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Wanda viajaba mucho a zonas arqueológicas del país; lo hacía sin planearlo, con sólo lo indispensable, mochilita, libros eso sí, dinero apenas suficiente, casa de campaña.

Wanda era la libertad.

Tenía unos primitos que vivían sólo con su mamá en el mero barrio de Tepito, en una vecindad. Yo no los conocí, pero eran unos demonios, un desmadre. Wanda se preocupaba por ellos y cuando podía se los llevaba a Tepoztlán, a acampar, a las pirámides de Teohtihuacan, en fin, cerca. Me contaba que una vez que se los llevó a acampar a no sé dónde, se les acabó la comida enlatada que había llevado. Los campistas acostrumbran poner la comida en el río durante la noche para que no se eche a perder; así que sus primitos iban a las escondidas en la madrugada a robarse la comida de los demás. La tienda de campaña era un tugurio, un mar de ropa sucia, mantas, enseres. De una mochila salía un reguero de yogurt de un envase aplastado que manchaba el piso de la tienda, y Wanda encontró a un primito chupando el piso.

Otra vez, subiendo el Tepozteco, sus primos no le ayudaron a cargar nada, así que ahí tienes a Wanda, con tienda de campaña a cuestas, latas, agua, mochilas, etc., subiendo el bendito cerro.

Wanda tenía dos hermanos pero no me contaba mucho de ellos, como que no se llevaban bien o simplemente no se llevaban. Su papá no vivió con ellos. Su mamá trabajaba de noche, gerente en un bar o algo así, nunca la veía porque cuando Wanda se levantaba para ir a la escuela su mamá todavía no llegaba del trabajo y en la noche que llegaba Wanda, la mamá ya se había ido. Así crecieron desde niños, solos, como yo.

Wanda me contaba, de lo más divertida, que en la madrugada ella y sus hermanos, siendo muy pequeños, salían a jugar al parque, en una colonia peligrosa.  O que les gustaba jugar con fuego: derramaban el alcohol de farmacia en el suelo y le arrojaban un cerillo encendido. Una vez el fuego alcanzó las cortinas y se incendiaron; afortunadamente no pasó a mayores. O que a veces su mamá les dejaba comida, y jugaban a que era un restaurante y uno la hacía de dueño y los otros de comensales. Sólo que cuando a Wanda le tocaba ser comensal, sus hermanos sí le exigían que realmente pagara la comida y como Wanda no tenía dinero, pues se quedaba sin comer.

Wanda lo contaba de forma divertida que te morías de la risa, pero no por inconsciente o por banal. Se daba cuenta de la negligencia y soledad de que había sido víctima, pero Wanda tenía la sabiduría y la fortaleza para tomarlo como venía, aceptaba la vida, sin azotarse, sin necesitar terapia ni  mi mamá no me quiso ni tuve osito de peluche ni pobre de mí ni qué coraje ni qué injusticia.

Wanda estaba muy enferma. La última vez que la vi, ya con la carrera terminada, la noté deprimida. Ya no tenía el mismo ánimo, el mismo empuje. Estaba cansada. Visitas y visitas al hospital, exámenes, análisis.  En la prepa, durante una época tuvo que inyectarse AZT. Su hermano se escabulló en la oficina del doctor y hurtó su expediente. Se dieron cuenta de que no tenían la menor idea de qué padecía y la estaban usando como conejillo de indias. También leyeron que no le quedaba mucho tiempo de vida. Wanda estaba cansada de luchar. Recuerdo ese último encuentro y lo que veo es tristeza, soledad, yo no supe cómo ayudarla, qué decirle, qué nada.

No sé si todavía viva, le perdí la pista, en su teléfono no me contestan. Creo recordar que me dijo que quería viajar a España. Wanda, te quiero mucho. Siempre pienso en tí, a pesar de que hace años de ese último encuentro. Espero que estés bien, donde quiera que te encuentres.

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Wanda

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Cuando entré a la prepa 3 era un renacuajo de 14 años, tímida en extremo, me sentía gorda y fea, pero pues todavía sentía que lo podía todo en cuanto al estudio y toda mi vida por delante y blablabla. Pero ese no es el punto. El punto es que conocí a Wanda, hasta ahora la mejor amiga que he tenido. Íbamos en el mismo grupo de la prepa 3, pero ella ya tenía diecisiete años: estaba enferma y antes de entrar a la prepa había estado casi dos años en el hospital. La habían abierto por la mitad, rompieron los huesos de la pelvis para examinarle no sé qué órganos y tuvo que permanecer postrada para que sus huesos volvieran a soldar, aprendió nuevamente a caminar, terapias, medicinas, curaciones, dolor, dolor, dolor.

Si alguien entendía la Vida, era ella. Wanda tenía la sabiduría y la experiencia que la mayoría de las personas no tienen ni a los ochenta años. Claro que el precio era muy alto: el dolor y la enfermedad.

Wanda era feliz. Aceptaba la vida con estoicismo y humildad. Wanda brillaba, toda la prepa la conocía, era inteligente, simpática, alegre, parlanchina, espontánea. A pesar de todos sus males físicos, era guapa y atractiva. Se vestía sin importarle el qué dirán. Primero tuvo una época de hippie, con faldísimas hindúes y huaraches súper alternartivos, pelo largo con rastas y trencitas de colores. Eso, Becca, hace añisimos cuando todavía no era moda y en las zapaterías no conseguías ningún tipo de huarache. Wanda era la única que se vestía así de “extravagante”. Después tuvo su época de darketa, toda de negro con botísimas negras de soldado con casquillo, altas y con agujetas de dos metros que se compraba en el tianguis del Chopo.

Íbamos al cine, a los museos (nos gustaba mucho el de arte contemporáneo que estaba en Reforma, que era de Televisa y que desapareció), al tianguis y al museo del Chopo, a la cineteca. En esos tiempos remotísimos estaba el boom del rock en español, éramos fanáticas de Caifanes, Saúl era nuestro sueño húmedo (qué horror, qué le veía, si está horrible), Café Tacuba, La maldita vecindad, uy ya hasta se me olvidaron todos los demás: un grupo cuya vocalista canta chidísimo que tenía una canción llamada Azul casi morado, y pues todos esos. Comprábamos sus discos (que todavía ni había cd), íbamos a sus conciertos, yo tenía mi cuarto lleno de posters y me ponía playeras enormes de Caifanes (mi papá se burlaba horrible de una que tenía como un perro prehispánico y que decía algo así como “somos unos gusanos en el universo infinito del vacío tridimensional….y no sé qué más”. A la menor provocación, en cualquier plática equis, mi papá soltaba: “porque no somos más que gusanos…blablabla” jajajaja.

Wanda le simpatizaba y le hablaba a todo mundo, y viceversa. Yo todavía no sabía ni qué onda con mi vida (de hecho no he avanzado mucho al respecto), pero ella ya tenía por seguro que quería estudiar arqueología. La primera vez que la conocí fue en el planetario Luis Enrique Erro del poli al que nos habían mandado en la clase de geografía. Estaba tirada en el pasto, esperando a que empezara la función. Estaba leyendo, quitadísima de la pena, un libro de Savater, todo hecho taco, y en el pastito tenía un walkman casi radio con un casette de Café Tacuba. Y pues me acerqué y le hablé y así la conocí.

Wanda compraba religiosamente Arqueología mexicana y ya era docta en todos esos temas. Tampoco le podía faltar Tiempo Libre, y subrayaba todo lo que iba a ver durante el mes, porque era patísima de perro.