¿a qué horas dijeron que esto era una competencia de belleza región 20, bola de pendejas, que yo ni me enteré? Si eso ni en mi primaria! Yo vistiéndome normalmente, y estas pendejas viendo “quién es la más bonita” NONONOOONO, de veras que no sé si reír o llorar al acordarme de eso. Pero ahí no terminó la cosa: “ya hice una encuesta con los hombres y me dijeron… No, tú no eres la más bonita”

¿Qué onda con las mujeres? Qué bueno que no tuve hermanas…

Ambiente tóxico, III

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Otra cosa terrible es que nunca hubo enfrentamiento como tal. Pura mala vibra, conspiración a mis espaldas y complicidad del jefe. No sabía qué hacer. ¿Acaso reclamarle de frente? ¿Pero reclamarle qué exactamente? Confusión, estrés, impotencia. Lo único que pienso que más o menos me protegió fue que económicamente estoy mejor que todos ahí, incluso que el jefe. Además estaba delgada, mejor dicho, las demás están más gordas que yo, porque la verdad ni siquiera estoy flaca y así es fácil que la ropa se te vea mucho mejor (y estoy casada y tengo coche y me gusta arreglarme y sé lo que me queda y lo que no). Tenía un coche bonito (¡y nuevo! Lo cual es todo un acontecimiento, pues sus carcachas son de segunda o cuarta mano, si bien les va).

TODO ESTO DEBERÍA SER IRRELEVANTE, ESTÚPIDO, NO TENDRÍA POR QUÉ MENCIONARLO SIQUIERA.

Pero resulta que ahí están bien acomplejados por el dinero, y “parecer” es lo más importante. Como te ven te tratan. Y el parecer o “tener dinero” les provoca respeto. De esto también me di cuenta después, porque de entrada no me fijo en esas cosas y en una ciudad más grande eres incógnito total entre tantos millones. Pero ahora me doy cuenta de que eso debió protegerme de más ataques o humillaciones. A pesar de su odio y de su acoso, como que le medían por cómo yo luzco.

Así son de ignorantes. Se ensañan más con el que luce débil, o “pobrecito”. Es cierto que esos rasgos a su vez representan desventajas para mí, me hace blanco (ya me he informado sobre el mobbing, pero demasiado tarde) pues les despierta odios y resentimiento y envidias, pero repito, he visto cómo “el dinero” les impone respeto, entonces, se queda en la envidia y temen dar pasos más agresivos y directos. Sólo una vez tuvo el cinismo de ella reclamarme airadamente: ¡oye, el jefe ya se está dando cuenta de que no trabajas conmigo, así que más vale que cambies y hay cosas que no me dices acerca del trabajo y no hay comunicación!

O sea no podía creerlo. Me acusaba de lo que ella hacía desde el mero principio y me habló en un tonito que no mames. Y lo peor de todo es que no estaba del todo equivocada porque como ya dije, efectivamente yo hacía eso pero como respuesta a su misma actitud, a las pautas que ella misma marcó o que yo dejé que marcara. Sólo en esa ocasión medio discutimos porque yo le contesté en voz baja (estábamos en plena área con público por ahí) pero encabronadísima echando chispas por los ojos: pero si tú eres la que escondes todos los documentos, arriba dices una cosa y aquí haces otra.

Es lo único que recuerdo que dije, pero lo que sí es que tenía miedo, impotencia, no sabía claramente qué decirle porque me tomó totalmente por sorpresa. Lo bueno es que varias personas me han dicho que cuando me enojo doy mucho miedo y, además de encabronada, me veo en total control de la situación y entonces luzco como calculadora y serena y eso hace enojar todavía más a los demás. Espero que así haya sido en esa ocasión porque la realidad es que estaba muerta de miedo, impotencia, desconcierto y confusión. Esta persona es muy astuta y mala y tiene una gran seguridad para decir las cosas, es cínica y no duda en hacer lo que sea para obtener lo que quiere, siempre por las malas. Seguramente por eso es que le simpatiza al jefe, son iguales, vienen de la misma pinche selva.

De todo esto ya pasó tiempo, pero ahora que lo recuerdo me siento muy mal, impotente de nuevo, y ENOJADA CONMIGO MISMA PORQUE SIENTO QUE YO FUI LA CULPABLE, QUE YO PERMITÍ ESTA SITUACIÓN. NO QUISE DAR CRÉDITO Y NO QUISE ENFRENTARME COMO SI ESTUVIERA EN UNA VECINDAD.

Sin quererlo fui la víctima.

ESCRIBO ESTO Y ME DA CORAJE PORQUE ME VEO COMO UNA DÉBIL ESTÚPIDA INGENUA QUE NO SUPO QUÉ HACER PARA EVITAR ESTA SITUACIÓN.

Mi cerebro me dice que actué correctamente, dentro de lo que cabe, dentro del marco de mis valores y mi educación y en un mundo donde reina el sentido común. Pobre pendeja, aquí vine a confirmar que es el menos común de los sentidos. Quiero consolarme pensando: “no caí en su juego, no me rebajé a su nivel, no perdí la clase, no perdí la serenidad ni les demostré pérdida de control. A lo mejor piensan que soy una dejada pero no entienden más allá de su educación junglesca. No me hicieron perder mi centro y caer en su dinámica, yo seguí en mis nubes rositas producto de que crecí en otro mundo, mejor que el suyo”.

Pero eso no me hace sentir bien, no me consuela, no me reconforta.

Me siento mal.

Siento ganas de gritar, de llorar.

De regresar el tiempo y de actuar diferente. Protestar, protestar, gritar, acusar, caer en su terreno de batalla.

Pero es que no nada más era ella, sino también el jefe estaba detrás. Preferí confiar en su arbitrio, pero no resultó.

Pensé que el jefe tenía sentido común, sentido de lo correcto y que ahí reinaban las cualidades, el perfil y el desempeño laboral.

Pero no. Al jefe le gusta fomentar y escuchar chismes. Es obvio que no llegó ahí por su currículum, ya que ni siquiera logra articular frases coherentes en un tiempo decente, es una tortura escucharlo sin morirse de sueño a los diez minutos, cuando sólo ha logrado vomitar dos frases. Cuando salimos de su sala, nadie sabemos descifrar qué diablos quiso decirnos u ordenarnos o qué se yo. Para él hay consentidos y no consentidos. Los primeros son los que le dicen chismes y andan buscando qué inventar y envidian al prójimo; y le hacen la barba y le rinden pleitesía y le dicen “licenciado” y le demuestran miedo y fervor y les va de la chingada igual que a él, y su vida es un asco económica, corporal, laboral, parental y amorosamente. Los no consentidos son los que trabajan y se esfuerzan para ser buenas personas=NO HACERLE DAÑO A NADIE.

Ambiente tóxico, II

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Cómo me gustaría regresar el tiempo y haber actuado de otra manera. Si hubiera sabido cómo eran y en qué ambiente tan espantoso me encontraba, tendría que haberme defendido como una vil naquita. Ahora sé que es de lo más normal que todos se peleen entre sí, se odien y se contenten, se griten y se digan groserías, inventen chismes, le griten a los jefes. Frases que oí en mi infancia, en el mercado, en niños de 10 años: “dímelo en mi cara, no te metas conmigo, deja de chingarme, qué tienes contra mí, cuando quieras nos vemos allá afuera, no te tengo miedo” son de lo más comunes y bien recibidas. Es más, si no dices nada así, quedas como una agachona. Pinches monos todos de qué jungla primitiva vienen, no mames.

Dada esa situación, luego luego debí haber subido y acusarla: x no quiere trabajar conmigo, no coopera, me habla mal, me dice que quiere mi horario, y no tiene actitud colaborativa. No quiere hacer el escrito conmigo.

Ni en la primaria hice algo así, lo juro.

De esa manera habría saboteado su malvado plan. Y si aun así hubiera inventado algo de mí al jefe y éste me hubiera llamado, ahí también habría tenido que defenderme como en una vecindad: no es cierto, ella empezó y me dijo esto y esto y esto y me miró así e hizo esto y aquello y usted no debe fomentar este tipo de enfrentamientos y chismes estúpidos. Y tráigala porque no tolero el me dijo que dijo que dijo. Tráigala para que enfrente de usted aclaremos la situación y yo le demuestre que fue ella quien empezó y usted está agravando la situación al hacer caso de las acusaciones en privado y hacerles eco. Incluso si fuera cierto lo mejor sería llamarme y decir: fíjate que me he percatado de que no están trabajando en equipo…, en vez de: vino x y me dijo que tú…. O sea si no estamos en una vecindad, y usted es el primero en fomentar esta situación en vez de poner un alto.

Confieso que no estoy totalmente convencida de haberme equivocado. O bueno, sí me equivoqué y no di crédito. ¿Pero debí cambiar mis valores para defenderme? ¿Habría ganado actuando como una chismosa, cayendo en el juego perverso del mobbing, de ese ambiente tan espantoso de dimes y diretes? Ahora me siento tonta e ingenua. Pero ¿cómo me sentiría de haberme portado como en una vecindad, defendiéndome con gritos, acusaciones y amenazas, respondiendo a la hostilidad con hostilidad? En realidad, ¿no habrían ganado ellos si yo hubiera actuado así? A corto plazo hubiera ganado, pero ¿y yo? ¿cómo me sentiría? ¿no será que les da más coraje que yo haya mantenido mi integridad, mi profesionalismo, demostrado mi buena cuna, la educación que sí mamé, mi preparación de primer nivel y no de pueblo bicicletero? No lo sé. A lo mejor hubiera empeorado las cosas.

X siguió peor, nunca cooperó conmigo, el área nunca funcionó. Tenía que esconder lo que hacía y lo que investigaba porque ella me lo robaba y el jefe nunca hizo nada para pararlo, al contrario, se complacía con la situación. Siempre ha estado de su lado. Alguna vez el jefe se vio obligado a regañarla según para hacerla trabajar en equipo y que no había trabajo individual y por separado. X prometió no hacerlo más. No cumplió. Lo que hacía no lo guardaba en la computadora común, sino que se lo llevaba en su usb. Nuestra área era de servicio al público. ¿En qué cabeza cabe llevarte la información a tu casa, cuando el público la requería? Lo hacía solamente para perjudicarme, pero más bien perjudicaba al área y al público, y al jefe nunca le importó. Ahora sé que incluso la instigaba más y yo quedaba como la mala del cuento o mínimo la cómplice porque nunca protesté ni acusé ni me defendí bélicamente.

Lo único que atinaba a hacer, dentro de mi estupidez en esas lides, fue actuar pasivamente. Yo también me llevaba la información y reportaba lo que YO hacía. ¿Es que cómo puedes obligar a alguien a cooperar, a cambiar de actitud, a dejar la mala fe; si además el jefe la apoya? Creo que en estos casos la parte negativa gana. ¿Y el otro qué hace? Me dije, faltaría que aparte de no caer en su belicosidad, aparte yo sí le diera todo mi trabajo y cooperación. Entonces lo que atiné a hacer fue a trabajar por mi parte también. Cuando estábamos juntas yo sentía una vibra bien fea, unos nervios, una presión.

Me sentía víctima de un plan perverso, como un ratón que no tiene escapatoria y que en su desesperación se hace más daño. Yo no sabía qué más hacer, más que “defenderme” pasivamente actuando con su misma falta de cooperación. Cuando subíamos a reunión, ella era la primera en decir con un cinismo y una vocecita de mosca muerta: yo pienso esto para mejorar, yo coopero, propongo esto, etc.

A mí me dijo, yo lo escuché con mis meritos oídos, que ella llegó ahí porque la corrieron de otra dependencia. Era aceptar el traslado o perder el trabajo. Pero no le gustaba, ella estudió para otra cosa y aceptó por cobrar las quincenas y punto. Iba a esperar a lograr que la regresaran, mientras, se iba a aguantar. Es un trabajo que para nada le gustaba ni le llamaba la atención, me dijo con una cara de asco y desdén. Recuerdo sus palabras finales exactas: “total, yo no voy a hacer nada, mejor voy a aprovechar la computadora y el área para terminar mi tesis y nada más”

Ahora pienso que tal vez debí subir corriendo a pasarle el chisme al jefe. Acusarla, ponerla en evidencia con sus propias palabras. Fíjese que me acaba de decir tal y tal. ¿Habrían cambiado entonces las cosas para mí? ¿O hubieran empeorado? No lo sé. Y es imposible saberlo o haber actuado diferente, porque eso fue en los primeros meses cuando todavía se me hacía inconcebible todo esto de los chismes y las malas ondas, y mucho menos con el jefe. Así exactamente actúa x, ahora lo sé. Hubiera sido darle una probada de su propio chocolate, pues no sólo es chismosa y maquiavélica, sino que además mentirosa. Pero ¿qué hubiera hecho el jefe? Quizá, a su vez, lo hubiera usado en mi contra y habría instigado más hostilidades entre nosotros, diciéndole a x que yo la acusé.

Pero el tiempo ya no regresa y el hubiera no existe.

Ambiente tóxico, I

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He aquí un testimonio, en tres partes. No me atrevo a titularlo como Mobbing, pero podría llegar a serlo, por el estado emocional y los sentimientos de culpa y confusión que manifiesta. He leído al respecto: Iñaki Piñuel y otros dos autores que hay en la biblioteca, y descubro que el acoso laboral es una situación de auténtica anulación del Otro, con métodos de crueldad y perversión sin parangón. Apenas se está empezando a regular en Europa, donde los casos de suicidio por mobbing se han disparado. Pero si no llega a ser mobbing, sí es un caso de ambiente laboral tóxico, promovido por el jefe.

Todo empezó así. Desde que la vi me pareció antipática. Emana de ella una gran soberbia, camina con una prepotencia y se siente la octava maravilla y la más buena del mundo, pero está gorda, deforme. Pensé que tendría unos treinta, casada y con hijos. De todos los que entramos fue la única que me cayó mal de sólo verla. Y resulta que iba a ser mi compañera cercana.

Yo soy muy profesional. E ingenua, ahora lo sé. Por muy mal que me cayó no dudé un segundo en trabajar en buena lid con ella y tolerar su presencia. Y a lo mejor no es por mérito moral profundo, sino por obligación laboral, pero juro que nunca me pasó por la cabeza confundir lo mal que me cayó con nuestro trabajo. Además confié plenamente en la profesionalidad de nuestro jefe y que iba a reinar el buen juicio.

No fue así. Desde un principio me dijo: quiero tu horario porque no me gusta el mío. ¿WTF? En mi cabeza no cabía ninguna mala intención de su parte, qué estúpida fui. No me saludaba y me miraba de reojo, su caminar es insoportable, de verdad. En la primera reunión de trabajo se nos dijo que hiciéramos una presentación general de nuestra área. Cuando quise trabajar con ella, sólo movía la cabeza y no decía nada. Yo soy muy callada, pero su apatía fue tal que tuve que tomar la batuta y decir: bueno, vamos a escribir algo cada quien y mañana nos lo leemos y redactamos uno solo. AHORA SÉ QUE EN ESE MOMENTO DEBÍ HABER IDO DE VIL CHISMOSA A ACUSARLA DE SU MALA ACTITUD. PERO YO NO TENGO ESA EDUCACIÓN Y pensé que iba a mostrar inmadurez al andarme con esos chismes. Mantuve el profesionalismo y en eso me equivoqué porque no entré a un lugar maduro ni profesional ni positivo.

Al otro día, recuerdo que sentí como si estuviéramos en la primaria cuando no falta el compañerito estúpido que se acuesta sobre el pupitre haciendo casita con sus brazos para que no le copiemos. Dije: bueno, ¿qué tenemos? No decía nada. Yo le enseñé mi escrito y ella no me enseñó el suyo, y quedamos igual. Me pareció tan estúpido que no creí que estuviera pasando y no dije nada.

El jefe nos llamó y preguntó ¿qué hicieron? Ella, como en la primaria, inmediatamente se adelantó sobre mí, y le extendió un fólder cerrado diciendo: AQUÍ ESTÁ EL MÍO. ¿Qué la pasa? Eso es de niños de cinco años que esperan la estrellita en la frente, no mames. Me sorprendió tanto que no le di gran importancia.

PRIMER ERROR: No decir nada porque confié en que tuviera la madurez de cualquier adulto de más de 18 años. No dar crédito a la estupidez y mala leche de la que estaba siendo testigo y víctima directa.

SEGUNDO GRAN ERROR: Confiar en el buen juicio y buena dirección del jefe.

Me reí hacia adentro de esa actitud tan estúpida de “aquí está el mío”. Me dije: “bueno, el jefe está viendo con sus propios ojos quién no quiere trabajar en equipo y quién no obedeció la orden que nos dio”

El jefe, sin embargo, se mostró complacido y no dijo nada. Nos dejó una nueva tarea y entonces cada quien guardó su escrito. Y yo fui la estúpida por confiar, confiar, confiar. Dije: bueno, entonces cada quien va a trabajar sobre su escrito porque ella así marcó la pauta y no la puedo obligar a lo contrario y el jefe no dijo nada.

A los dos días me mandó llamar y me dice: vino x y me dijo que no quieres trabajar con ella y que te llevaste tu escrito y no se lo quieres enseñar. ¿???????????????????

Así empezó. Sin exagerar y sin dármelas de víctima, ahora sé que caí en la trampa de ambos. No puedo afirmar o demostrar que el jefe lo planeó, pero sí le echó leña al fuego y se congratuló con la actitud de x hacia mí. En vez de poner un alto y ordenar una buena colaboración entre nosotras aunque nos cayéramos mal, como todo buen jefe debe hacer, en pos de un servicio y desempeño laboral óptimo, fomentó la mala leche.

La esquina maldita

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Este local ha albergado como diez distintos negocios en el lapso de cuatro años. Ninguno ha funcionado. Está sobre una avenida céntrica, bonita, semi residencial, repleta de negocios de todo tipo. Es un local enorme, en esquina, ¿será objeto de una maldición gitana?

Cada nuevo intento se gastan el dineral remodelando todo: pisos, fachada, instalaciones. Gran inauguración. Giros que en cualquier otro lugar abundan  como la mala hierba, aquí ni las moscas. No duran más de cinco meses. Abandonado otros meses, y vuelta a empezar.

Éste es el intento más reciente. Aunque ahora sí es identificable el probable motivo de su inminente fracaso: “YA ABRIMOS” reza el letrero, pero no dice qué diablos vende. A través de los cristales se ven las mesas, pero ninguna pista de qué tipo de comida sirven, ningún letrerito, nombre, dibujito, nada, por más que te asomes, enigma total.

El otro día nos acercamos y por más que rondamos no logramos descifrar la naturaleza del local. Entramos y nada. Tuvimos que pedir las cartas para descubrir que venden tacos al estilo yucateco y desayunos apetitosos. Una vez resuelto el  enigma, nos sentamos y ordenamos. Está riquísimo, lástima de su inutilidad.

Como buenos samaritanos le aconsejamos al monito que pusiera un mugroso letrero aunque sea, que los tacos aquí son un éxito, más si están ricos. De eso ya hace un mes, y nada de letrero o algo que anime al transeúnte, el lugar está desierto cada vez que paso. Con lo que cuesta poner un negocio…